Relato de un amor eterno

La historia de un amor

Amanece, y Ana no se siente bien. Fuera de la ventana, la nieve cae sin parar. Se alegra de haber ido al mercado ayer, porque hoy tendría que caminar entre los bancos de nieve, algo muy difícil con sus piernas doloridas. Además, parece que la presión arterial le ha subido de nuevo. Ana toma una pastilla, se acuesta en el sofá y cierra los ojos.

«¿Qué hago aquí tumbada? Tengo que hacer la sopa», piensa, pero no tiene fuerzas para levantarse.

Desde hace años, el primero de enero su hijo Jorge y su mujer vienen a comer. Y antes, cuando Jorge era pequeño, venía también con su nieto. Siempre, al entrar, preguntaba: «Mamá, ¿hay sopa? Estoy harto de ensaladas». Ana decide que descansará un poco más y luego cocinará. Aún tiene tiempo. Escucha su cuerpo. La cabeza parece aliviarse.

Ana abre los ojos y mira la fotografía de su marido en la pared. La colgó ahí a propósito, para verlo al dormirse y al despertar. Han pasado siete años, pero aún no se ha acostumbrado. Lo recuerda a menudo y habla con él, mirando su retrato.

—Me duele estar sin ti, Luis —dice en voz alta.

«¿Recuerdas cuando llegaste del trabajo sin regalo en mi cumpleaños? Habías escondido las flores bajo el abrigo en el perchero. Te desvestías despacio, a propósito, para que yo saliera y te preguntara por qué tardabas tanto.

Y tú dijiste que habías perdido el sueldo. Que mientras elegías mi regalo en la tienda, alguien te había robado la cartera. ¡Cómo me enfadé contigo! Sabía que había algo raro, conocía tu carácter bromista, y aún así caí en tu trampa.

Y qué terco eras, siempre llevando tus planes hasta el final. Yo ya calculaba cómo sobreviviríamos el mes sin dinero.

Llegaron los invitados: Jorge con su mujer, tu amigo Carlos y su esposa, y mi amiga Pilar. Nos sentamos a la mesa, servimos el vino, hiciste un brindis… y luego me diste una cajita con unos pendientes de oro. Cumplía cincuenta años. Me dio tanta rabia que casi te los lanzo. Pero tú solo reías, feliz de haberme engañado otra vez». Ana mira el retrato con reproche.

«¿Y cuando dejaste caer las llaves en la nieve? Cuánto las buscamos juntos. Hasta los vecinos salieron a ayudarnos. Luego las tiraste para que yo las encontrara. Nunca me confesaste que era una broma. ¿Vergüenza ante los vecinos? No lo habrían entendido. No solo yo sufría tus bromas, también los niños…». Ana sigue su conversación en silencio.

Luis, desde el retrato, la escucha atento. Es una foto poco común, donde luce serio. Normalmente, sonreía con picardía. Ana suspira y se sienta en el sofá. El dolor de cabeza amaina.

Va a la cocina y empieza a preparar la sopa. Cada movimiento le duele en las rodillas. Cocina y recuerda…

***

Era un cálido día de agosto. La joven Ana, vestida de blanco para su boda, se sentaba frente al espejo. Su amiga Pilar le peinaba el pelo. Estudiaba peluquería en la ciudad. Ana no podía estarse quieta, entre sonrisas y momentos de quietud.

Su prometido, Pablo, llegaría pronto, pero ella aún dudaba si había hecho bien al seguir el consejo de su madre.

«La familia de Pablo es respetada, tienen tierras, y él es trabajador. ¿Con quién más te casarás en nuestro pueblo? Los chicos de la ciudad ya tienen sus novias», insistía su madre.

Y Ana cedió. Ya tenía veinte años, era hora de casarse. Pilar elogiaba su vestido y a Pablo, pero las lágrimas asomaban en los ojos de Ana. Escuchaba cada ruido fuera de la casa, esperando el coche. Y se alegraba cuando alguno pasaba de largo.

