**¿A quién creer si no es a tu madre?**
Alicia recordaba su infancia con cariño, aunque ahora, con veinticinco años, ya había probado las alegrías, los sinsabores y hasta el engaño.
Cuando el joven y gallardo teniente Rodrigo, recién graduado de la academia militar, le propuso matrimonio a su novia Laura, esta no daba crédito. Llevaban más de dos años saliendo, pero los encuentros eran escasos; los cadetes no tenían muchas libertades.
“Laurita, vamos a registrar el matrimonio. Después me trasladarán a mi nuevo destino, me instalaré y tú vendrás más tarde. Te estaré esperando”, decía Rodrigo, feliz por haber terminado sus estudios, lucir sus galones y, de paso, convertirse en un hombre serio y casado.
“¡Sí, acepto!”, respondió Laura, emocionada. Llevaba tiempo soñando con escapar de casa, de su padre borracho y pendenciero. Y de su madre, la verdad, tampoco sentía mucha pena.
La madre de Laura defendía a su padre cuando estaba sobrio, le servía la comida en bandeja y luego… todo volvía a empezar. A la hija apenas le prestaban atención. Con que tuviera qué comer y ponerse, bastaba. El sueldo del padre se lo arrancaba su madre a gritos, antes de que él lo despilfarrara en alcohol.
En fin, no había visto gran cosa buena en la vida.
“Cuando tenga una hija”, soñaba Laura, “la querré y la educaré de otra manera. No habrá gritos en mi casa, porque jamás me casaré con un hombre como mi padre. Encontraré a alguien bueno”.
Laura se reunió con Rodrigo en un pequeño pueblo de Castilla, donde estaba destinado. El lugar era modesto, pero al menos tenían un piso de una habitación. Rodrigo había conseguido algo de mobiliario, mitad de segunda mano, mitad comprado.
“Rodri, ¡qué feliz soy! Ahora estamos los dos, y no necesitamos a nadie más. Aquí soy la dueña de mi vida”, decía Laura, mientras él la abrazaba, satisfecho.
Un año y medio después nació su hija, Alicia. Entonces Laura empezó a apañárselas casi sola: Rodrigo siempre estaba de maniobras o de servicio. Rara vez coincidían para bañar a la niña. Él llegaba cuando Alicia ya dormía y se iba igual. Claro que la echaba de menos.
Pasaron los años. Alicia creció, y a Rodrigo lo trasladaron a otra ciudad, pequeña pero mejor que el pueblo. Luego a otra, y a otra. Alicia cambió de colegio varias veces mientras recorría España con sus padres. Hasta que un día, su padre llegó a casa y anunció:
“¡Bueno, nos vamos a Madrid! Seguramente nos quedaremos allí para siempre”.
“Por fin, te lo has ganado”, dijo Laura. “Estoy harta de ir de guarnición en guarnición. Otros viven en un sitio fijo sin moverse”.
“Laurita, soy militar, ¿qué esperabas? No entiendo de qué te quejas. Tienes piso, coche, dinero…”.
Pero Laura, al parecer, había heredado el carácter de su madre. Con el tiempo, dejó de prestar atención a su hija, y Alicia, cuanto más crecía, más se aferraba a su padre. Entre ellos había complicidad. A Laura le daba igual.
Les asignaron un piso de tres habitaciones en el centro. Nunca habían vivido en algo tan grande. Al entrar, se quedaron sin palabras. A Alicia le encantó el balcón: desde el décimo piso, la vista era increíble.
Fue a un buen colegio. Su padre seguía en el ejército, su madre también trabajaba. Pero Alicia escuchaba a menudo sus peleas. Él callaba; ella le reprochaba cosas sin motivo. La niña sentía pena por su padre, que se refugiaba en el balcón, en una silla, leyendo el periódico hasta que Laura se calmara. Allí no se atrevía a seguir con el escándalo, no fuera a correrse la voz entre los vecinos.
Dos años después, se divorciaron. Alicia se quedó con su madre; su padre se mudó a otro barrio. Pero Rodrigo les dejó el piso.
“Alicia, ven a verme los fines de semana o en vacaciones. Aquí tienes la dirección”, le dijo al marcharse. Ella guardó el papel como un tesoro, lejos de su madre.
En sus visitas, paseaban por el parque, iban al cine, comían helados. Laura, resentida con su exmarido, descargaba su frustración en Alicia, que, ya en bachillerato, aprendió a defenderse. Vivían en una paz tensa, como extrañas.
Cuando llegó el momento de elegir universidad, Alicia no lo dudó: quería irse lejos de su madre. Entró en la facultad, vivió en una residencia y… respiró aliviada.
“En vacaciones iré a ver a mi madre… y a mi padre”, pensaba.
Pero al llegar, la decepción fue grande. Laura ya no vivía sola, sino con Iván, solo siete años mayor que Alicia. Fue la primera vez que veía a un hombre borracho en casa. Su padre apenas bebía, solo en ocasiones especiales. Iván siempre estaba alegre. Nunca supo si trabajaba, pero salía y volvía en el mismo estado.
“Mamá, ¿de verdad te gusta que Iván esté siempre bebido? Y encima, armando escándalos”.
“No es asunto tuyo. Si no te gusta, vete con tu padre. Nadie te retiene aquí”.
Alicia se fue. La noche anterior, mientras Laura no estaba, Iván había entrado en su habitación. Por suerte, llegó su madre. Al día siguiente, Alicia recogió sus cosas y se marchó a casa de su padre. Dos días después, volvió a la universidad. No entendía por qué su madre justificaba a Iván, aguantaba sus gritos… y hasta sus manos.
“Mientras Iván esté en ese piso, no piso yo”, decidió.
Y así fue. En cuarto curso, al terminar los exámenes, fue a ver a su padre, que ahora vivía con Ana, una mujer amable que trataba bien a Alicia. Pero, ¡fatalidad!, justo al salir de casa, un coche la atropelló. Terminó en el hospital con una pierna rota.
Su padre la visitaba, aunque a veces iba sola Ana, porque Rodrigo estaba de viaje. Alicia decidió avisar a su madre y llamó.
“Mamá, hola, estoy en el hospital”. Laura prometió ir.
Fue, se quejó un rato… y al segundo día apareció con una mujer desconocida.
“Hija, esta es la notaria. Tienes que firmar unos papeles. Tu padre no se preocupó, pero yo no dejaré a mi hija sin techo. Cuando yo falte, esto será tuyo. Te lo prometo, palabra de honor”.
Alicia firmó. Luego se graduó, se quedó en la ciudad y encontró trabajo. Soñaba con comprarse un piso, pero… ¿con qué dinero? Aun así, no se rendía.
Un día llamó a su madre.
“Mamá, ¿cómo estás? ¿Qué tal la vida, la salud?”.
“Poco a poco. Me he separado de Iván. Estaba hart





