¿Quién te necesita así?

**Diario de un Hombre**

—Lucía, no me hagas fotos de perfil. No me gusta —Marta lanzó una mirada furiosa a la fotógrafa de prensa—. ¿Por qué disparas desde ese ángulo?

—Señora Martínez, solo intento capturar a todos —respondió Lucía, nerviosa, mientras rodeaba la mesa redonda donde estaban los invitados—. Quiero que todos aparezcan en las fotos.

—A mí me fotografías de frente y desde aquí. ¿Entendido? Gracias —sentenció Marta con frialdad—. Volvamos al contrato, colegas.

Los invitados intercambiaron miradas de sorpresa, pero nadie dijo nada. Marta era la jefa, y podía permitirse dar órdenes incluso durante una negociación millonaria. Lucía, advertida antes por sus compañeros, ahora disparaba con más cuidado, asegurándose de que Marta siempre mirara de frente. No entendía por qué aquellas fotos de perfil eran tan malas, pero para Marta nada podía ser “bastante bien”. Todo debía ser perfecto. Su madre se lo repetía desde pequeña:

—Martita, tienes que ser perfecta. Perfecta para tu marido, tus hijos, tus colegas y el mundo. Que la gente te mire y diga: “Es perfecta”.

—Mamá, lo intento…

—Pero no lo suficiente. Fuiste al colegio con la blusa arrugada. ¿En qué estabas pensando?

—La planché, pero quedaron pliegues. Creí que no se notarían…

—Si está bien planchada, nadie lo ve. Si está mal, todos. Recuérdalo.

—Sí, mamá. —Martita se sonó la nariz, ahogando el llanto.

—Y no te frotes la nariz, Martita. Ya es bastante grande. Y con ese puente… Parece que ocupa media cara. ¿Cuándo es la foto del colegio?

—El martes.

—Pues practica frente al espejo. Aprende cómo sentarte y mirar para que no se vea tan enorme.

—Lo haré.

—Mira recto e inclina un poco la cabeza. Así. Prueba ahora.

Con lágrimas en los ojos, Martita giraba la cabeza frente al espejo, pero su nariz, con aquel puente pronunciado, le parecía enorme desde cualquier ángulo. Aunque, si su madre no se lo hubiera repetido tanto, quizá ni lo habría notado.

“Mamá siempre decía: ‘Si no eres perfecta, nadie te querrá. Te quedarás sola'”.

Eso era lo que más le aterraba. Por eso se esforzaba: dietas agotadoras, carreras matutinas. Nada de croquetas, helado o pizza. Solo pechuga de pollo, ensalada verde y té. Estudió económicas, hizo un máster en marketing, hablaba dos idiomas y se empapaba de arte y literatura. Tenía que ser impecable: inteligente, elegante, exitosa.

Conoció a Pablo después de la universidad. Alto, rubio, ojos azules. No era ambicioso, solo un abogado de familia humilde, pero era guapo. “Junto a una mujer perfecta debe estar un hombre perfecto”, pensaba. Él se fijó en ella, y Marta, temerosa de quedarse sola, no lo dejó escapar. Pablo no se quejaba: su mujer trabajaba, cuidaba la casa, cocinaba bien y lo atendía como un rey. Siempre impecable, como un anuncio de felicidad conyugal.

Dos años después, nació su hijo. Marta lo controló todo: compró el libro “Cómo criar al niño perfecto”, menús equilibrados, ropa de marca. Le importaba demasiado lo que pensaran los demás. Necesitaba esa validación, ese “eres perfecta” que su madre le exigía.

En redes sociales solo subía fotos editadas, sesiones profesionales. Familias felices, sonrisas perfectas. Pablo odiaba esos días: Marta se volvía insoportable.

—No me fotografíes de perfil —le decía al fotógrafo—. Y desde este ángulo, tampoco.

—Señora Martínez, si se miran, quedará muy natural.

—Haz lo que digo. Te pago, ¿no?

Después, Pablo se quejaba:

—¿Por qué lo tratas así? Como si fuera un niño.

—Porque no quiero fotos que no pueda usar.

—Pero estamos bien. Tú, guapa; el niño, arreglado…

—Podría sacarme el puente de la nariz.

—Tu nariz es normal. ¿Por qué le das tanta importancia?

—¡Porque debe ser perfecta!

Finalmente, Marta ahorró para operarse, pero los médicos se negaron: riesgos respiratorios. Tuvo que aceptar vivir con su nariz imperfecta. Su madre, envejecida pero implacable, seguía criticando:

—Martita, en esta foto pareces más llena.

—No, mamá, mi peso está controlado.

—Y el pelo… se ve apagado.

—Acabo de teñírmelo.

—Pablo sigue guapo. Tú, no tanto. Cuídate, o te cambiará por otra.

—Mamá, por favor.

—Los hombres no quieren mujeres descuidadas. ¿Quién querría una triste como tú?

Esa noche, Marta volvió a casa antes de lo previsto. Oyó voces en el dormitorio. Pablo hablaba con una mujer:

—Estoy cansado, cariño. Vivir con ella es como vivir en un escaparate.

—¿Y divorciarte?

—No puedo. Con ella tengo seguridad. Contigo, amor.

La risa de ella, besos. Marta abrió la puerta de golpe.

—¡Pablo! ¿Qué es esto?

La otra mujer, lejos de ser perfecta —corpulenta, pelo corto sin teñir, uñas mordidas—, se cubrió con la bata de Pablo y dijo con calma:

—Encantada, Marta. Soy Laura.

—¡¿Cómo te atreves?!

—No me da vergüenza. Pablo y yo nos queremos. Ustedes solo son una fachada.

Pablo callaba. Marta ardía de rabia, pero no por la infidelidad, sino por la seguridad de Laura. ¡Ella, impecable, bien vestida, perfecta, parecía la intrusa!

Al día siguiente, tras llorar toda la noche, Marta se tomó dos semanas sin trabajar. Comió pizza con su hijo, algo que nunca permitía. Regresó a la oficina en zapatillas, sin maquillaje.

—Señora Martínez, qué cambio —dijo su secretaria.

—Estoy aprendiendo a vivir de otra manera.

—¿Pasó algo?

—No. Solo decidí ser yo misma.

Y subió una foto sin retoques: nariz grande, puente visible. Pero no la borró.

**Lección:** La perfección es una cárcel. La libertad está en aceptarse.

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