Familiares llegaron de visita… y se quedaron para siempre

**Domingo, 12 de octubre**

Los parientes llegaron… y se quedaron

Isabel Martínez acababa de sacar una tarta de manzana del horno cuando sonó el timbre. Miró el reloj—las nueve y media de la mañana. Demasiado temprano para visitas.

—¡Voy, voy! —gritó mientras se secaba las manos en el delantal y caminaba hacia la puerta.

En el umbral estaban su prima Lucía y su marido, Rafael, cargados de bolsas y maletas. Lucía parecía cansada, despeinada, y Rafael fruncía el ceño con gesto de fastidio.

—¡Isa, cielito! —exclamó Lucía, abrazándola sin dejarle respirar—. ¡Hemos venido a quedarnos contigo! No nos vas a echar, ¿verdad?

—¿Lucía? —Isabel parpadeó, confundida—. ¿Qué pasa? ¿De dónde venís?

—De Zaragoza —gruñó Rafael, arrastrando una maleta enorme al recibidor—. Menudo viaje, con el tráfico que hay…

—Pasad, pasad —dijo Isabel, nerviosa—. Dejaos los abrigos. Pero… no me avisasteis.

Lucía se quitó la chaqueta y la colgó.

—Isa, es que… hemos tenido problemas. Rafa perdió el trabajo, no nos quedan ahorros y tuvimos que vender el piso.

—¿Venderlo? —Isabel se llevó una mano a la boca.

—Deudas, préstamos —dijo Rafael con un gesto—. Total, que pensamos en quedarnos contigo. Vives sola en un piso de tres habitaciones. Hay sitio de sobra.

Lucía entró en la cocina y olfateó el aire.

—¡Qué bien huele! ¿Es tarta? Justo veníamos muertos de hambre. No hemos comido en todo el viaje, para ahorrar.

—Sentaros —dijo Isabel, resignada—. Pongo el café.

Rafael se dejó caer en una silla y miró alrededor.

—No está mal tu casa, Isa. Reformada, muebles nuevos… Se ve que vives bien.

Su tono tenía un deje de reproche que pinchó a Isabel. Llevaba ocho años viuda, acostumbrada al silencio y al orden. Trabajaba en una biblioteca, con un sueldo modesto, pero suficiente.

—¿Y vuestras cosas? —preguntó, sirviendo el café.

—Ahí, en el recibidor —dijo Lucía—. Rafa, llévalo todo a la habitación.

—¿Qué habitación? —preguntó Isabel con cautela.

—Pues cualquiera libre. Tienes tres.

—Lucía, espera. Hablemos primero. ¿Para cuánto tiempo venís?

Lucía y Rafael se miraron.

—Hasta que mejoren las cosas —dijo ella, evasiva—. Encontraremos trabajo, nos reharemos.

—¿Y eso cuándo será?

—¿Quién sabe? —Rafael cortó un trozo enorme de tarta—. Un mes, seis… Depende.

Isabel sintió un nudo en el estómago. Sabía que negarse en un momento difícil sería egoísta, pero la idea de compartir su paz con ellos la aterraba.

—Isa, no nos echarás a la calle, ¿no? —Lucía le agarró la mano—. Somos familia. La familia se ayuda.

—No os echaré —suspiró Isabel—. Pero esto es… inesperado.

Para la noche, ya se habían instalado. Rafael ocupaba el sofá, cambiando canales con el mando mientras comentaba en voz alta. Lucía revolvía la cocina, reordenando especias y lavando platos.

—Isa, qué raro lo tienes todo —dijo—. La sal junto al té, el azúcar al fondo… Lo he puesto como debe ser.

Isabel contuvo un grito. Cada cosa en su casa tenía su sitio. Ahora ni encontraba el café.

—Lucía, ¿por qué lo cambiaste?

—¡Pero si estaba mal! Yo sé de estas cosas.

—¡Eh, mujeres! —gritó Rafael desde el salón—. ¿Y la cena?

—Ahora mismo —dijo Lucía—. Isa, ¿qué tienes para cenar?

Isabel abrió la nevera: un poco de jamón, queso y dos huevos—su cena habitual.

—No hay mucho —musitó.

—¡Pero si no es nada! —exclamó Lucía—. Rafa, ve a comprar.

—¿Con qué dinero? —refunfuñó él—. Solo nos queda para el billete de vuelta.

Todos miraron a Isabel. Con un suspiro, sacó la cartera.

—Toma —dijo, tendiendo unos billetes.

—¡Gracias, cielo! —Lucía sonrió—. Te lo devolveremos en cuanto podamos.

En el supermercado, compraron comida para una semana: jamón caro, salmón, pastel… Isabel pagó en silencio, calculando que había gastado medio sueldo.

—¡Ahora sí que viviremos! —dijo Rafael, satisfecho.

Esa noche, cuando por fin se acostaron, Isabel se sentó en la cocina, abrumada. Rafael había visto la tele hasta tarde, a todo volumen. Lucía no paraba de hablar.

—Isa, ¿por qué no duermes? —dijo Lucía, apareciendo en pijama—. Hablemos.

—Mañana trabajo.

—Venga, la biblioteca puede esperar. Cuéntame de tu vida. ¿Ningún hombre?

Isabel se tensó.

—Nadie.

—Qué pena. Una mujer necesita protección. Rafa es un buen hombre.

—Lucía, ¿podemos dormir?

—Claro. Pero mañana usaré tu lavadora. ¡Y tus cremas! Mi piel está seca.

Por la mañana, el caos continuó. Rafael tosía en la cocina, Lucía freía huevos.

—¡Buenos días! —cantó Lucía—. Desayuna con nosotros.

—No, voy tarde.

—¡Qué obsesión con el trabajo!

Isabel bebió un café rápido y salió. En el recibidor, tropezó con una maleta.

—¡Rafa, quita esto! —gritó Lucía.

—No hay sitio —gruñó él.

En el trabajo, Isabel estaba dispersa.

—¿Te pasa algo? —preguntó su jefa.

—Vinieron parientes… de improvisto.

—¡Qué bien! Companía.

*Si supieras*, pensó Isabel.

Al volver, la encontró irreconocible: calcetines sucios en el sofá, platos sin lavar, ropa tendida en el baño.

—¡Isa, llegaste! —dijo Lucía—. Hicimos limpieza. Rafa arregló la tele.

En el salón, Rafael veía una película con el volumen al máximo.

—¿Puedes bajar eso? —pidió Isabel.

—¿Qué? Está bien así.

La cena fue otra tortura. Rafael comía con la boca abierta, Lucía hablaba sin parar.

—Isa, ¿me prestas el coche mañana? —preguntó Lucía.

—¿Para qué?

—Rafa tiene trámites.

Isabel dudó. Su coche era viejo, lo cuidaba mucho.

—No suelo prestarlo.

—¿Qué puede pasar? Rafa conduce bien.

—Pero… ¿tenéis permiso?

—¡Claro! Lo dejé en casa.

Al día siguiente, volvieron tarde. El depósito estaba casi vacío.

—¿Dónde habéis ido? —preguntó Isabel.

—Por ahí —dijo Lucía, evasiva.

Esa noche, Rafael bebió demasiado y empezó a cantar.

—Baja la voz —pidió Isabel.

—¿En mi casa no puedo cantar?

—No es tu casa.

—¿Ah no? ¿No somos familia?

Lucía intentó calmarlos, pero Rafael siguió:

—Aquí vives como una reina, y nosotros en la calle.

—Nadie habló de la calle —dijo Isabel—. Pero tengo mi vida.

—¿Qué

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