**La Nueva Esposa de Papá**
Llevaba en sus manos la invitación de boda y no podía creer lo que veía. Letras doradas sobre papel crema anunciaban el matrimonio de su padre, Víctor Manuel Herrera, con una tal Inmaculada Valverde. La fecha marcaba dentro de una semana.
—En una semana —murmuró, dándole la vuelta a la tarjeta—. Ni siquiera tuvo el detalle de avisarnos con tiempo.
El teléfono sonó, interrumpiendo sus pensamientos. En la pantalla aparecía el nombre de su hermana pequeña, Lucía.
—Mari, ¿has recibido esa… invitación? —la voz de su hermana sonaba perdida.
—Sí. ¿Tú sabías algo?
—¡Nada! ¡Absolutamente nada! Pensaba que papá solo salía con alguien, pero de repente… ¡boda!
Mari Carmen entró en la cocina y puso el agua a calentar. Fuera, una llovizna fina caía sobre Madrid, y su corazón se sentía igual de gris y apagado.
—Luci, la has visto alguna vez… ¿a esa Inmaculada?
—Una vez, por casualidad. Salían de una cafetería en Sol, y yo pasaba por ahí. Joven, unos treinta y cinco como mucho. Rubia teñida, llena de bisutería dorada y pieles.
Mari Carmen arrugó la nariz sin querer. Su padre tenía sesenta y ocho años; la diferencia era abismal.
—¿Será por el dinero? —sugirió Lucía—. ¿Te acuerdas cuando papá dijo que vendió la casa del pueblo? Y luego está el piso de dos habitaciones en el centro…
—No sé —suspiró Mari Carmen—. Hay que ir a hablar con él.
—Vamos juntas. Mañana salgo antes del trabajo.
Al día siguiente, las hermanas se encontraron en la calle donde vivía su padre. Víctor se había mudado recientemente a ese piso tras vender el trastero de la antigua casa familiar. Entonces lo justificó por querer vivir más cerca del centro, pero ahora Mari Carmen sospechaba otros motivos.
—¡Mis niñas! —su padre las recibió con los brazos abiertos—. ¡Qué bien que habéis venido! Os presentaré a Inma.
Lucía y Mari Carmen se miraron. Su padre parecía rejuvenecido: un nuevo corte de pelo, camisa a la moda, hasta su paso era más ligero.
—Papá, necesitamos hablar —dijo Mari Carmen, seria.
—Claro, claro. Inma está preparando la cena, cocina de maravilla, ya veréis.
Desde la cocina llegaba el sonido de platos y una voz femenina tarareando alguna canción. Su padre las llevó al salón y las hizo sentar en el sofá.
—Queridas, estoy tan feliz de que conozcáis a Inma. Es una mujer maravillosa, cariñosa, atenta. Nunca pensé que a mi edad volvería a enamorarme.
Las hermanas intercambiaron miradas. La palabra “enamorarse” en boca de un hombre de sesenta y ocho años sonaba extraña.
—Papá —empezó Lucía—, ¿cuánto tiempo lleváis juntos?
—Cuatro meses. Nos conocimos en la sala de espera del cardiólogo. Su madre estaba enferma, y ella estaba preocupada. La acompañé a casa…
—¿Cuatro meses, y ya boda? —saltó Mari Carmen—. ¿No es demasiado pronto?
—A nuestra edad no hay tiempo que perder —respondió él, frunciendo levemente el ceño—. Ya no somos jóvenes, sabemos lo que queremos.
En ese momento entró una mujer, y Mari Carmen supo que Lucía tenía razón. Inmaculada no aparentaba más de treinta y cinco, quizá menos. Alta, esbelta, cabello meloso y maquillaje marcado. Vestía un ajustado vestido y llevaba más joyas de las necesarias.
—¡Niñas, conoced a mi Inma! —saltó Víctor, entusiasmado—. Esta es mi prometida. Y estas son mis hijas, Mari Carmen y Lucía.
