El Llegado del Arrepentimiento

El Arrepentimiento Llegó

Florencia era una mujer creativa, llena de imaginación y ocurrencias. Todo lo que hacía resultaba interesante y hermoso. Además, tenía un corazón bondadoso, era tranquila, modesta y, sobre todo, indispensable. Trabajaba en una escuela rural, dando clases a los más pequeños.

Los niños, los padres e incluso los otros profesores la adoraban. Si algún maestro faltaba, ella siempre lo sustituía, aunque fuera en el turno de tarde.

—Señorita Florencia, no entiendo este problema —decía su alumno, Miguelito.

—Pero, Miguelito, ¿al menos lo has intentado? —le preguntaba ella, sabiendo que el niño prefería copiar antes que pensar. Si sus compañeros no le dejaban, acudía a ella.

Con paciencia, le explicaba hasta que Miguelito lo entendía. Y cuando por fin lo hacía, su cara se iluminaba.

—¡Vaya, pues era fácil!

Florencia se había criado en un orfanato y luego estudió en la escuela de magisterio. De pequeña, la habían dejado en la puerta del hogar infantil, y una enfermera le puso ese nombre porque le gustaba. El apellido lo inventaron ahí mismo, el primero que se les ocurrió. Como todos en el orfanato, Florencia aprendió a aguantar y callar. ¿A quién iba a quejarse?

Nunca conoció el cariño de unos padres, pero soñaba con tener su propia familia e hijos. Sabía que amaría a los suyos con toda el alma, que daría todo el amor que guardaba. Soñaba con encontrar a un hombre con quien compartir la vida.

Pero la vida le deparó otra cosa. Se casó con Gregorio, un camionero del pueblo. Él se fijó en la joven maestra, y a ella le ilusionó la idea de tener su propio hogar, aunque fuera un poquito de felicidad. Un día, Gregorio la paró en la calle.

—Florencia, llevo tiempo mirándote. Eres una mujer formal. Cásate conmigo. No soy de flores ni romanticismos, soy directo. Eso sí, soy mayor que tú, pero no importa. Tengo una casa grande. Mis padres murieron jóvenes, así que vivo solo. Quiero una dueña para mi casa —dijo con seriedad.

Florencia, como cualquier mujer, soñaba con romance. Imaginaba a su amado de rodillas, ofreciéndole un anillo. Pero aquello era distinto: “Ven, cásate conmigo”.

—Bueno, Gregorio, acepto —respondió ella. Y así, tras una boda sencilla, se mudó a su casa.

Aunque antes de la boda, algunos intentaron disuadirla.

—Florencia, piénsalo bien. Gregorio no es para ti. Tú eres delicada, artística, y él es un hombre rudo. Sois muy distintos.

Gregorio siempre había sido huraño. Trabajador, sí, y bien visto por sus jefes, pero poco sociable. Le gustó Florencia porque era guapa, esbelta, con una larga trenza que a veces recogía en un moño antiguo. Tenía ojos verdes, era tímida y callada. Justo la esposa que él quería.

Desde el primer día, Florencia demostró ser una excelente ama de casa. Cocina, limpieza, todo impecable. Aunque Gregorio notaba sus rarezas: leía poesía en voz alta, cantaba mientras fregaba… Cosas que él no entendía, pero toleraba. Por las noches, veía telenovelas y tejía, regalando sus creaciones a los vecinos.

Florencia empezó a preocuparse:

—Llevamos tanto tiempo… y no hay bebé. Deberíamos tener hijos, como todo el mundo.

Gregorio también pensaba en herederos. Veía a su esposa cada día más triste, con menos sonrisas.

—Debe estar afligida por no quedarse embarazada —pensaba él, al oírla rezar en voz baja frente a los santos que colgaba en la pared.

Gregorio no era creyente, pero no se metía.

—Que rece si quiere. A mí qué.

Como esposa, Florencia le convenía. Callada, humilde, respetada en el pueblo por su labor en la escuela. Aunque un día llegó a casa y encontró una cabra en el patio. Luego gallinas. Todo sin consultarle.

—Bueno, es para la casa —se dijo—. Todos tienen animales.

Pero cuando vio un cachorro en el patio, no pudo evitarlo.

—Florencia, ¿y este perro? No necesitamos crías.

—Gregorio, es solo un cachorro. Se quedó aquí. No nos arruinará un plato de comida. Además, todos tienen un perro guardián.

Al final, cedió. Le construyó una caseta y hasta le cogió cariño. La llamaron Julita. Hasta que un día, Gregorio vio salir al perro del vecino de su patio.

—Julita, ya tienes novio. Crías no necesitamos.

Pronto notaron que Julita esperaba cachorros. Gregorio se volvió hosco. Florencia, inquieta. Un día, la vecina Rosa la paró en la calle.

—Florencia, perdona, pero… ¿cómo aguantas a ese Gregorio?

—¿Qué pasa, tía Rosa?

—¿No te lo ha dicho? —vio su sorpresa—. Pues ahí va. Iba de vuelta del pueblo de al lado, y vi a tu marido arrastrando a Julita, que está preñada. Le pregunté adónde la llevaba, y me dijo que no era asunto mío. Me asusté. Lo seguí y lo vi entregarla a un hombre.

Florencia se llevó las manos al corazón y corrió a casa. Rosa gritó tras ella:

—¡A lo mejor no tenéis hijos porque Gregorio es un monstruo!

Esa noche, Gregorio llegó.

—Gregorio, ¿dónde está Julita?

Él estalló:

—¿Qué te importa? ¡No es asunto tuyo! No hay perra y no la habrá. ¡No quiero crías!

Florencia, herida, se encerró en su habitación y lloró.

—¿Con quién me he casado?

Gregorio no se sentía culpable. Pero el silencio de Florencia duró días. Por primera vez, se sintió incómodo. Algo le remordía. Soñó con Julita, con sus ojos tristes.

Tras una semana de tensión, decidió hacer las paces.

—Al fin y al cabo, soy el hombre. Daré el primer paso.

Se reconciliaron. El tiempo pasó.

—Gregorio, vamos a tener un bebé —anunció Florencia un día.

—¡Qué bien! Será un niño —exclamó él, feliz—. ¡Un heredero!

Pero al mes, Florencia sufrió un aborto. El médico les animó: habría más oportunidades. Gregorio intentó no pensar en ello, pero Florencia se sumió en la tristeza. Hasta los vecinos lo notaron.

Poco a poco, se recuperó. Y un día, otra alegría:

—Estoy embarazada otra vez.

El médico la tranquilizó:

—Todo va bien. Cuídate, no cargues peso.

Gregorio, ilusionado, la cuidó con esmero. Pero de nuevo, la tragedia.

Ambos se hundieron. Gregorio no dormía, oyendo llorar a su esposa. Y entonces, algo cambió en él. Empezó a recordar a Julita. ¿Dónde estaría ahora?

Florencia sufría. Gregorio no sabía qué hacer. Hasta que supo de un refugio de perros en las afueras. Sin decir nada, fue un domingo. Llevó comida y donaciones.

—¡Gracias! —le dijeron—. Siempre hace falta.

Vagó entre perros de todos los colores y tamaños. Algo le punzó el corazón.

Al tercer viaje, se detuvo ante una perra rojiza. Junto a ella, un cachorro negro con una mancha blanca en la oreja. No podía apartar la mirada.

—Qué gracioso es…

Al llegar a casa, Florencia barría el patio.

—¿

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