La casa se vende, ¡mamá se queda con nosotros!

**Venderemos la casa, pero mamá se viene con nosotros**

Antonio estaba en la cocina con su esposa, Lucía. Ella cocinaba, revolviendo ollas y hablando sin parar. Mientras tanto, él, preparándose para ir al trabajo, bebía su café, miraba por la ventana el sol que comenzaba a asomarse e intentaba captar algo útil entre el torrente de palabras de su amada mujer.

—¿Anto, me estás escuchando? —Las uñas de Lucía se clavaron de pronto en su hombro.

—¡Claro, mi vida! —respondió rápido, intentando alejar aquellos dedos bien cuidados. Lucía siempre presumía de su manicura.

—Entonces, ¿qué te acabo de decir? —Sus ojos brillaron con una frialdad exigente.

Antonio suspiró.

—Que volvías a hablar de vender la casa.

—Exacto. ¿Y por qué?

—Si tu madre se viene con nosotros, será más fácil. Gastaremos menos.

—Pero ¿tú entiendes que allí no hay nada útil para nosotros? Nada. No tiene sentido que siga allí, con esa pensión miserable que ni le alcanza para pagar las facturas. ¿Por qué tenemos que pagar nosotros? ¿Por qué? —El tono de Lucía rezumaba desprecio.

A sus casi cuarenta años, con las ideas tan claras, su voz ronca y baja sonaba casi amenazante. Nada que ver con aquel gorjeo de ruiseñor que tuvo en su juventud… pero aún así.

Antonio ya pasaba de los cuarenta. Y llevaba tiempo acostumbrado a obedecer a Lucía. Normalmente, eso no traía nada malo… más bien al contrario.

—Mamá tiene que vivir en algún sitio —murmuró él, sin convicción.

—Claro. Con nosotros. Y vender su casa. Así tendremos dinero, cerramos deudas y mejoramos nuestra situación. Además, ¿no será más alegre llevarlo todo juntos? —insistió Lucía.

Antonio asintió. Aunque su trabajo como ingeniero le daba buenos ingresos, nadie rechazaría un dinero extra. Sobre todo porque la casa estaba a su nombre. Y pagar por un lugar donde no vivía no le hacía gracia.

—Pues adelante, mañana publicas el anuncio, llamas a tu madre y le dices que prepare las maletas. Se viene con nosotros y en cuanto aparezca un comprador… —Lucía sonrió, mostrando los dientes como una depredadora olfateando su presa.

***

Carmen empezó el día como siempre. El sol llevaba rato alto cuando la anciana despertó. Salió al jardín a revisar sus árboles. De pronto, el viejo Nokia que llevaba en el bolsillo comenzó a sonar.

Las nuevas tecnologías no eran lo suyo. Hasta lo más básico, como usar la lavadora, había que explicárselo mil veces. Pero allí, en el campo, todo era paz. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Revistas antiguas, vecinos amables, su pensión a los sesenta y cinco… La vida había sido buena.

Sin embargo, cuando oyó la voz de su hijo al otro lado del teléfono, el corazón se le encogió.

—Hola, mamá. Mira, Lucía y yo hemos hablado y vamos a vender tu casa.

—¿Qué? —Carmen apenas pudo llegar al porche antes de desplomarse en el banco, respirando con dificultad.

—¿Qué pasa? No tiene sentido que te quedes allí pudriéndote. Con nosotros estarás mejor. Y con ese dinero solucionamos nuestros problemas.

—¿Vivir con vosotros? ¿No os molestaré? —preguntó Carmen, temblorosa.

—¡Mamá, por favor! Por supuesto que no. Hasta te daremos tu propio cuarto. Será como debe ser: una gran familia. Y para ti será mejor, no tendrás que apretarte tanto con la pensión. Todo son ventajas.

Carmen se mordió el labio con nervios. Pero su hijo no cejaba.

—Ya he puesto el anuncio. Así que empaca, mañana es sábado y pasaré a buscarte. No traigas mucho, no quiero perder tiempo en viajes.

