**Solo a la tercera vez**
¿Cuánta amargura hay que probar, cuántas pérdidas de seres queridos, qué caminos hay que recorrer para encontrar la felicidad verdadera?
Eso es lo que a menudo piensa Carmen, de cuarenta y ocho años, que sigue esperando algo bueno y no pierde la esperanza. Su vida no ha sido demasiado afortunada, pero nunca se dejó vencer por el desánimo. Hasta que llegó la desgracia: estaba de pie, intentando no parpadear, mirando las llamas que devoraban su casa. Las chispas volaban hacia el cielo nocturno, iluminando a los vecinos que se habían reunido. Ya llegaban los bomberos con sus camiones rojos.
**La pérdida de todo**
Los bomberos desenrollaban las mangueras con prisas, y al fin, un potente chorro de agua se enfrentó al fuego. El humo era denso, y Carmen, tapándose la nariz con un pañuelo, contemplaba con horror los restos de su vida. Todo se había quemado: los muebles, la cocina, el armario… No habían podido salvar nada. La casa donde había vivido más de veinticinco años ya no existía.
—Carmencita, ven conmigo —la animaba su vecina Luisa, tirándole del brazo—. Tu Salvador ya está en mi patio con mi marido.
—Allí sentado, como si nada, cuando por su culpa hemos perdido todo. Al menos lo desperté a tiempo… —murmuraba Carmen entre lágrimas—. Dios mío, Luisa, solo ahora entiendo cuánto significaba para mí todo lo que quedó allí —señaló los escombros—. Cada objeto, cada foto, cada recuerdo…
—Tranquila, Carmencita, todavía eres joven, no tienes ni cincuenta —intentaba consolarla Luisa.
Entraron en el patio, donde Salvador, el esposo de Carmen, y Francisco, el marido de Luisa, estaban sentados. Salvador, aún aturdido por la resaca, parecía haber reaccionado por el susto del incendio.
—Carmen, ¿qué pasó? —preguntó él, confundido—. ¿Cómo empezó el fuego?
—¿Cómo? Porque te quedaste dormido con el cigarrillo en la boca. Cayó bajo la cama, y cuando te desperté, ya había llamas —respondió ella, llorando—. ¿Cuántas veces te lo advertí? Y ahora no nos queda nada…
Salvador bajó la cabeza, las lágrimas rodando por sus mejillas. Miraba con ojos vidriosos lo que quedaba de la casa que había construido con sus propias manos.
—Carmen, perdóname, por el amor de Dios. No volveré a beber, te lo juro —se santiguó—. Tendremos que ir a la casa de mis padres. Es pequeña, pero la arreglaremos. Te lo prometo.
Sus padres, alcohólicos, habían fallecido hacía años, y la casa estaba abandonada. Carmen y Salvador rebuscaron entre las cenizas, pero no encontraron nada. Salvador cumplió su palabra: desde ese día dejó la bebida, quizás el impacto lo cambió.
**Solo quedaron los recuerdos**
Carmen volvía del supermercado y se detuvo frente a los restos de su hogar. Los recuerdos la asaltaron, y se sentó en el banco que milagrosamente seguía en pie. Veinticinco años de vida con Salvador en esa casa. Recordó la alegría del día que se mudaron, eligiendo el papel pintado, los muebles nuevos. En Navidad, Salvador traía un árbol enorme, y todos lo decoraban entre risas. ¡Cómo disfrutaban sus hijas! El primer día del año corrían a ver qué regalos había dejado Papá Noel.
“Cuántos secretos infantiles y risas guardaron estas paredes —pensó Carmen—. Y también mis penas”. Desde aquí, sus hijas habían ido al colegio y luego habían volado hacia sus propias vidas.
