**La mudanza que terminó en divorcio**
—¡Pero qué dices, Juana! —gritó Javier, agitando los brazos—. ¿Qué voy a hacer con mi garaje? ¿Y el taller? ¡Ahí tengo media vida metida!
—¿Y yo qué hago con mi trabajo? —respondió Juana con la misma intensidad, plantada en medio del salón lleno de cajas—. ¡Veinte años en la misma empresa! Me conocen, me valoran…
—¡Pues buscarás otro trabajo! ¡En Sevilla el clima es mejor, la gente más amable y todo más barato!
—¡Claro, como si a mis cincuenta y cuatro años fuera a encontrar algo fácil! —Juana soltó una risa amarga—. ¡Has perdido el juicio, Javier González!
Su hijo Adrián, de treinta y dos años, observaba en silencio desde el sofá. En momentos así, se sentía como un niño obligado a elegir entre su madre y su padre.
—Adrián —le dijo Juana—, dile a tu padre que la gente normal a nuestra edad no se va a vivir al otro extremo del país.
—Mamá, no me metas en esto —respondió él, cansado—. Es asunto vuestro.
—¿Asunto nuestro? —saltó Javier—. ¡Las decisiones se toman en familia! Pero tú, Juana, te cierras como un puño. ¡No cedes en nada!
Juana se dejó caer en el sofá y se tapó el rostro con las manos. En el último mes, había envejecido cinco años. Todo empezó cuando Javier llegó a casa con los ojos brillantes, anunciando que su primo les ofrecía mudarse a Sevilla.
—¿Te imaginas, Juanita? —decía entonces, paseando por la cocina—. Raúl ha comprado una casa enorme. Dice que podemos quedarnos con él hasta encontrar algo nuestro. ¡Y el clima es maravilloso! ¡El mar cerca! ¡Frutas y verduras frescas!
Juana asintió en silencio, pensando que era otra de las fantasías de su marido. Javier siempre se entusiasmaba con proyectos nuevos: criar abejas, comprar una finca en el pueblo… Pero al cabo de unas semanas, la pasión se le pasaba.
Esta vez fue distinto.
—Juana, he comprado los billetes —anunció Javier al entrar en la cocina—. Vamos a verlo pasado mañana.
—¿Qué billetes? ¿A ver qué? —preguntó ella, removiendo la sopa.
—¡A Sevilla! ¡A casa de Raúl! Ya nos ha buscado una vivienda cerca. Dice que los dueños la venden barata.
Juana apagó el fuego y lo miró fijamente.
—Javier, ¿de qué hablas? ¿Qué casa? ¿Qué Sevilla?
—¡Pero si lo hemos hablado! —se sorprendió él—. Tú misma dijiste que no estaría mal cambiar de aires.
—¿Cuándo dije eso?
—¿No te acuerdas? El mes pasado te quejabas del jefe nuevo, de que los jóvenes no respetan a los veteranos. ¡Esta es nuestra oportunidad!
Juana se sentó, mareada.
—Javier, ¡piensa un poco! Tenemos más de cincuenta años. Aquí está toda nuestra vida: el piso, el trabajo, los amigos… ¿Quieres tirarlo todo por la borda?
—No es una locura —insistió él—. Es una nueva vida. Raúl asegura que allí se vive bien. A él le ha ido genial.
—¿Y qué dice su mujer?
—Marta? Está encantada. Dice que fue la mejor decisión.
Juana negó con la cabeza. Marta era diez años más joven y no trabajaba. A ella le resultaba fácil.
—Javier, yo no me mudo. Ni siquiera voy a ir a verlo.
—¡Pero qué cabezota eres! —estalló él—. Al menos échale un vistazo antes de decidir.
—No quiero. No me voy. Punto.
Pero Javier no se rindió. Cada día traía nuevos argumentos: el clima, los precios, lo bien que vivían los jubilados allí.
