No nacas bella, nace práctica.

Anoche observé a Leonor en la terraza de ese café de Lavapiés. Estaba con Marta, su amiga desde la facultad. Las copas temblaron cuando Marta golpeó la mesa.

—¡Leonor, ¿estás loca de remate?! —explotó—. Ese tipo te usa como trapo de limpiar. Hoy sí, mañana no, según le convenga.

Leonor removía el azúcar en su café con aire cansado.

—No entiendes, Marta. Alejandro es un hombre ocupado. Tiene negocios, reuniones… Nos vemos cuando él tiene hueco.

—¡Me importa un bledo sus negocios! —Marta enrojeció—. Treinta y seis años cumples ya, mujer. ¿Hasta cuándo vas a ser el aeródromo de reserva?

Vi a Leonor encogerse. Marta siempre directa, como un puñetazo. Cierto, pero duele.

—¿Qué otra opción tengo? —murmuró mirando hacia Tirso de Molina—. Bellezas hay a montones. Yo… soy corriente. Pero práctica. Sin dramas, sin exigencias.

—¡Reina, por Dios! ¿’Práctica’? ¿Eres una felpilla? Tienes carrera, un buen puesto, piso propio, cerebro y lealtad…

—Pero belleza no, ¿eh? La primera impresión es visual, ya lo sabes. —Leonor esbozó una sonrisa amarga.

Marta se desplomó en la silla, incredulidad en la mirada. Veinte años de amistad y Leonor aún no cree en su valor. Desde la uni: siempre en segundo plano, siempre adaptándose, siempre complaciendo.

—¿Te acuerdas de Miguel? De la uni —preguntó Leonor de pronto.

—Sí… ¿y?

—Me volvía loca. Tres años tras él, apuntes prestados, ayuda en trabajos… Ni me veía. Hasta que apareció esa… ¿Carmen Durán? Ahí fue su obsesión.

—¡Eso fue en los tiempos de Maricastaña! —Marta alzó las manos.

—Para mí como si fuera hoy. Aprendí entonces: las guapas lo tienen todo. Las demás, debemos ser útiles. Prácticas.

—Pero Leonor… ¡Miguel acabó enganchado al juego y perdiendo trabajos! ¡Y Carmen, tres bodas y tres divorcios! ¿Dónde están ellos y dónde tú?

—Ellos viven —susurró Leonor—. Yo sobrevivo.

Sonó su móvil. Al ver la pantalla, su rostro se iluminó.

—¿Alejandro? Sí, estoy libre. Claro, bajo. ¿En una hora? Vale, te espero.

Marta contempló, horrorizada, cómo su amiga se transformaba: alegría infantil, dispuesta a acudir a la primera llamada.

—Leonor, no vayas —rogó—. Di que estás ocupada.

—No puedo. Tiene dos horas libres entre reuniones. Hace siglo que no nos vemos.

—¡Vaya ayer!

—Para mí un siglo —repitió Leonor, cogiendo el bolso.

Marta se quedó sola, viéndola marchar. ¿Cuándo había ocurrido? ¿Cuándo esa mujer inteligente y capaz se convirtió en apéndice de otro?

Antes era distinto. En la uni, aunque no despuntara por su físico, era el alma de la fiesta. Organizaba excursiones a Cercedilla. Los tíos la querían… como colega, como “hermano mayor”. “Leo-colega”, la llamaban. Ella entonces lo llevaba con orgullo.

Tras la uni, entró como economista en una cotizada. Ascensos rápidos. Piso en Chamberí, coche. Sus padres orgullosos: hija hecha. Pero el amor… eso nunca cuajó.

El primer novio serio, a los veintiocho. Un compañero, Roberto. Serio, formal. Leonor fue feliz: un hombre que la valoraba, no por el físico, sino por su ser.

Dos años juntos. Leonor empezó a insinuar boda. Hasta miró vestidos blancos. Hasta que Roberto conoció a la nueva becaria —joven, guapa, recién salida de la Complutense.

—Verás, Leo —tartamudeó entonces—, tú eres increíble, pero con Laura… siento algo distinto. Fuego, vitalidad…

—¿Y conmigo paz, no? ¿Comodidad?

—Pues… sí —reconoció—. Demasiada calma, quizá.

Ahí lo comprendió: la belleza trae pasión; la practicidad, solo rutina. Y la rutina cansa.

Tras Roberto, otros romances. Todos igual: hombres que llegaban derrotados —tras divorcios, despidos, crisis. Leonor curaba heridas, apoyaba. Y cuando se reponían… aparecía alguna guapa que se los llevaba.

—Leo, tú me entiendes —soltaba el último—, contigo estoy bien, pero falta esa… chispa, ¿sabes?

Ah, sí. Lo sabía.

Hasta Alejandro. Empresario exitoso, divorciado, con una hija adolescente. Casualidad: Leonor le ayudó con la declaración de Hacienda —él no entendía ni jota.

—Gracias por el salvamento —dijo—. Eres una profesional. Y buena persona.

“Buena persona”. Lo de siempre. No mujer, no belleza: “persona”. Buena, útil, práctica.

Pero cuando Alejandro propuso verse otra vez —ya sin papeles—, su corazón saltó. ¿Quizá este la viera como mujer?

La primera cita, en el Botín, fue maravillosa. Alejandro: interesante, atento. Habló de sus negocios, sus planes, hasta de su hija Laura, con quien la relación era tensa.

—Quiere más a su madre —confesó—. Cree que la culpa del divorcio es mía. Yo solo… cansado de gritos. Mi ex una belleza, modelo en su día. Pero el carácter… Madre mía, un calvario.

Leonor escuchó esperanzada: “Ah, ya sabe que la belleza no lo es todo. Valorará otras cosas”.

Al principio pareció. Alejandro llam
Sin embargo, meses después desde el mismo balcón la vi pasar bajo la farola de la plaza Mayor con paso firme y la cabeza alta, dejando atrás las migajas de amor para cosechar su propia felicidad como una mujer completa y dueña de su destino.

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MagistrUm
No nacas bella, nace práctica.