Volveré pronto…

*¡Ya vuelvo…*

En la salida del metro había un atasco. Afuera caía una lluvia bastante fuerte. Los afortunados que llevaban paraguas frenaban en la puerta, sacándolos de sus bolsos. Los que no tenían, no se apuraban a salir del refugio. Pero la gente empujaba desde atrás, arrastrando a los atascados hacia la calle, bajo la lluvia.

—Saca el paraguas —dijo Jorge justo al salir del metro.

—No tengo paraguas —respondió Zoe, desconcertada, sin poder resistir el empuje de la multitud.

—Te avisé esta mañana que iba a llover —contestó Jorge, irritado, ya bajo la lluvia, mirando con nostalgia las puertas del metro.

—Iba tarde, me lié… Podrías haberlo traído tú. Por cierto, el tuyo es más grande, cabríamos los dos —replicó Zoe.

—Bueno, no somos de azúcar, no nos vamos a derretir. —Jorge echó a andar con decisión, Zoe apenas lo seguía.

—Precisamente por eso. Ayer lo cargué todo el día y ni una gota. El tuyo es plegable. ¿Para qué lo sacaste del bolso? —refunfuñó Jorge mientras caminaban.

—Lo estaba secando…

Avanzaban discutiendo, alzando la voz por encima del ruido de la lluvia.

—Siempre encuentras excusas para ti, pero a mí me echas la culpa de todo —se quejó Zoe, cansada de la pelea.

—No te culpo, solo digo…

—Lo dices de una manera que me hace sentir culpable. ¿No podrías decirlo de otra forma, sin reproches? O callarte, de una vez. Estoy harta de tus críticas. Eres capaz de convertir una tontería en un problema del tamaño del universo —dijo Zoe, ofendida.

—¿Llamas tontería a esta lluvia? —preguntó él sin volverse—. Solo dije…

—Ay, no empieces otra vez. ¡Basta! Estoy harta —lo cortó Zoe.
Jadeaba por el paso rápido, su voz temblaba.

Jorge siguió refunfuñando, pero ella ya no respondió, y pronto él también calló. Zoe sabía que no tenía razón, y encima esta lluvia… La ropa se le pegaba al cuerpo, el agua le escurría por el pelo.

¿Cuándo había empezado esto? Pequeñas peleas, reproches. ¿O siempre fue así? Probablemente. Antes ella cedía, apagaba la chispa antes de que estallara.

Un hombre se acercaba en dirección contraria. Tampoco llevaba paraguas, pero caminaba como si disfrutara de la lluvia. Despacio, con las manos en los bolsillos del vaquero. El corazón de Zoe latió con fuerza antes de que sus ojos y su razón lo reconocieran. ¡Denis!

No podía apartar la mirada de su rostro. Él también la miraba, pero al pasar, desvió la vista. ¿Qué significaba eso? ¡Era él! No podía equivocarse. Pero pasó de largo, ni siquiera la saludó. ¿O sí se había equivocado? Hay mucha gente parecida. Zoe inspiró bruscamente. Se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. De la rabia y la confusión, le brotaron lágrimas, pero con suerte el agua de la lluvia las disimulaba.

—¿Lo conoces? ¿Por qué te miraba así? —Jorge se inclinó, intentando verle la cara.

—No. Se habrá confundido —mintió Zoe tras un silencio.
*¿Por qué fingió no reconocerme?* La pregunta le destrozaba el alma.

—Mientes. Se miraron como si… Parece que hubieras visto un fantasma.

*Así es*, pensó Zoe, pero en voz alta dijo:

—Se parece a un compañero de la universidad. Me equivoqué. Viste que ni siquiera me saludó. —Intentaba hablar con calma, pero por dentro hervía—. ¿Me estás celando? —Quería convertirlo en broma.

—Pareces alterada —insistió Jorge.

—¡Basta de interrogarme! ¡No. Lo. Conozco! —gritó Zoe, perdiendo el control.

*Tiene razón, vi un fantasma. ¡Intenté olvidarlo! Pero si él fingió no reconocerme, yo tampoco quiero saber de él. Me traicionó…*

—Admite que hubo algo entre ustedes, reaccionas así por algo —preguntó Jorge, fingiendo indiferencia.

—¿Qué quieres lograr? Déjalo ya —suplicó Zoe.

Por fin llegaron a casa.

—Primera en la ducha —anunció Zoe al entrar, escurriéndose al baño.
Jorge murmuró algo, pero ella abrió el agua para no oírlo. *¡Qué imagen! Y él me vio así. No es raro que pasara de largo. Todo por esta maldita lluvia…*

Se quitó la ropa empapada, la echó a la lavadora y se miró al espejo. Su figura seguía esbelta, el pecho firme, ni una arruga. Se alegró de sus pestañas negras y tupidas. Rara vez usaba maquillaje. *Al menos no tengo el rímel corrido como una víbora. No estoy mal…*, pensó, satisfecha. *Pero él ha cambiado, madurado, sus facciones son más duras…*

Entró en la ducha. El agua caliente aliviaba la tensión, pero no podía escapar de los recuerdos…

***

Zoe se acercó al tablón de anuncios. Los aspirantes abarrotaban el espacio frente a las listas. Entre tanta gente alta, no veía nada.

—¡Dejadme pasar! —empujó, impaciente.

—Pasa —cedió su lugar un chico.

Encontró su nombre, pero los empujones la distraían. Lo comprobó varias veces. No había error. Logró escapar de la multitud.

—Enhorabuena —oyó a su lado.
Era un chico desconocido.

—Gracias. ¿Tú también entraste? —preguntó alegre.

—Sí. Estudiamos juntos.

—Genial —sonrió Zoe.

En septiembre se encontraron como viejos conocidos. Estaban en grupos distintos, pero coincidían en clases y en la cafetería. Denis la miraba, sonreía, pero no daba el paso. *«Hola. ¿Qué tal? Hasta luego.»* Era todo.

El primer curso terminó, llegaron los exámenes. Zoe salió de la universidad y dudó. Una nube negra cubría el cielo, y ella no llevaba paraguas. *«¿Espero? ¿O llego a casa antes?»*

—¡Vaya! —Denis salió detrás de ella.

—¿Tienes paraguas? —preguntó Zoe.

—No. Damos tiempo. Vamos.

Pero a los trescientos metros, empezó a llover.

—Corre, va a empeorar. Ahí vivo. —Denis la tomó de la mano y echaron a correr. La lluvia los empujaba.

Al llegar al portal, estaban empapados.

—¿Hay alguien en tu casa? —preguntó Zoe, subiendo tras él.

—Mi madre —dijo al abrir, pero al ver su cara, rió—. Entra. Era broma. Está trabajando. Ve al baño, te traeré ropa seca.

Pronto pasó una camiseta y una toalla por la puerta. Al salir, Denis ya estaba cambiado y servía té humeante. Había preparado unos sándwiches.

—Te queda bien —dijo al verla. La camiseta le llegaba como un vestido.

Hablaron mientras tomaban el té. Zoe supo que su padre había muerto hacía tres años, vivía solo con su madre.

—Tienes muchos libros. ¿Los lees? —preguntó, mirando los lomos de colores.

—Todos leemos. Mi padre los coleccionaba.

Después se besaron hasta quedarse sin al

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MagistrUm
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