Un alma compartida

Una Alma para Dos

Cuando en la familia llegaron dos hijas idénticas, aunque no era ninguna sorpresa, Marina, en el hospital, al principio sintió un poco de miedo. Les llevaron a las gemelas para alimentarlas y las dejaron con ella en la habitación.

“¿Cómo las distinguiré?”, pensaba. “Saber que serían gemelas es una cosa, pero otra es verlas aquí, mis niñas, iguales en todo”.

Sin embargo, Marina se acostumbró a sus mellizas y pronto las diferenciaba por detalles que solo ella notaba. Los demás seguían confundiéndolas.

Lucía y Sofía crecieron muy unidas, fueron juntas al parvulario y al colegio. En el instituto, conocían las leyendas sobre gemelos: los antiguos griegos los consideraban hijos de los dioses, incluso hay una constelación llamada Géminis. Siempre se había dicho que los gemelos compartían un alma, que pensaban igual.

Y así era: si Lucía enfermaba, Sofía también lo hacía poco después. A veces, incluso vivían situaciones similares. Pero lo más frecuente era que las confundieran por su increíble parecido. Hasta sus gustos y personalidades eran casi idénticos. De mayores, les gustaban los mismos chicos.

Llegó el momento de terminar el bachillerato. Las dos habían estudiado bien y planeaban entrar en la universidad. En las vacaciones de Navidad, Sofía se puso grave. Lucía esperó a enfermar también, pero los días pasaban y su hermana seguía sufriendo sola. Sus padres la llevaron al hospital para hacerle pruebas. Pronto, los médicos descubrieron una enfermedad terrible: leucemia.

“Deberían haber venido antes”, dijeron los médicos. “Aunque entendemos que, sin síntomas, nadie acude por voluntad propia”.

Sofía luchó seis meses, pero en primavera falleció. Lucía estaba en clase cuando sintió un dolor agudo en el pecho, como si su corazón quisiera salirse del cuerpo. Casi se desmaya.

Sus padres temieron que no soportaría la pérdida. Lucía misma esperaba enfermar de repente, igual que su hermana. La llevaron urgentemente al médico, pero las pruebas mostraron que estaba sana.

La familia sufrió mucho. Lucía no dejaba de preguntarse:

“¿Por qué le pasó esto a ella? ¿Por qué no a mí? Siento que he perdido una parte de mí”.

Su madre, preocupada, le decía:

“Hija, tienes los exámenes finales. Debes esforzarte por ti y por ella”.

Lucía asintió, reunió fuerzas y aprobó con buenas notas.

Mientras todos afrontaban el duelo, ella tomó una decisión:

“Mamá, quiero estudiar Medicina. De pronto sentí la necesidad de ayudar a la gente, de luchar contra estas malditas enfermedades”.

“Pues cuenta con nuestro apoyo”, respondió Marina abrazándola.

Con el tiempo, el dolor se hizo más llevadero, pero Lucía echaba de menos a su hermana. Nadie la había entendido como ella.

“Mamá, siento que mi vida se dividió en un ‘antes’ y un ‘después'”, le confesó. Su madre la comprendía perfectamente: sentía lo mismo.

Pasaron los años. Lucía estaba terminando la carrera cuando conoció a Alejandro. Por primera vez en mucho tiempo, volvió a sonreír de verdad. El amor le devolvió las ganas de vivir.

Llevaban tres meses juntos cuando Sofía se le apareció en un sueño. Su hermana le hacía señas, como indicándole algo. Al despertar, Lucía no entendió nada. Era la primera vez que soñaba con ella desde su muerte.

“Tengo que visitar su tumba”, pensó al levantarse. “Y después iré a la iglesia a encender una vela”. Su madre apoyó la idea.

De camino a la universidad, llamó a Alejandro. Habían quedado para verse después de clase.

“Ale, perdona, pero hoy iré al cementerio. Necesito ir. Luego pasaré por la iglesia”.

“Vale, Lucía. Si lo necesitas, hazlo. Te quiero”, respondió él.

Ese día cancelaron las últimas clases. Content

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