**Confesión del Alma**
Nuevamente se acercaba la Nochevieja. En toda la ciudad reinaba el bullicio: los centros comerciales brillaban cálidos y llenos de luz, la gente se movía apresurada entre los pasillos, intentando completar sus compras navideñas. Por los altavoces resonaba una canción de villancicos que todos habían escuchado mil veces.
Pero para Martina, no había alegría. Aquel año había sido duro para ella y su madre, Isabel. Aprendían a vivir sin su padre. Martina ya no vivía con ellos; era una mujer adulta, casada, y hasta tenía un hijo de diez años, Lucas.
**El Padre**
Un año antes, en vísperas de Año Nuevo, su padre había fallecido. Martina estaba tan destrozada que no entendió al principio que su madre sufría aún más.
Don Enrique había sido un hombre cariñoso, amable y dedicado. Profesor de economía en la universidad, trataba a sus alumnos con afecto:
—Todos son como mis hijos. Nunca les grito ni me enfado. Y ellos me corresponden igual. En todos mis años dando clase, nunca he tenido un solo conflicto con un alumno. Hubo dudas, sí, pero las resolvíamos juntos, y todos salíamos contentos.
—Sí, papá, todo el mundo habla de ti con respeto —asentía Martina.
A Enrique le encantaban las películas antiguas, reía con facilidad y disfrutaba pasear con su hija cuando era pequeña. A veces toda la familia iba al cine o al parque, y en vacaciones siempre viajaban los tres juntos.
Martina había visto cuánto la quería su padre a Isabel, y por eso buscó un marido parecido a él. Y lo consiguió; estaba feliz con su esposo, Carlos. Después de casarse, se mudaron a un piso que les regalaron ambos padres.
Todo iba bien. Hasta que, tres años atrás, a Enrique le diagnosticaron cáncer. Isabel y Martina se quedaron destrozadas, pero él las tranquilizaba:
—No os preocupéis, mis niñas. No vais a libraros de mí tan fácilmente —bromeaba, aunque sus ojos habían perdido el brillo.
Y un año después, se fue.
**No podré vivir sin él**
—Nunca olvidaré el sonido de la tierra helada golpeando el ataúd, el llanto de mamá, el tintinear de los platos en el velorio —pensaba a veces Martina.
Ahora vivía con el temor constante por su madre. Cuando volvieron a casa después del entierro, Isabel, sin quitarse el abrigo, entró en el salón y se dejó caer en el sillón que siempre había ocupado su marido. Se quedó sentada, mirando al vacío. Martina tampoco sabía qué decir; el dolor las aplastaba a ambas.
—No puedo —susurró Isabel.
Martina se arrodilló frente a ella y le tomó las manos frías.
—¿Qué no puedes, mamá?
Isabel la miró como si no entendiera la pregunta y murmuró:
—Vivir sin él. No puedo.
Fue entonces cuando Martina comprendió que, por mucho que ella sufriera, su madre lo tenía peor.
**Esperando que pasara el dolor**
Desde entonces había pasado un año. Isabel y Martina aprendían a seguir sin Enrique. Poco a poco, Martina dejó de esperar su voz al teléfono. Antes, al visitar a sus padres, siempre veía la cabeza canosa de su padre en su sillón favorito, frente al televisor. Ahora, ese lugar estaba vacío. Y con él, solo le quedaba el dolor. Esperaba que se aliviara, pero a ese sentimiento se sumó el miedo por su madre.
—Dios mío, por favor, que mamá pueda soportarlo —pensaba Martina al despertar por las noches, o en cualquier momento del día.
Tomaba el teléfono y la llamaba, no de madrugada, pero sí por la mañana, tarde o noche. El temor por su madre la consumía.
—Martina, no te tortures —la consolaba Carlos—. Mírate, tienes la mirada apagada, estás demacrada, nerviosa. Todo irá bien con tu madre. Todavía es pronto, pero créeme, las cosas mejorarán.
—Tienes razón, Carlos. Pero cada vez que veo a mamá me asusto. Ha cambiado tanto, está tan callada… ¿En qué estará pensando? Debería venir a casa.
Martina llamó a Isabel, quien contestó con voz débil:
—Sí, hija…
—Mamá, ven a casa. Es sábado, podemos ir al parque con Lucas o a algún sitio. No te quedes sola.
—No, hija, gracias. No me apetece salir. Además, no estoy sola. Siempre estoy con tu padre en mis pensamientos.
—Eso es precisamente el problema. Quiero que te distraigas, mamá —insistió Martina, pero Isabel se negó.
Al colgar, miró a Carlos.
—¿Cómo la saco de casa? Cuando voy, no quiere salir; dice que prefiere quedarnos hablando allí.
—Paciencia, Martina. El tiempo lo cura todo.
**Angustia**
Hoy se cumplía un año desde la muerte de Enrique. Al día siguiente sería Nochevieja, y la vida continuaría. Martina llamó a su madre por la mañana, pero no contestó. Volvió a intentarlo, una y otra vez. El tono de llamada sonaba, pero Isabel no respondía. Martina sintió un escalofrío. Nunca pasaba eso; su madre siempre atendía.
Agarró las llaves del coche y salió disparada. Al llegar al portal, su corazón latía con fuerza, casi saltándole del pecho.
—Dios mío, por favor, que no le pase nada —susurró al abrir la puerta con su llave.
**Releyendo la nota**
Al entrar, sintió que algo no iba bien. La casa estaba en silencio, impecable. Sobre la mesa de la cocina había una nota:
*”Querida hija mía, sabes cuánto te quiero, y no quiero hacerte daño. Pase lo que pase, siempre te amaré.”*
Martina se agarró al borde de la mesa y se dejó caer en una silla. Las piernas le temblaban, los pensamientos se le amontonaban. Volvió a leer la nota una y otra vez, aunque las letras le bailaban ante los ojos.
—Siempre supe que lo que más temes es lo que acaba pasando —pensó al fin.
Vio una taza de café sobre la mesa, aún tibia.
—Mamá no puede haberse ido hace mucho. Quizás aún no ha pasado nada —razonó, y de nuevo agarró las llaves y salió corriendo.
Bajó las escaleras a toda prisa, preguntándose adónde podría haber ido su madre.
—¿Al supermercado? Pero la nota…
Siguió llamando, pero solo escuchaba el tono de llamada. Mientras conducía, un pensamiento la golpeó:
—¡Alto! Sé adónde tengo que ir. Al cementerio.
Al llegar, saltó del coche sin notar la nieve que caía y corrió hacia la tumba de su padre. El camposanto estaba desierto; ¿quién iba a ir allí en Nochevieja? A lo lejos, distinguió una figura encorvada frente a una lápida. Era Isabel.
—¡Mamá! —gritó Martina.
Corrió hacia ella, sabiendo que cada segundo contaba. Ni siquiera notó las lágrimas en sus mejillas hasta que, al llegar, se abrazaron.
—Mamá, ¿cómo puedes hacer esto? ¿Y yo? —repetía Martina entre sollozos.
**Al fin pensó en su hija**
Las manos cálidas de Isabel le secaron las lágrimas.
—Perdóname, hija. No quería hacerte sufrir. Creí que podría… Echo tanto de menos a tu padre… Pero no pude, cariño. Al final, pensé en ti.
—Mamá, ni se te ocurra volver a planteártelo. Por favor. Saldremos adelante juntas. No podría sopY mientras la nieve seguía cayendo suavemente sobre las lápidas, madre e hija regresaron a casa juntas, con el corazón un poco más ligero y la promesa de enfrentar el nuevo año sin olvidar, pero con esperanza.





