**Diario de un hombre arrepentido**
Hoy le pediré el divorcio a mi esposa, mi amor —suplicó Gonzalo a su amante, Lucía—. Solo mantén la calma, no te preocupes en vano, no quiero discutir contigo.
Ella lo miró con tristeza desde el otro lado de la mesa.
—Tus promesas interminables me agotan, ¿entiendes? Una y otra vez lo mismo. Llevamos juntos años; es hora de decisiones. Si no piensas dejarla, dilo ya y terminamos.
—No digas eso —protestó él—. Hace tiempo que decidí que quiero pasar mi vida contigo. Solo que las circunstancias me impedían actuar.
—Gonzalo, no soy una niña ingenua. No me conmueven tus palabras por muy sinceras que parezcan. Me voy. —Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas. Le dolía decirlo, pero no veía otra salida.
—¡No saques conclusiones! Prometo que hoy mismo lo resolveré.
—Lucía, eres lo que más quiero —la abrazó con fuerza. Tenía razón: era hora de dejar las cosas claras. No podía seguir dividido entre dos mujeres.
Llegó a casa tarde, como siempre. La suegra ya dormiría, y su esposa, Marta, estaría en el sofá viendo una serie mientras tomaba una infusión. Todo normal.
—Buenas noches —lo recibió ella—. ¿Otra vez tarde? ¿Mucho trabajo?
—Marta, necesitamos hablar. Hoy mismo. Ahora, si es posible.
—Bien, pero deja que te prepare un té.
—No hace falta, ya cené.
Se sentó junto a ella.
—Llevamos casi treinta años juntos. Dos hijos maravillosos que ya viven solos en el extranjero. Hemos pasado de todo, pero siempre nos apoyamos.
Marta lo observaba atentamente, como si estudiara cada arruga en su rostro.
—El amor se apagó. Quedó el respeto, pero no es suficiente. —¿Hay otra? —preguntó con calma, como si hablara del tiempo.
—Sí —confesó—. Llevamos casi dos años. Es amor verdadero. No lo planeé, pero…
—¿Eres feliz con ella?
—Sí —respondió con honestidad.
Marta guardó silencio. La quietud pesaba.
—Quiero divorciarme —dijo Gonzalo con firmeza.
—Bien —contestó ella—. No se puede obligar a amar. No diré que lo esperaba, pero cada palabra tuya es como un cuchillazo.
—No discutamos, por favor. No sabría explicar cómo llegamos a esto…
—Firmaré los papeles sin dudar, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Mi madre cumple setenta años pronto. Quiero que esperemos hasta después de su fiesta. No merece nuestros problemas en ese día.
—De acuerdo. La respeto, no hay discusión.
—Pero hay más.
Gonzalo alzó una ceja, sorprendido.
—Quiero que esos meses sean felices para ella. Que crea que todo está bien. Después, vendrán tiempos difíciles.
—¿Cómo lo imaginas?
—Flores, desayunos juntos, risas. Solo dos meses y medio.
A regañadientes, Gonzalo aceptó. Ella no hizo escenas, no gritó, no lo culpó. Podía ceder.
—Trato hecho.
Al día siguiente, invitó a Lucía a comer.
—Le pedí el divorcio a Marta —dijo ella, radiante—. ¡Por fin! ¿Cuándo te mudas? ¿Este fin de semana?
—No he terminado. Esperaremos hasta después del cumpleaños de mi suegra.
—¿Qué tontería es esta? ¿Esto no acabará nunca?
—No levantes la voz. La respeto, es su día.
—¿Y a mí me preguntaste? ¡No soy tu plan B!
Lucía se enfureció.
—Bien, haz lo que quieras. Pero no nos veremos en esos meses. Nada de citas.
—¿Por qué tanto drama?
—¿Me tomas por tonta? Se acabó jugar a dos bandas.
Gonzalo se levantó.
—Acepto tu decisión. Pero mi suegra merece una buena fiesta. Nos vemos en tres meses. Te quiero.
Salió. Lucía no lo siguió. Todo iba según el plan. Pronto sería libre.
Las semanas siguientes fueron de cuento. Gonzalo cumplió su papel de marido ejemplar.
—Yerno, ¡qué buenos son tus tostadas con aceite! —dijo la suegra—. Antes me mimabas más, pero veo que te esfuerzas.
—¿Qué tal un fin de semana en el campo? —propuso Marta—. Naturaleza, chimenea…
—¡Me encanta la idea! —exclamó la suegra.
Gonzalo susurró a Marta:
—No gastes energías en tácticas baratas. Mi decisión es firme.
Ella solo sonrió, lo que lo inquietó.
Poco a poco, Gonzalo dejó de pensar en Lucía. Antes, no pasaba un día sin llamadas o encuentros; ahora, dos meses de silencio, y la vida fluía mejor. Como si volviera a ser él mismo.
—Gonzalo, guarda la sopa, por favor. Voy a descansar.
—Estás pálida… ¿Te sientes bien? —preguntó, preocupado.
—Sí, solo un mareo…
No terminó. Se desmayó.
—¡Marta! ¡Marta!
La llevó al sofá.
—Estoy bien… solo presión baja.
—¡Vamos al hospital!
—No exageres —sonrió débilmente—. Ayúdame a la cama.
La tomó en brazos.
—Descansa. Demasiado estrés.
—Los nervios son lo nuestro —bromeó, sin gracia.
En los días siguientes, Gonzalo se volvió más atento. Sinceramente, no por la farsa.
—No me gusta cómo te ves. Hagamos chequeos.
—Mejor ocúpate del cumpleaños. Quedan dos semanas.
—No te preocupes, yo me encargo.
—Perfecto. Yo descansaré un poco.
Su preocupación crecía.
Lucía llamó.
—Veo que estás bien sin mí. Dos meses de silencio. ¿Se acabó?
—Ahora no es momento. Tengo cosas más importantes.
—¿Más importantes? ¿Me estás dejando?
—No pienso en nosotros ahora. Hablaremos después.
Su mente estaba en Marta. Algo no iba bien. Pero primero, la fiesta.
Contrató a los mejores organizadores.
—Todo debe ser perfecto. Mi suegra es como una madre.
El día llegó. Todos felices.
—Yerno, siempre dije que lo mejor que hizo Marta fue casarse contigo —dijo la suegra.
—¡Aún le queda mucho por vivir!
—Claro que sí.
La suegra miró al vacío.
El teléfono de Marta sonó.
—¡Tere, qué sorpresa! ¡Me alegra oírte!
Tras colgar, Marta anunció:
—Debo ir a ver a una amiga.
—No. Primero, al médico. Estás blanca como la pared. Después, a donde quieras.
Estaba genuinamente preocupado. Y algo más: ya no quería a Lucía. Ni siquiera sabía qué decirle. Pero eso esperaría. Ahora, solo Marta.
La había amado siempre. Solo que no lo entendió. Ceguera, huida, traición a sí mismo. ¿Cómo pudo creer que podía empezar de nuevo?
—Te reservé cita médica —dijo firme—. Mañana.
—Bien —sonrió ella.
A la mañana siguiente, no estaba en casa.
—¿Dónde está Marta?
—Fue a comprar.
—No, hijo. Salió con Tere.
—¡Le dije que primero al médico! ¡Se desmaya seguido!
Esa noche, Marta llamó.
—No os preocupéis. Os quiero mucho. Sois lo más valioso de mi vida.
No p





