Quedarse o Marcharse

**Irse o quedarse**

Alicia abrió la puerta y se sorprendió al ver a su hija Lucía acompañada de un chico desconocido que le sonreía con amabilidad.

—Hola, mamá, te presento a Pablo —dijo Lucía con rapidez, empujándolo hacia delante—. Pensé que ya era hora de que os conocierais. ¿Papá no está? Pasa, Pablo, no te cortes, mis padres son geniales.

—Buenas tardes —saludó él, un poco tímido, mientras entraba en el salón.

Alicia le sonrió para animarlo y asintió con la cabeza.

—Mamá, perdona por aparecer así, sin avisar —siguió parloteando Lucía—. Solo nos tomaremos un té y luego nos iremos al cine.

Pablo se comportaba con educación, sonriendo con modestia pero siguiendo la conversación.

—Mamá, ¿dónde está papá? Quería que conociera a Pablo.

—¿Dónde va a estar? En el garaje, como siempre. Enfrascado en el coche, dice que hay que aspirarlo y lavarlo por dentro. Ya sabes cómo es, no quiere llevarlo al lavadero… —respondió Alicia.

Al poco, Lucía y Pablo se prepararon para marcharse. Él se despidió con educación y dio las gracias.

—Qué educado y bien criado —pensó Alicia mientras cerraba la puerta.

Lucía estaba en segundo año de universidad, ya era una mujer. Alicia ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había crecido. Ahora la hija no paraba de hacerle preguntas sobre la vida, pidiéndole consejos: cómo actuar, qué hacer en cada situación, esperando que su madre la guiara.

A veces Alicia le daba respuestas, pero en otras ocasiones le decía:

—Hija, no tengo una solución concreta para esto, ni la tendré nunca. No hay decisiones perfectas. A veces la vida nos tiende trampas para recordarnos que todo tiene su momento.

Cada uno tiene su propio destino, y la vida se encarga de repartir las cartas a su manera. Alicia, después de más de veinte años de matrimonio, siempre se había sentido en una encrucijada. Recordaba perfectamente el día en que su amiga Marta le presentó a Javier.

—Alicia, este es Javier, amigo de mi Dani —le dijo, acercando a un chico alto y delgado que parecía incómodo y algo despistado—. Trabaja con mi novio, que lleva tiempo queriendo presentarle a alguna de mis amigas. Bueno, allá vosotros. —Y desapareció entre la multitud de la discoteca.

La fiesta universitaria estaba en su apogeo. Alicia y Marta terminaban la carrera. Marta y Dani se iban a casar en dos meses. Javier parecía fuera de lugar entre los estudiantes, torpe, como si no supiera dónde meterse. Se encorvaba, como avergonzado de su altura, y miraba a su alrededor, observando el bullicio juvenil.

—Javier, ¿estudias algo? —preguntó Alicia, rompiendo el hielo.

—No, llevo tres años trabajando de conductor. Antes estuve en el ejército.

—Qué raro —pensó Alicia—, ha hecho la mili y sigue igual de delgado. Los chicos suelen volver más fuertes. —Tenía el ejemplo de su hermano mayor.

—Dani y yo coincidimos allí, nos hicimos amigos y luego encontramos trabajo juntos. Yo solo estudié hasta el instituto. ¿Vosotras estáis en la universidad?

La miraba sonriendo, con una sonrisa infantil y encantadora que le arrancó una sonrisa a ella, aunque no quería darle esperanzas. No le gustaba. Así fue su primer encuentro. Si alguien le hubiera dicho entonces que sería su futuro marido, se habría reído a carcajadas.

Pero como dice el refrán, no se puede huir del destino. La vida sería aburrida si supiéramos de antemano dónde estaríamos al año siguiente. Cada vez que Javier la invitaba a salir, Alicia pensaba que sería la última vez, que pasarían un rato juntos y luego cada uno por su lado. La próxima vez le diría que no.

Pero el tiempo pasaba, y ella no encontraba el momento de cortar. Por un lado, le daba pena aquel chico tímido y bueno; por otro, no había nadie más en su vida que le interesara lo suficiente como para plantearse algo serio.

—Alicia, ¿cómo va eso con Javier? —le preguntaba Marta.

—Normal, ni yo misma lo entiendo —respondía con indiferencia.

Hasta fueron padrinos en la boda de Marta y Dani. Alicia se licenció y encontró trabajo. Seguían saliendo. Poco a poco se acostumbró a él, sabía que Javier era de fiar. Un día decidió pedirle consejo a su madre.

—Mamá, ya conoces a Javier. No sé qué hacer. Habla de casarse, y yo no sé qué decir. Solo sé que es trabajador, cariñoso, responsable… aunque hay cosas que no sabe, no es muy culto y no le gusta leer.

—Hija, no le des más vueltas. ¿Qué más da que no lea? Es fiel y te mira con adoración —decía su madre—. Con el tiempo, las diferencias se diluyen.

Llegó el día en que Javier, nervioso y ruborizado, le pidió matrimonio, como si no estuviera seguro de su respuesta.

—Alicia, esto es para ti —dijo, sacando un anillo del bolsillo—. Quiero que seas mi esposa. ¿Aceptas?

Ella miró el anillo en silencio, pero al final sonrió y dijo:

—Acepto. ¿Y los flores? —Y, cogiendo el anillo, se lo puso.

—¡Ay, Alicia, se me olvidaron! Para mí lo importante era el anillo y tu respuesta. Te prometo que te compraré flores.

Luego, Alicia pensó:

—Es raro que al final me casara con Javier. Es un chico normal al que nunca tomé en serio.

Quizá influyó que todas sus amigas se habían casado y ella no quería quedarse sola. No se sentía segura de sí misma, aunque era guapa —un poco rellena, pero eso no le restaba encanto—.

Alicia y Javier formaron una familia. Con los años, como todas las parejas, acumularon rutinas, parientes y problemas, eso sí, siempre resueltos por él. Pero cuanta más vida compartían, más notaba Alicia el abismo que los separaba.

En la cena solo hablaban de temas domésticos. A ella no le interesaba discutir con él sobre una película o una exposición a la que había ido con una amiga. Ni siquiera coincidían en qué programa ver o qué hacer el fin de semana. Claro que Alicia llevaba la voz cantante, y Javier asentía.

—Javier, deja de ver dibujos animados, que no eres un niño —le decía ella.

—¿Y qué? ¿Los dibujos son solo para niños?

Alicia sabía que le faltaba educación y refinamiento. Así que le enseñaba cómo comportarse en sociedad, cómo usar los cubiertos, por miedo a que metiera la pata. Sobre todo cuando los invitaban a alguna parte.

Se dio cuenta de que algo iba mal el día que tuvo que ir sola a la cena de empresa, donde le darían un reconocimiento por su trabajo.

Javier estaba enfermo, con fiebre y dolor de garganta.

—Alicia, lo siento, ve tú sola. No me encuentro bien —dijo él, sabiendo que su mujer podría perderse el evento por su culpa.

—Vale, Javier, no me quedaré hasta tarde —prometió ella.

Sentada en la cena, Alicia tuvo un pensamiento revelador:

—Qué bien que Javier no haya venido. Mejor así. No tendré que estar tensa, pendiente de que diga algo inapropiado y tenga que avergonzarme. Tal vez debería cambiar las cosas.

Volvió temprano, y él se alegró. Decidió hablar con él cuando se recuperara. Pero dos días después, descubrió que estaba embarazada.

—Va a tener un bebé —le dijo la doctora—. Supongo que querrá tener

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