Una historia de amor inolvidable

Una historia de amor

Vera amaneció indispuesta. Fuera de la ventana, la nieve caía sin parar. Se alegró de haber ido ayer al supermercado; hoy habría tenido que caminar entre los ventisqueros, algo difícil con sus piernas doloridas. Además, su presión arterial parecía haber subido de nuevo. Tomó una pastilla, se recostó en el sofá y cerró los ojos.

«¿Qué hago aquí tumbada? Tengo que hacer el cocido», pensó, pero no tenía fuerzas para levantarse.

Era tradición: el primero de enero, su hijo y su nuera venían a almorzar con ella. Y antes, cuando Antonio era pequeño, también venía con su nieto. Siempre lo primero que preguntaba al entrar era: «Mamá, ¿hay cocido? Estoy harto de ensaladas». Vera decidió que descansaría un poco más y luego iría a cocinar. Tendría tiempo. Se escuchó a sí misma. Parecía que el dolor de cabeza había cedido.

Abrió los ojos y miró la fotografía de su marido en la pared. La había colgado allí a propósito para verlo al despertarse y al acostarse. Siete años habían pasado, y aún no se acostumbraba a su ausencia. Lo recordaba a menudo y hablaba con él frente al retrato.

—Te echo de menos, Borja —dijo en voz alta.

«¿Recuerdas cuando llegaste del trabajo sin regalo para mi cumpleaños? Habías escondido las flores bajo el abrigo en el perchero. Te desvestías despacio, a propósito, para que yo saliera a preguntarte por qué tardabas tanto.

Y tú me dijiste que habías perdido la paga. Que mientras elegías mi regalo, alguien te había robado la cartera. ¡Cómo me enfadé contigo aquel día! Sabía que tramabas algo, conocía tu carácter insufrible, pero aún así caí en tu trampa.

Y qué terco eras: si te proponías algo, lo llevabas hasta el final. Yo ya estaba calculando cómo sobreviviríamos el mes sin dinero.

Llegaron los invitados: nuestro hijo con su mujer, tu amigo Nicolás y su esposa, y mi amiga Irene. Nos sentamos a la mesa, servimos el vino, brindaste… y luego me diste una cajita con unos pendientes de oro. Cumplía cincuenta años aquel día. Me dio tanta rabia que casi te los lanzo. Y tú solo reías, orgulloso de haberme engañado otra vez». Vera miró el retrato con reproche.

«¿Y cuando se te cayeron las llaves en la nieve? ¡Cuánto las buscamos juntos! Hasta los vecinos salieron a ayudarnos. Luego confesaste que todo había sido una broma, que las habías escondido. Nunca admitiste la verdad. ¿Te daba vergüenza frente a los demás? No lo habrían entendido. No solo yo sufría tus bromas, los niños también…».

Borja, desde su fotografía, la escuchaba atento. Era una instantánea rara: solía aparecer con una sonrisa pícara, pero allí estaba serio. Vera suspiró y se incorporó en el sofá. El dolor de cabeza se había aliviado.

Fue a la cocina y empezó a preparar el cocido. Cada movimiento le provocaba un pinchazo en las rodillas. Mientras cocinaba, recordaba…

***

Era un cálido día de agosto. La joven Vera, vestida de blanco para su boda, se sentaba frente al espejo mientras su amiga Irene le arreglaba el pelo. Aprendía peluquería en la ciudad. Vera no podía estarse quieta: a veces sonreía feliz, otras quedaba ensimismada.

Su prometido vendría a buscarla en cualquier momento, y ella aún dudaba si había hecho bien al hacer caso a su madre.

«La familia de Esteban es sólida, tienen una buena casa, y él es trabajador. ¿Con quién más te casarás en nuestro pueblo? Los chicos de la ciudad ya tienen suficientes chicas», la convencía su madre.

