Todo depende del destino

**Mucho depende del destino**

A menudo, las personas mismas complican sus vidas, volviéndolas insoportables, pero a tiempo comprenden que deben perdonar, entender y amar. Entonces todo se arregla y vivir se vuelve más fácil. Lucía no tenía hermanos ni hermanas. Era hija única y, a veces, le faltaba compañía.

Sin embargo, cuando Lucía se casó con Alejandro y supo que esperaban gemelos, la felicidad la desbordó.

—Mis hijos no se sentirán solos, juntos lo pasarán bien—, pensaba una y otra vez, y ese pensamiento le calentaba el corazón.

Pronto descubrieron que serían niñas. Aunque a Alejandro le hubiera gustado un heredero, pronto olvidó ese deseo. Carlota y Violeta se apoderaron de su corazón por completo. Ambas eran preciosas e idénticas. Alejandro se maravillaba de cómo Lucía las distinguía por pequeños detalles que él no lograba ver. Para él era un tormento:

—Lucía, no sé a cuál acabo de dar de comer y cuál sigue con hambre—. Su esposa, riéndose, le acercaba a la que faltaba.

—¿Cómo las diferencias? Es imposible. Siempre me confundo, no sé quién es Carlota y quién Violeta.

Pero lo que nunca cambiaba era su amor por ellas. Las quería con locura. Las niñas crecían, y Lucía, que pasaba todo el día con ellas, estaba agotada. Ansiaba la tarde, cuando Alejandro volvía del trabajo y la aliviaba un poco. Soñaba con descansar, con respirar. Estaba exhausta.

—Estoy harta de todo—, le confesó un día a su marido. —No puedo apartar la vista de ellas ni un minuto. Meten las manos donde no deben. Necesito que te cojas unas vacaciones—, reclamó, irritada.

—Lucía, ya sabes que ahora no me las concederán. Hay demasiado trabajo. Además, soy el único que trabaja y os mantiene. ¿Quién velará por nuestro bienestar? Sé que estás cansada, pero ayudo en lo que puedo.

Alejandro, en efecto, al salir del trabajo, se llevaba a las niñas de paseo para que Lucía descansara. Si el tiempo no acompañaba, jugaba con ellas en casa.

Un día, al llegar, abrió la puerta y escuchó el llanto desgarrador de sus hijas. Entró corriendo en la habitación y encontró a Lucía dormida en el sofá. La despertó y notó que estaba borracha.

Rápidamente calmó a las niñas, les dio de comer y decidió hablar con su mujer más tarde. Cuando las acostó, se sentó con Lucía.

—No entiendo por qué has bebido. Las niñas lloraban y ni te inmutaste.

—¿Que no lo entiendes? ¡También soy humana! Necesito relajarme, descansar. A ver cómo aguantarías tú, encerrado todo el día entre fogones y niñas. Bebí un poco, pero no sabía que estaba tan agotada. Con un par de tragos, me desplomé.

—Te creo, Lucía, pero esto no es la solución. El vino no trae nada bueno. Y las niñas necesitan supervisión. ¿Y si les pasa algo?

Alejandro comprendía su cansancio y sabía que debía ayudarla más. Confiaba en que no se repetiría, pero se equivocó. Cada vez encontraba a Lucía más ebria y a las niñas llorando. Ella exigía descanso.

—Tengo dos hijas, ¿sabes lo que eso significa? Estoy agotada, necesito desconectar. Tú te vas a trabajar y aquí me dejas todo el día. ¡No doy más!

De nada servían las súplicas. Lucía bebía cada vez más. No escuchaba a Alejandro, solo pedía evadirse. Él no sabía qué hacer. Cuando las niñas cumplieron cuatro años, pidió el divorcio, esperando que se las quedara él y no su madre alcohólica.

Pero el juez decidió otra cosa. Una hija para cada uno. Fue una tragedia. Las niñas lloraron al separarse, pero no hubo alternativa. Alejandro se mudó con Violeta a otra ciudad, a casa de sus padres. Lucía se quedó con Carlota.

La madre envenenó a su hija contra el padre:

—Agradece a tu papá. Él te separó de tu hermana—, le decía a Carlota entre lágrimas.

Alejandro encontró trabajo en su ciudad natal. Vivía con Violeta y sus padres, quienes le ayudaban. Iba tranquilo al trabajo, sabiendo que su hija estaba en buenas manos. Pero su corazón sangraba por Carlota, a quien extrañaba mucho.

Violeta se encariñó pronto con sus abuelos. Ellos la adoraban, y eso era todo lo que una niña necesitaba. Al principio, preguntaba por Carlota, pero con el tiempo la olvidó. El cariño de sus abuelos la envolvió por completo. Vivía rodeada de amor.

La vida de Carlota fue muy distinta. Dura. Se sentía abandonada. Su madre bebía y sus amigos llenaban la casa. Algunos la maltrataban, la empujaban o le gritaban sin motivo.

Carlota creció y pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. Se sentaba en un banco del parque, lejos de su madre y sus amigos. Regresaba al anochecer y se acostaba. Observaba con envidia a otros niños, bien vestidos, que paseaban con sus padres. En el colegio, las demás niñas iban impecables. Ella llevaba ropa vieja. A menudo recordaba a su padre y a su hermana. No podía olvidarlos. Un día, en cuarto de primaria, le dijo a su madre:

—Mamá, quiero vivir con papá y Violeta. Llévame con ellos. Los echo de menos.

Lucía, medio borracha, la miró con ojos desorbitados y respondió con dureza:

—¡Ah, ¿ahora te acuerdas de tu padre?! Pues debes saber que nos abandonó por otra mujer. Le compró una muñeca a Violeta, la engañó y se la llevó. Ahora está allí, arrepentida, deseando volver con nosotras.

Carlota imaginó a su hermana llorando, sucia, con una mujer malvada a su lado. Su padre, un traidor, las había abandonado. Desde ese momento, lo odió y no volvió a pensar en él.

Pasaron los años. Violeta cumplió dieciocho y estudiaba en la universidad. Vivía con su padre y su madrastra, aunque a Claudia jamás la llamó así. Para ella era “mamá”. Claudia era bondadosa, tranquila, y quería a Violeta como si fuera su hija. No tenía hijos propios y volcaba todo su amor en ella. La vestía como a una princesa. Alejandro y Claudia montaron un negocio, construyeron una casa en las afueras y vivían felices. Violeta llevaba una vida muy distinta a la de su hermana.

Carlota, a los diecisiete, ya salía con hombres mayores. Iba de uno a otro hasta que, a los dieciocho, quedó embarazada. Su último novio le daba dinero, incluso le compraba comida. Pero cuando supo del embarazo, le dio dinero para “solucionarlo” y la dejó.

Carlota veía cómo su madre se hundía en el alcohol, enfermaba, pero no sabía cómo salvarla. Un día la llevaron al hospital. Sabía que el tratamiento costaba dinero, y ellas no tenían. Carlota había dejado los estudios tras la ESO. Cada vez rondaba más en su cabeza la idea de ir donde su padre y pedirle ayuda. Lucía conocía su dirección, pues a veces le enviaba dinero para Carlota. Finalmente, consiguió la dirección y emprendió el viaje.

Miró por la ventanilla del tren, jugueteando con el papel donde estaba escrita. Nadie sabía lo que sentía. Ansiaba ver a su hermana. ¿Cómo sería ahora, si eran idénticas? Pero también ardía en rencor hacia su padre por haberla abandonado.

Al llegar, se quedó paralizada ante la casa: grande, hermosa, rodeada de flores, con un jardín impecable. El corazón le latía con

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