**Diario personal**
—¡Doña Concepción, se lo digo por última vez! ¡O retira sus trastos del rellano o los tiro yo misma a la basura! —gritaba Baltasara, agitando las manos frente a la puerta de su vecina—. ¡Esto es un desastre! ¿Una sillita oxidada, cajas viejas y ahora una bicicleta?
—Baltasara, cálmate —respondió Concepción, asomándose—. La sillita es para mi nieta, que va a la casa del pueblo. ¡Y la bici es de Adrián, que le gusta el deporte!
—¿Qué Adrián? ¡Si tu nieto ya tiene treinta años! ¿Cuándo usó esa bici por última vez?
—¿Y a ti qué te importa? ¡No molestamos a nadie!
—¡Que no molestan? Ayer casi me caigo por culpa de esa bici. ¡Todavía me duele la pierna!
Concepción suspiró y cerró la puerta. Sabía que Baltasara no se daría por vencida. Era de esas personas que sienten el deber de vigilar el orden del edificio, dictar cómo vivir y meterse en lo ajeno.
Todo empezó seis meses atrás, cuando Concepción se mudó con su hija a la ciudad. El piso lo heredó de su suegra: pequeño pero acogedor. Su hija Martina insistió en que vendiera la casa del pueblo.
—Mamá, ¿para qué quieres vivir sola allí? —la convencía—. Aquí tienes médicos cerca y yo puedo visitarte más.
Al principio, Concepción se resistió. Aquella casa guardaba cuarenta años de recuerdos con su marido. Pero la salud ya no era la misma y al final aceptó.
La mudanza fue un caos. ¿Cómo tirar la sillita donde llevó a todos sus nietos? ¿O las estanterías que hizo su marido?
—Mamá, ¿para qué guardas todo esto? —se quejaba Martina—. ¡El piso es minúsculo!
—Ya encontraré sitio —replicaba Concepción—. ¡Son recuerdos!
Al final, algunos objetos acabaron en el rellano. Temporalmente, claro. Siempre pensó en ordenarlos, pero nunca encontraba el momento.
Baltasara no tardó en protestar. Primero con indirectas, luego de frente.
—Doña Concepción, ¿hasta cuándo el museo? —preguntaba, señalando la sillita.
—En cuanto pueda —respondía Concepción—. No tengo tiempo.
—El tiempo es el mismo para todos —replicaba secamente Baltasara.
Concepción odiaba los conflictos. En el pueblo, todos se ayudaban. Aquí, cada uno vivía tras su muro.
—Baltasara, ¿por qué no lo hablamos tranquilos? —intentó negociar—. Martina me ayudará en cuanto acabe el lío en el trabajo.
—¡Lleváis cuatro meses así! —exclamó Baltasara.
—Dos meses y medio —la corrigió Concepción.
—¡Da igual! ¡Quise solucionarlo bien, pero no entienden!
Entonces, la puerta de al lado se abrió. Era Pilar, otra vecina.
—¿Qué pasa, chicas? —preguntó con suavidad.
—Doña Concepción llena el rellano de trastos —se quejó Baltasara.
—¡Dije que lo quitaré! —replicó Concepción.
—¿Cuándo? —insistió Baltasara.
—¡No seas tan pesada! —estalló Concepción—. ¡A nadie le molesta!
—¡A mí sí! —gritó Baltasara—. ¡Pilar, dígame, esto es normal?
Pilar bajó la mirada.
—Pues… a mí no me molesta…
—¿Lo ve? —dijo Concepción, aliviada—. Pilar lo entiende.
—¡Pilar tiene miedo de decir la verdad! —replicó Baltasara.
—Por favor, no discutan —rogó Pilar—. Somos vecinas…
—Tiene razón —cedió Concepción—. Baltasara, prometo que lo quitaré antes del domingo.
—Hoy es martes. Si el domingo sigue aquí, lo tiro yo.
—¿Cómo te atreves? ¡Son mis cosas!
—¡Y el rellano es de todos! —Baltasara cerró la puerta de un portazo.
Pilar le dio un apretón de manos a Concepción.
—No se lo tome a mal. Baltasara siempre fue así, incluso de joven.
—Ya, pero podría hablar con educación. No es que lo dejara a propósito. El piso es pequeño y Adrián juró que arreglaría la bici…
—¿Y viene seguido?
—Una vez al mes, con suerte.
Pilar reflexionó.
—¿Quiere que la ayude? Yo estoy jubilada, no tengo nada que hacer.
—¡No quiero molestar!
—Será más rápido entre dos.
Al día siguiente, Pilar llegó temprano. Juntas decidieron donar la sillita a una amiga de Martina, que acababa de ser abuela. Los libros los llevarían a la biblioteca.
—¿Y la bici? —preguntó Pilar.
—Adrián dijo que no la tirara… pero no sé cuándo vendrá.
—¿Y si la guardamos en el trastero? Yo tengo sitio.
—Pero está oxidada…
—La envolvemos en una manta. Lo importante es calmar a Baltasara.
Trabajaron todo el día. Al anochecer, el rellano estaba casi vacío. Solo quedaban dos cajas de ropa de invierno.
—Mañana lo terminamos —dijo Pilar, secándose el sudor.
—No sé cómo le agradezco esto —susurró Concepción.
Esa noche, Martina se sorprendió al ver el rellano casi limpio.
—¿Lo hiciste sola, mamá?
—Me ayudó Pilar. Es encantadora.
—¿Y Baltasara? ¿Dejó de protestar?
—No la he visto. Espero que se calme cuando terminemos.
Pero al día siguiente, Baltasara apareció al amanecer.
—¡Doña Concepción! ¡Prometió retirarlo todo!
—¡Quedan dos días!
—¿Hasta el último momento? ¡Pensé que lo diría en serio!
—¡Claro que es en serio! ¡Mire cuánto hemos avanzado!
—¡Ya estoy harta!
De repente, un golpe seco sonó en el piso de Pilar, seguido de un quejido.
—¡Pilar! —gritó Concepción.
Corrieron hacia su puerta. Pilar yacía en el suelo, agarrada la pierna.
—Me caí —musitó—. Me duele mucho.
—Hay que llamar a urgencias —dijo Baltasara, olvidando su enojo.
Entre las dos, la ayudaron a sentarse. El tobillo estaba hinchado y amoratado.
—Esto parece una fractura —dijo Concepción.
—Solo es un golpe —replicó Pilar—. Tropecé con el felpudo.
Baltasara llamó a la ambulancia sin discutir. Mientras esperaban, Concepción preparó té y un paño frío.
—Es por ayudarme ayer —se lamentó Concepción.
Pilar sonrió débilmente.
—Fue un descuido nada más.
Baltasara permaneció callada. Cuando llegó la ambulancia, ayudó a empacar lo necesario.
—Avíseme si necesita algo —dijo al despedirse.
—Gracias —susurró Pilar—. No sabía que era tan amable.
—Yo tampoco —respondió Baltasara con honestidad.
Al quedarse solas en el rellano, las cajas dejaron de importar.
—Doña Concepción —dijo Baltasara—, guardemos esas cajas en mi balcón. Tengo espacio.
—No quiero molestar…
—Ya es tarde para eso. Si quise arreglarlo bien, lo haré bien.
Juntas trasladaron las cajas. Después, Concepción sirvió té.
—¿Un poco de bizcocho? —Al terminar el bizcocho, las tres vecinas—Concepción, Baltasara y Pilar, ya recuperada—decidieron plantar geranios en el portal, y así, entre risas y tazas de café, convirtieron aquel edificio frío en un verdadero hogar.