Y Vera accedió. Ya tenía veinte años; era hora de casarse. Irene no dejaba de elogiar su vestido, a Esteban… pero los ojos de Vera se llenaron de lágrimas. Escuchaba cada ruido tras las ventanas, esperando el coche. Y se alegraba si este pasaba de largo.

Pero entonces el motor se detuvo frente a la casa, y una portezuela se cerró. Vera se estremeció y tensó. Su corazón latía como el de un pájaro atrapado.

Irene salió corriendo a recibir al novio, a pedir el rescate por la novia. Su madre ya esperaba en la puerta…

Y Vera, de pronto, pensó en algo que ninguna novia debería. Recordó que, el día anterior, su madre la había enviado a la tienda, donde se encontró con Borja. Tras el servicio militar, no había vuelto al pueblo, se fue directo a la ciudad. Llevaba años sin verlo.

Había madurado. No era precisamente guapo, pero sí apuesto, con aire urbano. Vera se ruborizó bajo su mirada intensa y bajó los ojos.

—Llegas tarde, chico. No la mires así. Esta novia no es para ti. Mañana se casa —dijo la tendera, la tía Nuria.

—Eso está por verse —sonrió Borja sin apartar los ojos de Vera.

No recordaba qué compró ni cómo salió de la tienda. Solo respiró aliviada en la calle. Pero desde entonces, no pudo olvidar su mirada.

Vera escuchó. ¿Por qué tardaban tanto en negociar el rescate? De pronto, la puerta se abrió de golpe. Pero quien cruzó el umbral no fue Esteban, sino Borja.

Vera se levantó de un salto. Su corazón latía tan fuerte que parecía salírsele del pecho. Su madre intentó impedir que Borja se acercara, agarrándole la manga. Irene solo miraba, paralizada. Finalmente, Borja se soltó y se acercó a Vera.

—No puedo vivir sin ti. ¿Vendrás conmigo? ¿Ahora? —preguntó.

Ella no pudo articular palabra. Borja la levantó en brazos y se la llevó. Su madre y su amiga apenas tuvieron tiempo de apartarse. Vera rodeó su cuello con los brazos, apoyó la cabeza en su hombro, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Así se la llevó Borja, arrebatándola del altar. El pueblo no paró de hablar de su boda en mucho tiempo. Y luego apareció Esteban, borracho, tambaleándose. Los miró un rato y se fue.

Más tarde, Borja le contó cómo había ido a verlo.

—No os dejaré vivir. Te la quitaré de todas formas. Mátame ahora mismo si puedes —le dijo.

Esteban no era rival para Borja. Se acobardó y renunció a Vera.

Tras la boda, se mudaron a la ciudad. Primero vivieron en una residencia, luego Borja consiguió un piso de la fábrica. Al principio dormían en un colchón en el suelo. ¡Y qué felices eran! Tuvieron dos hijos. Su hija se casó y vive en el extranjero. Su hijo está aquí, y su nieto ya termina la universidad. Vera nunca se arrepintió de haberse escapado con Borja. Se amaron con locura.

Y Borja nunca dejó de gastarle bromas. Era su forma de ser. Vera se enfadaba, pero nunca logró acostumbrarse; siempre caía en sus trampas.

Incluso cuando le dio el primer infarto, bromeó, diciendo que era una farsa para que lo mimara. Pero ella vio su dolor, lloró y lo consoló. La ambulancia tardó en llegar. Nevaba igual que hoy, las carreteras estaban bloqueadas. No llegaron al hospital a tiempo…

***

Vera suspiró, se secó las lágrimas y apagó el fuego. ¿Por qué estos recuerdos ahora? La cabeza le volvía a doler, como si martillaran en sus sienes. Volvió al salón y se recostó en el sofá.

—Borja, este será el séptimo A—Aquí estoy, Borja, celebrando el séptimo Año Nuevo sin ti, pero sé que pronto estaré contigo otra vez— susurró Vera, cerrando los ojos con una sonrisa mientras la luz cálida la envolvía por completo.

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