**No supieron construir una vida en común**
Carmen tuvo dos hijas seguidas de su primer matrimonio. Se casó joven con Enrique, sin saber aún de la vida. Pronto descubrió que eran muy distintos y no pudieron entenderse ni en lo cotidiano. Él era irresponsable, incapaz de madurar. Ella quedó embarazada enseguida, mientras él salía de noche. Aun así, esperó, pensando que cambiaría. Vivían en un pueblo pequeño, donde él era bien conocido.
—¿Cambiar? ¡Qué va! —dijo Carmen en voz alta, sin darse cuenta—. No escuché a mi madre, y ella tenía razón.
Enrique tenía una moto. Un día, volvían del pueblo de sus padres cuando ocurrió el accidente. Él murió al instante; ella pasó meses en el hospital. Por suerte, se recuperó, y sus hijas no quedaron huérfanas.
Eran los años noventa, y Carmen perdió su trabajo. Decidió mudarse con sus hijas al pueblo de su madre. Cerca vivía Salvador, con sus padres alcohólicos, de los que a veces bebía también.
Al ver a Carmen con sus hijas, se enamoró de ella. Era hermosa, llena de vida. Un día, se acercó y le pidió salir.
—Carmen, vamos a dar un paseo, quiero hablar contigo —le dijo una tarde.
Pasearon, hablaron, pero no por mucho tiempo.
—Cásate conmigo —le propuso—. Te quiero, y a tus hijas las trataré como si fueran mías. Estoy construyendo una casa para nosotros.
Y ella aceptó. No lo amaba, pero quería un hogar para sus hijas. Salvador era trabajador, cariñoso. Pero sus padres lo arrastraron al alcohol, y eso trajo dolor a Carmen. Quizás bebía para ahogar su orgullo, sabiendo que ella no lo amaba.
“¿Por qué la vida me trata así? —pensó Carmen, sentada en el banco—. ¿Cuándo seré feliz?” Al menos sus hijas eran buenas personas, con vidas estables.
**Y otra desgracia**
Pero la desdicha no había terminado. Salvador dejó la bebida después del incendio, arregló la casa de sus padres, y poco a poco reconstruyeron su vida. Hasta que un día sufrió un derrame cerebral, y Carmen lo enterró poco después.
Los días se volvieron grises, monótonos: trabajo, casa. Solo había alegría cuando visitaban sus hijas y nietos.
Una tarde, antes de Navidad, Carmen fue a la ciudad a comprar regalos. Cargada con bolsas, pasó junto a un taxi y decidió tomarlo. El conductor, un hombre afable y de buen ver, charló animadamente con ella. Al llegar, le dio su tarjeta.
**Un nuevo encuentro**
—Por si necesitas un taxi —dijo él, sonriendo—. Me llamo Mateo. Llámame cuando quieras.
Carmen guardó la tarjeta y la olvidó. En Navidad, sus hijas y nietos llenaron la casa de risas. Hasta que su yerno anunció:
—¡El coche no arranca! Con los niños, no podemos ir en autobús… ¿Llamamos a un taxi?
Carmen recordó a Mateo. Él aceptó encantado y los llevó.
—¿Por qué no vienes tú también? —le propuso—. Te traeré de vuelta.
Mateo bromeó durante el viaje, incluso el nieto pequeño se rió con él.
—Mamá, qué hombre tan agradable —susurró su hija al oído.
Mateo observaba a la familia con nostalgia. Ocho años atrás, había perdido a su esposa e hija en un accidente de autobús. Desde entonces, vivía en soledad, aunque muchas mujeres se fijaban en él. Pero al ver a Carmen, algo se movió en su corazón: se parecía a su difunta esposa.
Esa noche, Carmen no pudo dormir. Había sentido una calidez desconocida.
“Dios mío, ¿será casualidad este encuentro?”
Dos días después, Mateo la llamó.
—¿Te gustaría ir al cine?
—¡Claro que sí! —respondió ella, alegre.
Pasaron el díaPasaron los años, y Carmen, por fin, encontró en Mateo el amor que siempre había esperado, llenando su vida de una felicidad que antes solo había soñado.





