Dijo “todo está bien” y lloró toda la noche
—Mamá, ¿qué te pasa? —Carmen tiró del brazo de su madre—. ¿Por qué no me contestas? ¡Te lo estoy preguntando!
—Todo está bien, hija —María Luisa se secó las manos en el delantal y volvió la cara hacia la ventana—. Solo estoy cansada hoy.
—¿Qué cansancio? ¡Si estás jubilada! —la voz de su hija sonaba irritada—. Llevo media hora hablándote de la mudanza y parece que no me escuchas.
—Te escucho, te escucho. Os vais a una casa nueva, qué bien.
Carmen resopló y se sentó a la mesa de la cocina, donde había tazas de té frío sin tocar.
—Mamá, ¡mírame de una vez! ¿Qué ha pasado?
María Luisa giró lentamente hacia su hija. En sus ojos brillaban lágrimas no derramadas, pero se contuvo.
—Te lo digo, todo está bien. Sigue contándome de tu casa.
Carmen la observó fijamente. Algo andaba mal, pero no podía descifrar qué. Su madre parecía demacrada, con ojeras oscuras bajo los ojos.
—Mamá, ¿dónde está papá? ¿Todavía no ha vuelto de la huerta?
—Papá… —María Luisa titubeó—. Papá se ha retrasado. Tiene mucho trabajo allí, en el jardín.
—¿En diciembre? —Carmen frunció el ceño—. ¿Qué trabajo hay en la huerta en diciembre?
—Bueno… quitar la nieve, revisar la casita. Es invierno.
Su hija arrugó la frente. Su padre nunca iba a la huerta en invierno. Decía que no había nada que hacer, solo gastar dinero en gasolina.
—Mamá, llama a papá. Que vuelva, necesito hablar con los dos.
—No hay que molestarlo —respondió rápido María Luisa—. Está… ocupado.
—¿Ocupado en qué? —Carmen sacó el móvil—. Yo misma lo llamo.
—¡No! —su madre le arrebató el teléfono con brusquedad—. No le llames, por favor.
Carmen se quedó perpleja ante su reacción.
—Mamá, ¿qué está pasando? ¿Os habéis peleado?
—No nos hemos peleado. Todo está bien, ya te lo he dicho.
—¿Qué “todo está bien”? —estalló Carmen—. Estás pálida como la cera, con los ojos rojos, papá no está en casa y tú repites como un loro que “todo está bien”.
María Luisa apretó los labios y volvió a mirar por la ventana. Fuera, los copos de nieve danzaban, cubriendo el patio de un manto blanco.
—¿Quieres té nuevo? —preguntó, cambiando de tema—. Este ya está frío.
—¡No quiero té! ¡Quiero la verdad!
Carmen se levantó y se acercó a su madre.
—Mamá, soy tu hija. Si ha pasado algo, debo saberlo. ¿Dónde está papá?
María Luisa cerró los ojos. Un nudo de dolor, que llevaba una semana ocultando, le apretaba el pecho. Una semana de silencio, de medias palabras, de fingir.
—Papá… —empezó, pero se detuvo.
—¿Qué le pasa a papá? —Carmen la agarró por los hombros—. ¡Me estás asustando!
—A papá no le pasa nada. Está sano.
—¿Entonces dónde está?
Un largo silencio se extendió entre ellas. María Luisa miraba al suelo, jugueteando con el borde del delantal.
—En casa de Lola —confesó al fin.
—¿De qué Lola?
—De Dolores Martínez. La del tercer piso.
Carmen parpadeó, desconcertada.
—No entiendo. ¿Qué hace allí?
—Vive —susurró María Luisa.
La palabra cayó entre ellas como una piedra en un estanque, extendiendo ondas de comprensión.
—¿Cómo… vive? —repitió Carmen.
—Se ha ido con ella. Hace una semana. Dijo que ya no podía seguir conmigo, que la ama.
Su hija se dejó caer en la silla, como si le hubiesen cortado las piernas.
—Mamá… ¿Es verdad?
—Sí.
—¿Y tú me dices que “todo está bien”?
María Luisa finalmente la miró. Su rostro estaba bañado en lágrimas que ya no podía contener.
—¿Qué querías que te dijera? ¿Que tu padre, con quien he compartido treinta y ocho años, me ha dejado por la vecina? ¿Que ahora soy una vieja inútil que no le importa a nadie?
—Mamá… —Carmen se levantó y la abrazó—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No quería preocuparte. Con la mudanza, los niños, el trabajo… ¿Para qué necesitas mis problemas?
—¿Qué niños? ¡Mis hijos ya son mayores! Tú eres mi madre, y tus problemas son los míos.
María Luisa sollozó y se aferró a ella.
—Carmencita, me duele tanto. No sé qué hacer. Cómo seguir viviendo.
—Cuéntamelo todo. Desde el principio.
Se sentaron juntas en el sofá. María Luisa se secó los ojos con un pañuelo y comenzó a hablar.
—Empezó hace tres meses. Tu padre llegaba tarde, decía que tenía asuntos. Luego se volvió distante. Antes me preguntaba qué había hecho, qué había cocinado. Pero de repente, solo veía la tele o el móvil.
Carmen escuchaba sin interrumpir.
—Al principio pensé que estaba cansado. En el trabajo tenía un proyecto nuevo. Pero luego noté que se arreglaba más. Camisas nuevas, colonia. Y en casa, hosco.
—¿Y no sospechaste nada?
—Sospeché, claro. Pero pensé que quizá era cosa mía. Después de tantos años, hijos, nietos… Parecía imposible.
María Luisa rompió a llorar de nuevo.
—Hasta que me crucé con Lola en el supermercado. Se comportaba raro, evitaba mirarme. Y entonces lo supe.
—¿Qué supiste?
—Que estaban juntos. Lo intuí. Llegué a casa, y tu padre se preparaba para salir. Dijo que iba a casa de Manolo. Pero iba impecable, perfumado.
—¿Y lo seguiste?
—Sí. Me avergüenza, pero lo hice. Fue directo a casa de Lola. Subió a su piso.
Carmen apretó los puños.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Volví, me quedé despierta hasta el amanecer, pensando. A la mañana siguiente, él regresó como si nada. Desayunó y se fue al trabajo.
—Mamá, ¿cómo pudiste callarte? ¡Había que hablar con él!
—Tenía miedo —confesó—. Miedo de que si decía algo, se iría. Así al menos estaba en casa, al menos lo veía.
—¿Y cuánto duró eso?
—Un mes. Un mes entero fingiendo que no sabía nada. Cocinando, lavando, limpiando. Y llorando por las noches.
Carmen negó con la cabeza.
—Mamá, ¿cómo pudiste torturarte así?
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Armar un escándalo? ¿Gritar? Pensé que quizá pasaría. Que recapacitaría.
—Pero no pasó.
—No. Hace una semana llegó y dijo que se iba. Así, en el desayuno. Le serví el café, y soltó: “María Luisa, me voy. He encontrado a otra mujer”.
María Luisa tembló de sollozos.
—¿Te imaginas? ¡Como quien comenta el tiempo!
Carmen la estrechó con más fuerza.
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