**No discuto, y así perdí**
María del Carmen colocó con cuidado los platos en la mesa, ajustó las servilletas y volvió a mirar el reloj. Su marido llegaría del trabajo en media hora, así que era el momento perfecto para freír las albóndigas. Las patatas ya estaban listas, la ensalada cortada y el pan rebanado en trozos perfectos. Todo como debía ser, todo como a él le gustaba.
—Mamá, ¿puedo ir hoy a casa de Lucía? Trajo nuevos discos de Madrid —gritó desde su habitación su hija Ángela, de dieciocho años.
—No, cariño, tu padre llegará pronto, hay que cenar en familia —respondió María del Carmen sin volverse—. Irás luego.
—¡Pero qué tontería! ¡Ya tengo dieciocho años! —protestó la joven, pero no insistió. Sabía que su madre no cedería.
María del Carmen sonrió. Dieciocho años seguía siendo una niña. A su edad, ella ya estaba casada, y Ángela aún parecía una chiquilla. Aunque quizá era mejor así. Que siguiera siendo su hija un poco más, en vez de convertirse en la esposa de otro.
La puerta se abrió y entró Gonzalo, un hombre corpulento con las sienes ya plateadas, cansado pero satisfecho. El trabajo en la construcción era agotador, pero daba buenos euros, y eso era lo importante.
—Hola, cariño —dijo, besando a su mujer en la mejilla—. Huele delicioso.
—Son tus albóndigas favoritas, de cerdo y ternera —sonrió María del Carmen—. Siéntate, ahora lo sirvo todo.
—¿Y Ángela?
—En su habitación. ¡Ángela! ¡Tu padre ha llegado!
La joven salió corriendo y abrazó a su padre.
—Papá, ¿puedo ir a casa de Lucía después de cenar? Tienen películas nuevas…
Gonzalo frunció el ceño.
—¿Qué películas? No hay que ver cualquier basura extranjera, hay que centrarse en los estudios. Pronto será la universidad, hay que prepararse.
—Pero, papá, no es basura…
—¡He dicho que no, y punto! —alzó la voz—. María, ¿es que no la educas? ¡Esta chica se está volviendo demasiado rebelde!
María del Carmen intervino rápidamente:
—Vamos, Gonzalo, solo es joven y curiosa. Ángela, siéntate a cenar, luego hablamos.
La cena transcurrió en silencio. Gonzalo habló del trabajo, de cómo los jefes exigían más pero recortaban las bonificaciones. María del Carmen asentía, le servía más albóndigas y le llenaba la taza de café. Ángela permanecía callada, mirando su plato.
—Oye, ¿qué dicen los vecinos de los Martínez? —preguntó Gonzalo de pronto, terminando su última albóndiga.
—¿De ellos? Nada, viven tranquilos.
—No, me refiero a que la mujer trabaja en una oficina ahora, y él se queda en casa con los niños.
María del Carmen dejó su taza con cuidado.
—¿Y qué hay de malo en eso? Quizá les conviene.
—¿Cómo que les conviene? —se encendió Gonzalo—. ¡El hombre debe mantener a la familia, no quedarse en casa como una niñera! La mujer debe estar en la cocina y con los hijos. Esto no está bien, no es lo nuestro.
—Pero si ella gana más…
—¡No hay pero que valga! —golpeó la mesa con el puño—. ¡El orden familiar es sagrado! El hombre manda, la mujer obedece. ¡Y punto!
María del Carmen asintió en silencio y comenzó a recoger la mesa. Nunca supo discutir con su marido, ni quiso. ¿Para qué pelearse si podía callar? Al fin y al cabo, quizá él tenía razón. Ella siempre había estado en casa, y vivían bien.
Ángela miró a su madre, luego a su padre, y preguntó en voz baja:
—¿Puedo ir a casa de Lucía? Solo un rato.
—¡No! —rugió Gonzalo—. ¡Ya te dije que no! Ve a estudiar o lee un libro. Nada de callejear.
La joven suspiró y se fue a su habitación. María del Carmen la siguió con la mirada y sintió un pinchazo en el corazón. Pobre niña, siempre encerrada. Pero ¿qué podía hacer si su padre se negaba?
Días después, María del Carmen se encontró con su vecina Ana en el mercado, radiante de felicidad.
—¿Sabes? ¡Mi hija Laura ha entrado en la Universidad de Barcelona! ¡Va a estudiar económicas!
—Qué bien —dijo María del Carmen con sinceridad—. ¿Y tu marido? ¿No se opuso?
Ana bajó la voz.
—Tuvimos una gran pelea. Él decía que para qué quería una chica estudios, si al final se casaría. Pero yo le dije que los tiempos han cambiado, que una mujer debe tener su propia vida. Al final, me salí con la mía.
María del Carmen asintió en silencio. En casa, no dejaba de pensar en esas palabras. Ángela también debía elegir su camino, pero ¿cuál? Gonzalo ya había dejado claro que la universidad era innecesaria: «Que estudie magisterio, será maestra y luego se casará».
Pero Ángela soñaba con periodismo, con escribir, con viajar. Se lo contaba a escondidas, con los ojos brillantes. Pero si su padre estaba cerca, él la cortaba en seco:
—El periodismo no es para mujeres. Hay que viajar, hablar con desconocidos. No es decente.
Y María del Carmen callaba. No apoyaba a su hija, no discutía con su marido. Simplemente, callaba.
El verano pasó rápido. Ángela se matriculó en magisterio, como ordenó su padre. Entró sin problemas, siempre había sido buena estudiante. El día de la inscripción, llegó a casa cabizbaja.
—¡Enhorabuena, hija! —celebró Gonzalo—. ¡Ahora tendremos una maestra en casa!
—Gracias, papá —susurró Ángela, y se fue a su cuarto.
María del Carmen la vio marchar y sintió de nuevo aquel dolor. Pero ¿qué podía hacer? ¿Discutir con Gonzalo? ¿Romper la paz familiar? No valía la pena.
Los estudios le resultaban fáciles, pero no la hacían feliz. Iba a clase como quien va al patíbulo. María del Carmen intentaba preguntarle, pero solo recibía respuestas monosilábicas.
—¿Qué tal hoy?
—Bien.
—¿Y los profesores?
—Bien.
—¿Tienes amigas?
—Sí.
Nada más.
Una noche, mientras Gonzalo trabajaba tarde, Ángela rompió a llorar en la cena.
—¿Qué te pasa, cariño? —se alarmó su madre.
—Mamá, ¿recuerdas a Lucía, mi amiga del colegio?
—Claro. ¿Qué pasa con ella?
—Entró en la universidad, en periodismo. La vi ayer, y me contó lo fascinante que es todo. Y yo… yo solo juego con niños y canto canciones.
María del Carmen no supo qué decir. Acarició el pelo de su hija.
—Enseñar a los niños es muy noble.
—Pero no es lo que yo quería —susurró Ángela—. Yo quería escribir, viajar… ¿Y ahora qué? ¿Toda mi vida en una guardería?
—Cuando te cases y tengas hijos, serás feliz.
—¿Y si no quiero casarme aún? ¿Y si quiero encontrarme a mí misma primero?
María del Carmen se quedó sin palabras. En su época, todo era más simple: escuela, matrimonio o trabajo, hijos. Pero su hija planteaba preguntas que ella no sabía responder.
—Eres joven, ya lo entenderás —dijo al final.
Ángela se secó las l