Así, una vida completamente nueva se dibujó en el horizonte para Carmen. Antonio colgó rápido, como siempre, un hombre ocupado. Ella se quedó sentada, reflexionando. Habían acordado que él pagaría las facturas. Su pensión era escasa, pero ¿cómo iba a imaginar que lo usaría en su contra para imponerle esto?

No le dieron opción. Con un gemido, masajeándose la espalda dolorida, regresó a la casa pensando en el jardín que tanto le había costado cultivar… Y que ya no volvería a ver.

***

Lucía frunció el ceño.

—Carmen López, qué cosas tiene. Ya le dije que no haga esos guisos. La cocina huele fatal.

Con gesto disgustado y movimientos bruscos, abrió la ventana para ventilar. Carmen se quedó paralizada unos segundos.

—¿Y qué se supone que debo hacer? No estoy acostumbrada a vuestra manera de comer —respondió—. Necesito algo contundente.

—Pues cocine algo normal. Pasta con una buena salsa, algo que podamos comer todos… incluso si vienen invitados —Lucía giró la cabeza con su sonrisa de hiena.

—¿Me está diciendo que cocine para un ejército?

—¡No! Cocine para usted si quiere. Pero que la comida huela bien y se vea decente, no como esos guisos llenos de grumos. —Dicho esto, Lucía inhaló exageradamente el aire de la ventana.

Carmen, entristecida, se dio la vuelta y se retiró a su cuarto. Era obvio: aquello era solo el principio.

«Si esto continúa, tendré que hacer algo», pensó. Vender la casa seguía pareciéndole una locura.

Esa misma noche, mientras todos cenaban la deliciosa lasaña que Carmen había preparado, el teléfono de Antonio sonó.

—¿Sí? ¿Ver la casa? Este fin de semana, perfecto. ¿Ya quieren comprarla? Maravilloso, aunque deberían verla primero.

—¿Tan rápido encontraron comprador? —Carmen abrió los ojos desconcertada.

—Claro, el precio no es alto. No queremos estafar a nadie, y la casa necesita reformas. Lleva años sin un hombre.

—¿Y qué hay de ti, hijo? —Carmen lo miró con severidad.

—¿De Antonio? ¿Es que ya no sabe resolver sus problemas? —intervino Lucía—. Debería pensar menos en reformas, Carmen, y más en legar algo a sus nietos.

—¿Tengo nietos? —replicó Carmen, clavando el diente.

Lucía se quedó callada, clavando la mirada en la pared.

—No los tiene porque nunca hemos tenido condiciones.

—¿Esta casa de tres habitaciones no son condiciones? —Carmen se sorprendió—. Cuando nació Antonio, ni siquiera tenía un rincón en un piso compartido. Todo lo conseguí yo. ¡Incluso esta casa, que os cedí!

—Los tiempos han cambiado —refutó Lucía—. Hoy los niños necesitan más cuidados y mejores condiciones.

—Da igual, mamá. No podrías seguir en esa casa —cortó Antonio—. Estás sola, no hay hombre y yo no puedo ir siempre.

La discusión terminó allí.

***

Carmen no lograba acostumbrarse a la nueva vida. Demasiados olores, demasiados muebles.

A Lucía le encantaba el estilo moderno. Cristal por todas partes. Encimeras de piedra, mesas de vidrio, suelos y paredes oscuros… Todo frío, sin alma.

Carmen añoraba sus viejos papeles pintados. Alegres, verdes, rojos, rosas. Cada cuarto tenía su color, su ambiente.

Aquí, las paredes la aplastaban.

Al día siguiente, tras hacer la compra que le encargó Antonio, Carmen volvió a casa. Al entrar, escuchó ruidos extraños. ¿Qué pasaba? Dejó las bolsas y corrió al salón. Allí había más bolsas… llenas de sus cosas.

Aturdida, entró en su habitCarmen encontró a Lucía metiendo sus recuerdos en bolsas de basura, y en ese momento supo que había perdido más que una casa: había perdido un hijo.

Rate article
MagistrUm
La casa se vende, ¡mamá se queda con nosotros!