Se divorciaron una semana después de la boda.
—¡¿Estás loco?! ¡¿Qué divorcio?! —Lucía arrojó al suelo el ramo de rosas marchitas que apenas ayer le parecía el más hermoso del mundo—. ¡Acabamos de casarnos! ¡Hace solo una semana!
—¿Y qué? —Javier ni siquiera levantó la vista del móvil—. Fue un error. Pasa. Mejor corregirlo ahora que sufrir años.
—¿Error? —la voz de Lucía se quebró en un grito—. ¿Soy un error para ti? ¿Nuestra boda fue un error?
Javier, por fin, apartó la mirada de la pantalla y la clavó en su esposa. En su exesposa. ¿O cómo se decía ahora?
—Oye, Lulu, ¿por qué montas este drama? Te lo digo en buena onda. No encajamos, y punto. Lo supe la primera noche, cuando armaste un escándalo porque no me lavé los dientes.
—¡Pues lávatelos! ¿Qué tan difícil es?
—¿Y por qué debería? En casa nunca lo hacía antes de dormir, y vivía bien.
Lucía se dejó caer en el sofá, ahogando la cabeza entre las manos. ¿De verdad había salido con este hombre siete años sin darse cuenta? ¿O lo ignoró, pensando que todo cambiaría al casarse?
—Javi, cariño —intentó hablar serena—. Nos queremos. ¿Recuerdas cuando me pediste matrimonio? Arrodillado, jurando que sería la más feliz…
—Eso fue romance. La vida es otra cosa. Mira, llevamos una semana y ya discutimos a diario. Ayer te molestaste porque no tiré los calcetines al cesto. Antier, porque no lavé el plato tras la paella. Y hoy, porque hice café solo para mí.
—¡Es que aún dormía!
—Ahí está. ¿Querías que te despertara? ¿Y si no tenías ganas? Otro pleito seguro.
Lucía lo miró desconcertada. ¿En serio creía eso? ¿Eran esas tonterías motivo para destruir un matrimonio?
—Javi —se acercó para abrazarlo, pero él se apartó—. ¡Son nimiedades! Aprenderemos. ¡Todas las parejas pasan por esto!
—No quiero aprender. Yo ya estaba bien. ¿Para qué me casé?
La pregunta flotó en el aire. Lucía sintió algo romperse dentro. Siete años de relación, un año de planes, un dineral gastado, invitados preguntando por la luna de miel…
—Sabes qué —se enderezó, secándose lágrimas—. Tal vez tengas razón. Quizá nos apresuramos.
Javier la miró sorprendido.
—¿O sea, aceptas el divorcio?
—¿Qué opción tengo? ¿Obligarte a quererme? —Tomó una foto de la boda. Ahí sonreían, felices, enamorados—. Solo dime una cosa. Si no querías casarte, ¿para qué me lo pediste?
Javier se rascó la nuca.
—Bueno… Tú siempre soltabas indirectas. Que tu amiga se casó, que otra también. Que “ya era hora”… Pensé que, si era necesario, pues lo era.
—¿Necesario? —repitió ella—. ¿Te casaste por obligación?
—No solo por eso. Vivíamos bien. Cocinas rico, limpias… Creí que seguiría igual.
—¿Y qué cambió?
—Te volviste irritable. Nada te gusta. Antes no reclamabas así.
Lucía volvió al sofá. Era cierto. Antes callaba cuando Javier dejaba ropa tirada. Limpiaba, cocinaba, lavaba. ¿Por qué? Por miedo. Miedo a que se fuera con otra si exigía demasiado.
—Quizá fui irritable —habló lenta—. Pero ¿sabes por qué? Esperaba que participaras en nuestra vida. Creí que un marido era un compañero, no un niño al que hay que recogerle.
—¡Exacto! —Javier se animó—. No quiero que me controlen. Quiero vivir tranquilo.
—Y yo quiero un marido, no un inquilino.
Callaron. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal. Lucía recordó su primer encuentro. En una cafetería, ella leía, él se acercó. Guapo, sonriente, atento. Le traía flores, la llevaba al teatro, recitaba versos de memoria.
—¿Recuerdas cuando me leías a Lorca? —preguntó.
—Sí. ¿Por?
—Nada. Solo lo recordaba.
—Lulu —Javier se sentó junto a ella—. ¿Para qué sufrir? Seamos honestos: no funcionamos. Tú quieres una cosa, yo otra. Tú buscas familia, hijos…
—¿Y tú no?
—Ahora no. Quizá después. Pero tú ya hablas de cuartos infantiles.
Lucía asintió. Era cierto. Tenía treinta y dos años, anhelaba hijos. Él, treinta y cinco, parecía un estudiante eterno.
—Vale —dijo en voz baja—. Divorcio.
—¿En serio? —Javier casi sonrió—. ¡Al fin!
—Con una condición. Les dirás la verdad. A mis padres, a los tuyos, a los amigos. No cargaré con la culpa.
—¿Qué verdad?
—Que no estabas listo. Que te casaste por inercia, no por amor.
Javier frunció el ceño.
—¿Para qué? Digamos que no congeniamos.
—No. O la verdad, o la contaré yo. Y créeme, no te gustará mi versión.
—Está bien —suspiró—. Lo diré.
Lucía se acercó a la ventana. La lluvia arreciaba. Al menos no estaba en la calle. Podría estar en su luna de miel, en algún lugar cálido. Tenían boletos, hotel. Menos mal no viajaron.
—¿Y quién devuelve el dinero de la boda? —preguntó Javier de pronto.
—¿Qué dinero?
—Tus padres pagaron el banquete, los míos la música…
—¿En serio? —Lucía giró—. ¿Ahora hablamos de dinero?
—Pues sí. Fue mucho, y para nada.
—Para nada no. Fuimos esposos una semana. ¿Eso no vale nada?
—Honestamente, no. Estoy acostumbrado a vivir solo. Ahora siempre hay alguien. Ni la tele puedo ver en paz: cambias de canal.
—¡Porque ves fútbol todo el día!
—¿Y? Es mi casa, mi tele.
—Nuestra casa, nuestra tele.
—¡Qué nuestro! El piso está a mi nombre, y la tele la compré yo.
La ira brotó de nuevo en Lucía. ¿Era tan egoísta? ¿No lo vio en siete años?
—Sabes qué, Javi —tomó su bolso, empezó a empacar—. Me voy hoy. Mañana tramitamos el divorcio.
—¿A dónde?
—A casa de mamá. Temporalmente.
—¿Y tus cosas?
—Las recojo luego. Cuando no estés.
—Vale. Pero deja las llaves.
Lucía se detuvo. “Deja las llaves.” Como si fuera una extraña. Hace una semana, él juraba amor ante el altar. Ahora le pedía las llaves.
—Javi, dime la verdad. ¿Alguna vez me quisiste?
Él dudó. Calló un largo rato.
—Me acostumbré a ti. Era agradable. Pero amor… No sé qué es eso.
—Ya veo.
Terminó de empacar, tomó su chaqueta.
—Mamá, soy yo —llamó por teléfono—. ¿Puedo ir? Sí, mal. Muy mal. Te cuento al llegar.
Javier la acompañó a la puerta.
—Lulu —la llamó—. No me guardes rencor. No fue adrede. Soy así.
—Lo sé. Por eso nos divorciamos.
Entró al ascensor. Javier la observaba desde el umbral.
El ascensor cerró sus puertas, y al salir del edificio, Lucía sintió que, por primera vez en años, el peso de la culpa ya no la acompañaba.