—Juana, escucha —decía tomando el café—, viviremos como reyes. Raúl tiene un terreno enorme, quizá nos vende una parte. Podemos tener un huerto, gallinas, quizá una cabra…
—¿Una cabra, Javier? —preguntó ella, exhausta—. ¿Sabes ordeñar una vaca? ¿Yo voy a cuidar gallinas?
—¡Se aprende! ¡La gente lo hace!
—Pues que lo hagan. Yo no quiero aprender a los cincuenta y cuatro.
Aun así, Javier viajó solo a Sevilla y volvió con fotos y vídeos: casas preciosas, el mar, mercados rebosantes de fruta barata.
—Mira qué belleza —decía entusiasmado—. ¡Y el aire! ¡La gente es tan acogedora!
Juana miraba las imágenes y pensaba en su trabajo, en sus compañeras de toda la vida, en sus amigas con las que quedaba cada fin de semana, en su rutina.
—Aquí estoy bien —decía—. ¿Para qué cambiar?
—¡Porque allí estaremos mejor!
—¿Y si no es así? ¿Si no nos adaptamos?
—¡Claro que nos adaptaremos!
Las discusiones se volvieron más frecuentes y agrias. Javier, más insistente; Juana, más testaruda.
—¡No me escuchas! —gritaba ella.
—¡Te escucho! —replicaba él—. Pero piensas… mal.
—¿Mal? ¿Y cuál es la forma correcta de pensar?
—¡Pensar en el futuro! En lo que nos conviene. No aferrarse al pasado.
—¡Esto no es el pasado, es nuestra vida!
Finalmente, Javier actuó sin su consentimiento. Puso el piso en venta y empezó a reunir documentos.
—¿Qué haces? —preguntó Juana, horrorizada al ver el anuncio en internet.
—Lo que debía hacer hace tiempo —respondió él con calma—. Si no quieres tomar decisiones sensatas, las tomaré yo.
—¿Sin mi permiso? ¡El piso está a nombre de los dos!
—Acabarás firmando. Tarde o temprano.
—¡Nunca!
Pero Juana se mantuvo firme. No solo se negó a firmar, sino que prohibió a Javier enseñar el piso a posibles compradores.
—¡Es mi casa también! —decía—. Y mientras viva, nadie la venderá.
Javier estalló de rabia.
—¡Me tomas el pelo! ¡Me arruinas la vida!
—¿Y tú a mí no? —replicó ella—. Decidiendo por mí dónde vivir.
—¡Pienso en nuestro bien!
—¡En el tuyo! De mí te olvidas.
Adrián se vio arrastrado a sus peleas. Su padre se quejaba del carácter de su madre; su madre le pedía que hablara con él.
—Hijo, explícale que no es por maldad —rogaba Javier—. Solo quiero una vida mejor.
—Adrián —lloraba Juana—, tu padre ha perdido el juicio. Quiere llevarme lejos, arrancarme de todo.
Él intentaba mediar.
—Papá, ¿y si das tiempo a mamá? Que se acostumbre a la idea.
—¡Ya ha tenido seis meses!
—Mamá, ¿y si vas a verlo? Sin compromiso, como turista.
—¡No quiero ir! ¿Para qué ver algo que no deseo?
El ambiente en casa se volvió insoportable. Las conversaciones siempre terminaban en gritos.
—Sabes qué —dijo Javier una tarde—, estoy harto de esta guerra. Me iré solo.
—Vete —respondió Juana, fría—. Nadie te retiene.
—Pues me voy. Y tú quédate con tu trabajo y tus amigas.
—Me quedaré.
Se miraron, esperando que el otro cediera. Nadie lo hizo.
—Bien —dijo Javier—. Entonces no hay más que hablar.
—Parece que no.
Al día siguiente, él hizo las maletas y se fue a casa de su primo. JuanaFinalmente, comprendió que a veces el amor no es suficiente cuando dos corazones eligen caminos diferentes.