—Encantada —Inmaculada extendió la mano, con uñas largas y pintadas—. ¡Víctor me ha hablado tanto de vosotras!
Su voz era dulce, pero a Mari Carmen aquel tono meloso le resultó insoportable.
—La cena está lista —anunció Inmaculada—. Vengan a la mesa.
En la cocina, una mesa elegantemente servida los esperaba: vajilla fina, velas, flores. Todo bonito, pero artificial.
—Inma, cuéntales un poco de ti —pidió Víctor, sirviendo vino.
—¿Qué os voy a contar? —rió ella—. Una mujer normal. Trabajo en un salón de belleza, soy manicurista. Sin hijos. Estuve casada, pero mi ex era… complicado.
—¿Complicado cómo? —preguntó Lucía.
—Bebía, levantaba la mano. Tuve que divorciarme. Desde entonces, me daba miedo comprometerme. Hasta que conocí a vuestro padre…
Miró a Víctor con tal adoración que Mari Carmen sintió un escalofrío.
—¿Y tus padres? —continuó Lucía.
—Mi madre vive. Mi padre falleció hace años. Mamá está enferma, la cuido. Víctor me ayuda mucho, incluso con el dinero para las medicinas. ¡Es un santo!
Víctor brilló de orgullo.
—Papá —Mari Carmen no pudo más—, ¿podemos hablar un momento?
Salieron al recibidor. Inmaculada se quedó recogiendo la mesa.
—¿Qué queréis decir? —su padre se puso a la defensiva.
—Papá, ¿te das cuenta de que es joven? Tiene mi edad.
—¿Y qué? ¿Acaso la obligo? Ella aceptó ser mi mujer.
—¿No te has parado a pensar por qué? —intervino Lucía—. Papá, mira la realidad. Una mujer joven y guapa se casa con un hombre que podría ser su padre…
—¡Basta! —Víctor alzó la voz—. ¡Solo estáis celosas de que yo tenga amor y vosotras problemas en vuestra vida!
Mari Carmen sintió el rubor de la humillación en sus mejillas. Recién divorciada, su padre conocía bien su situación.
—¿Celosas? —replicó—. ¡Estamos preocupadas por ti!
—No os preocupéis. Soy un adulto, sé lo que hago.
Víctor dio media vuelta y regresó a la cocina. Las hermanas, reacias, lo siguieron.
El resto de la velada transcurrió con tensión. Inmaculada hablaba de los planes de boda, mostraba fotos de su vestido. Víctor asentía a todo, mirándola como si fuera un milagro.
—¿Dónde viviréis después? —preguntó Mari Carmen.
—Aquí —contestó Inmaculada—. Víctor ya ha despejado espacio en el armario. ¡Es tan atento!
—¿Y tu madre? Dijiste que la cuidabas.
Inmaculada dudó un segundo.
—Mamá… tiene una cuidadora. La visito, pero no hace falta estar todos los días.
De camino a casa, las hermanas callaron. Hasta que Lucía estalló:
—Miente.
—¿En qué?
—No estoy segura, pero algo no cuadra. Primero dice que cuida a su madre, luego resulta que tiene ayuda.
—Y toda la situación es rara —coincidió Mari Carmen—. Cuatro meses y ya boda.
—¿Qué hacemos?
—Investiguemos. ¿No tienes una amiga que trabaja en ese salón?
Al día siguiente, Lucía llamó a su amiga Laura, esteticista en otro local.
—¿Inmaculada Valverde? —repitió Laura—. Sí, la conozco. Trabaja en el salón de la calle Mayor. ¿Pasa algo?
—No lo sé. Cuéntame de ella.
—Es buena profesional, pero las chicas dicen que le gustan los hombres con dinero. Antes salió con un empresario veinte años mayor. IbaTodo terminó como temían: meses después, Inmaculada desapareció con lo poco que quedaba de la herencia, dejando a su padre con el corazón roto y a Mari Carmen y Lucía con la amarga certeza de que, a veces, la soledad duele menos que una mentira disfrazada de amor.