Pero entonces, el motor se detuvo frente a la casa, se cerró una puerta. Ana se estremeció y se tensó. Su corazón latía como un pájaro atrapado.

Pilar salió corriendo a recibir al novio, a pedir el «rescate» por la novia. Su madre ya esperaba en la puerta…

Pero Ana no pensaba en lo que una novia debería. Recordaba que el día anterior su madre la había enviado a la tienda, donde se encontró con Luis. Tras el servicio militar, no volvió al pueblo, se fue directo a la ciudad. Hacía años que no lo veía.

Había madurado. No era un adonis, pero era un hombre apuesto, con aire urbano. Ana se ruborizó bajo su mirada y bajó los ojos.

—Llegas tarde, muchacho. No la mires así. No es para ti. Se casa mañana —dijo la tendera, tía Carmen.

—Eso ya lo veremos —sonrió Luis sin apartar los ojos de Ana.

No recordó qué compró ni cómo salió de allí. Solo al estar fuera pudo respirar. Y desde entonces, no pudo olvidar su mirada.

Ana escucha. ¿Por qué tardan tanto en negociar el rescate? De pronto, la puerta se abre. Pero no entra Pablo, sino Luis.

Ana se levanta de un salto, el corazón a punto de estallar. Su madre intenta detener a Luis, agarrándole la manga. Pilar solo observa, paralizada. Luis se libera y se acerca a Ana.

—No puedo vivir sin ti. ¿Vendrás conmigo? ¿Ahora? —pregunta.

Ella no puede hablar. Luis la levanta en brazos y se la lleva. Su madre y Pilar apenas tienen tiempo de apartarse. Ana lo abraza, apoya la cabeza en su hombro, como si fuera lo más natural.

Así se la llevó Luis, robándola del altar. El pueblo no paró de hablar de su boda. Y Pablo llegó borracho después, tambaleándose. Los miró un momento y se fue.

Más tarde, Luis le contó que había ido a ver a Pablo.

—No os dejaré en paz. Te la quitaré. Mátame ahora si quieres —le dijo.

Pablo no era rival para Luis. Se asustó y renunció a Ana.

Tras la boda, se mudaron a la ciudad. Primero vivieron en una pensión, luego la fábrica les dio un piso. Al principio dormían en un colchón en el suelo. ¡Pero eran tan felices! Tuvieron dos hijos. Su hija se casó y vive en el extranjero. Jorge está aquí, y su nieto ya termina la universidad. Ana nunca se arrepintió de haberse escapado con Luis. Se amaron con locura.

Y siempre, Luis inventaba bromas. Tenía ese carácter. Ana se molestaba, pero nunca aprendió a evitarlas.

Incluso cuando le dio un infarto, bromeó, diciendo que era un engaño para que lo cuidara. Pero Ana sabía que sufría, lloraba y lo mimaba. La ambulancia tardó demasiado. Nevaba así, las calles bloqueadas. No llegaron al hospital…

***

Ana suspira, traga las lágrimas y apaga el fuego. ¿Qué le pasa hoy? Los recuerdos le han devuelto el dolor de cabeza, como martillazos en las sienes. Vuelve al sofá y se acuesta.

—Luis, este será el séptimo Año Nuevo sin ti. Mañana vendrá Jorge con su mujer. Pero él tiene su vida, es joven. Se parece mucho a ti. Tiene ese mismo carácter alegre y travieso.

¿Recuerdas cuando celebrábamos juntos? —Las lágrimas vuelven, y por un momento cree ver moverse el retrato.

—No llores, Anita.

Ella se estremece. El dolor regresa con fuerza. Se frota los ojos. No, Luis sigue inmóvil en la foto. Fue su imaginación.

«¿Estoy oyendo voces? ¿Me estoy volviendo loca?», piensa.

—¿Otra vez te ríes de mí? ¿Ni allá te calmas?—Sí, Anita, allá estoy bien, pero te espero —susurró Luis con dulzura, y Ana cerró los ojos por última vez, sintiendo su mano cálida tomando la suya mientras la luz dorada los envolvía a ambos.

Rate article
MagistrUm
Relato de un amor eterno