La hija que no es mía

—¡Cómo te atreves a sacar esto, Rosario! —Javier arrojó al suelo la hoja y golpeó la mesa—. ¿Qué examen ni qué historias? ¡Te has vuelto loca!

—¡No me chilles! —Rosario saltó del sofá con los ojos encendidos—. Tengo derecho a saber la verdad. Nuria cada día se parece menos a ti, ¡y tú lo sabes!

—¡Es mi hija! —rugió él—. ¡Nuestra hija! Y si vuelves a hablar de ese maldito examen, yo…

—¿Tú qué? —ella desafiante, manos en la cintura—. ¿Qué vas a hacerme? ¿Echarme? ¡Adelante! Pero primero descubriremos quién es la niña que crece en esta casa.

Javier se desplomó en la silla, frotándose el rostro. Nunca hubo una discusión así. Ni en los peores tiempos habían llegado a gritos y acusaciones.

—Rosario, ¿qué te pasa? —preguntó exhausto—. ¿De dónde vienen estas ideas? Nuria nació en el hospital; yo la recogí de la maternidad. ¿No te acuerdas?

—Me acuerdo —bufó ella—. Pero las dudas siguen ahí.

Fue al aparador, sacó fotos familiares y las esparció ante su marido.

—Mira —señaló con el dedo—. Aquí con un año: rizos rubios, ojos azules. Con tres: igual. Pero ahora, con quince: pelo liso oscuro, ojos marrones. ¿Cómo se explica?

—Los niños cambian al crecer —intentó él—. Está en la adolescencia, las hormonas…

—¡Las hormonas no cambian el color de los ojos! —lo interrumpió—. ¡Ni convierten rizos en pelo liso! ¿Y la altura? ¡Con quince años me saca una cabeza! ¿De dónde sale si los dos somos medianos?

Javier calló, estudiando las fotos. Los cambios eran innegables: la niña rubia se había convertido en una adolescente alta, de rasgos mediterráneos.

—Quizá heredó de alguna abuela —murmuró—. La genética es complicada.

—¿Qué abuela? —se indignó ella—. Mis padres son de Castilla, los tuyos también. Los bisabuelos igual. ¿De dónde salen esos rasgos?

Entró Nuria. Alta, delgada, pelo oscuro hasta la cintura y grandes ojos marrones. Bella, pero ajena a sus padres.

—¿Por qué gritan? —preguntó, mirándolos—. Los vecinos se quejan.

—Nada, cariño —respondió Javier rápido—. Mamá está algo nerviosa.

—¿Por qué? —Nuria se sentó en el sofá—. ¿Otra vez el trabajo?

Rosario la observó: tranquila, reflexiva, nada parecida a ella en carácter… o en sangre.

—Nuria, dime la verdad —preguntó de súbito—. ¿Nunca te preguntaste por qué no te pareces a nosotros?

—¡Rosario! —protestó Javier.

—¿Qué pasa? —ella se volvió—. Que conteste. A ella también le importa.

Nuria encogió los hombros.

—No sé. Nunca lo pensé. ¿Acaso importa? Vosotros sois mis padres.

—Claro que sí, hija —Javier la abrazó—. No hagas caso a mamá; hoy no es su día.

Rosario miró la escena con rabia: padre e hija se entendían sin palabras. Ella sobraba en su propia familia.

—Ve a hacer los deberes —dijo a Nuria—. Papá y yo debemos hablar.

Nuria asintió y salió. Javier la siguió con la mirada antes de volverse.

—¿Por qué la alteras? Ella no tiene culpa.

—¿Y quién la tiene? —Rosario se sentó frente a él—. Necesito la verdad. Si Nuria es nuestra, el examen lo confirmará. Y si no…

—¿Y si no, qué? —la interrumpió—. ¿La echas a la calle? ¿Dejas de quererla?

Rosario enmudeció. Ni ella misma sabía qué haría si se confirmaban sus sospechas.

—La quiero —admitió—. Pero necesito saber.

Javier se acercó a la ventana. Niños jugando, madres paseando. Vida normal donde no cabían sus dudas.

—Rosario, ¿y si la verdad no es como esperas? —preguntó sin mirarla—. ¿Entonces?

—No lo sé —respondió sinceramente—. Pero no puedo vivir en la oscuridad.

Esa noche Javier dio vueltas en la cama. Por la mañana eran una familia corriente. Ahora…

A su lado, Rosario tampoco dormía.

—Javier —susurró—. ¿Duermes?

—No.

—Dime la verdad: ¿tú nunca sospechaste?

Él calló un instante antes de suspirar.

—Lo hice. Pero lo aparté. Nuria es mi hija, diga lo que diga el examen.

—Entiendo. Pero yo no puedo vivir así.

En el desayuno, Nuria notó la tensión.

—¿Os pasa algo? —preguntó, untando mermelada en el pan.

—Nada importante —dijo Javier—. Cos
La familia Morales-Ramírez fortaleció sus lazos día a día, comprendiendo que la verdadera esencia del hogar no reside en la sangre sino en el compromiso inquebrantable de cuidarse mutuamente para siempre.

Rate article
MagistrUm
La hija que no es mía