Vergüenza en el autobús urbano

La vergüenza en el autobús

Isabel Martínez apretaba su bolso contra el pecho mientras caminaba rápidamente hacia la parada. La lluvia acababa de cesar, y el asfalto brillaba bajo el cielo gris de octubre. En el bolso llevaba veinte euros, todo lo que había podido reunir para los medicamentos de su marido. Manuel Sánchez se quejaba otra vez del dolor de espalda, y el médico le había recetado unas pastillas tan caras que su pensión no alcanzaba ni para media caja.

El autobús llegó a la parada con un chirrido de frenos. Isabel subió los escalones y tendió al conductor un billete de cinco euros.

—Son seis cincuenta— masculló él sin siquiera mirarla.

—¿Seis cincuenta? Ayer pagué cinco— respondió la mujer, desconcertada.

—Hoy subió el precio— el conductor golpeó el volante con impaciencia.

Isabel dudó. Seis cincuenta significaba que le quedaría aún menos para las medicinas. ¿Tal vez ir caminando? Pero la farmacia estaba a tres kilómetros, y Manuel la esperaba en casa, sufriendo…

—Señora, ¿va a pasar?— una voz sonó desde el interior del autobús—. La gente espera.

El rostro de Isabel se sonrojó. Rebuscó en su bolso y sacó otro euro y cincuenta céntimos.

—Gracias— murmuró el conductor, sin fijarse en las monedas.

Isabel avanzó por el pasillo. No había asientos libres. Un chico con auriculares estaba absorto en su móvil. Junto a él, una joven tecleaba sin levantar la vista. Más atrás, una madre mecía a su bebé, cantándole una nana. El niño lloriqueaba, y ella parecía agotada.

—Siéntese— ofreció la madre, señalando su asiento—. Total, no puedo sentarme con él en brazos.

—No, gracias, yo puedo estar de pie— contestó Isabel, negando con la cabeza.

—Venga, siéntese— insistió la mujer—. Se le ve cansada.

Isabel aceptó con gratitud. El bebé la miró con curiosidad y, de pronto, le sonrió.

—Qué hermoso— dijo Isabel, enternecida—. ¿Cuántos meses tiene?

—Ocho. Le están saliendo los dientes, por eso está así— respondió la madre, exhausta—. Vamos al médico, a ver si le receta algo.

—Yo también voy a la farmacia, por unas pastillas para mi marido. Le duele mucho la espalda.

—Ya veo. Mi suegra también sufre, tiene artritis.

El autobús frenó en otra parada. Subió una anciana con bastón, lenta y cuidadosa. El conductor miró el espejo con impaciencia.

—Deprisa, abuela, el tiempo es oro.

La mujer miró alrededor. Todos los asientos estaban ocupados. El chico de los auriculares ni siquiera alzó la vista.

—Joven— se dirigió a él Isabel—, ¿le importaría ceder el asiento?

El muchacho sacó un auricular a regañadientes.

—¿Qué?

—Que si puede dejar el sitio a la señora— repitió Isabel, señalando a la anciana.

—Ah, vale…— se levantó sin apartar los ojos de la pantalla.

La anciana le dio las gracias y se sentó con cuidado.

—Dios se lo pague, hija— dijo a Isabel—. Aún queda gente amable.

Isabel se ruborizó. A ella también le costó notar a la anciana, distraída por la conversación con la madre.

El autobús frenó bruscamente en un semáforo. Los pasajeros se balancearon hacia adelante. El bebé rompió a llorar.

—¡Con cuidado!— protestó la madre—. ¡Hay niños aquí!

—Son las calles— gruñó el conductor—. Si no le gusta, coja un taxi.

—No todos tenemos para taxis— murmuró la anciana—. Yo voy al médico, y ya no puedo caminar tanto.

—Todos andamos justos— añadió Isabel—. Los precios suben, pero las pensiones no.

—Exacto— asintió la madre—. Estoy de baja maternal, y solo trabaja mi marido. Cada céntimo cuenta.

En el autobús se creó un ambiente de complicidad. Los pasajeros intercambiaron miradas de entendimiento. Todos compartían la misma lucha.

—Antes había cobradores en los autobuses— recordó la anciana—. Todo era más amable, te daban el billete, la vuelta justa…

—Eran otros tiempos— coincidió Isabel—. Los precios no cambiaban cada día.

—No solo los precios— intervino una mujer de unos cuarenta años—. Había más respeto.

El chico de los auriculares levantó la cabeza, interesado.

—Quizá el problema somos nosotros— dijo de pronto—. Todos en nuestro mundo, sin ver a los demás.

Isabel lo miró, sorprendida. No esperaba esa reflexión.

—Tiene razón— asintió la anciana—. Mi nieto igual, siempre con el ordenador. Nunca habla conmigo.

—Cuéntenos algo de antes— propuso el joven, guardando el móvil—. De cómo era la vida.

La anciana se animó.

—Bueno, si quieren, les cuento cómo conocí a mi marido. Fue en un tranvía, en el cincuenta y siete. Iba de uniforme, tan guapo… De pronto, el tranvía frenó, yo tropecé, y él me sostuvo. Así empezó todo.

—Qué romántico— sonrió la madre, acunando al bebé.

—Sí— suspiró la anciana—. Estuvimos juntos sesenta años, hasta que se fue.

Un silencio respetuoso llenó el autobús. Cada uno pensaba en sus seres queridos.

—Yo conocí a mi marido haciendo cola para el pan— compartió Isabel—. Iba delante de mí, se volvía y me sonreía. Luego me acompañó a casa.

—Qué suerte tener a alguien con quien compartir la vida— murmuró la mujer de la ventana—. Yo me quedé sola, mis hijos viven lejos.

—No se aflija— consoló la madre—. Los míos volverán. Mi madre se quejaba igual, pero ahora le llevo a su nieto seguido.

—Los nietos son una bendición— dijo Isabel—. Mi hija vive en otra ciudad, pero mi nieta viene en verano. Es tan lista, siempre me pregunta cómo era todo antes.

El autobús se acercaba al centro. Isabel se levantó y se dirigió a la madre.

—Gracias por el asiento. Tome— le tendió un euro—. Para un helado cuando le salgan los dientes.

—No hace falta— protestó la mujer.

—Por favor, me alegra hacerlo. Tiene un niño precioso.

La joven aceptó, emocionada.

—Que Dios la bendiga.

—Bajo en la próxima— avisó Isabel al conductor.

—Allí mismo— respondió él.

—¿Hay alguna farmacia cerca?— preguntó a los pasajeros.

—Gire a la derecha, verá la cruz verde— indicó la mujer de la ventana.

—Ahí es cara— añadió el joven—. Un poco más allá hay otra más barata.

—Gracias— sonrió Isabel.

Al bajar, el sol asomaba entre las nubes. Isabel caminó hacia la farmacia que le habían recomendado. Las pastillas costaban menos de lo esperado, y hasta le sobró para un chocolate para su nieta.

De camino a casa, reflexionó sobre cómo un simple viaje en autobús le había cambiado el día. Por la mañana, la subida del billete la había angustiado. Ahora, sin embargo, se sentía reconfortada. Todo dependía de las personas que uno encontraba. Podían viajar en silencio, aislados. O podían compartir, apoyarse, recordar que no estaban solos.

Manuel la esperaba en casa.

—¿Conseguiste las pastillas?

—Sí— sonrió Isabel, entregándoselas—.

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