En la salita de maternidad, la luz del amanecer se colaba suave entre las cortinas. Una médica de gestos precisos entró con su bata blanca inmaculada y su cofia almidonada que le daba un aire de ángel cansado.
“Buenos días, mamás. ¿Cómo están?” Su voz era cálida pero profesional. Se acercó a la primera cama, donde una chica joven yacía de espaldas a la habitación.
“¿Martínez? No finja que duerme. Voltéese, necesito revisar su vientre.”
La joven se giró a regañadientes. La médica levantó la sábana, descubriendo la camiseta desgastada del hospital, y palpó con cuidado. “Todo bien. En un rato le traeremos a su hijo para amamantar. ¿Está lista?”
Los ojos de la recién estrenada madre se abrieron desmesurados. “No voy a darle el pecho,” susurró con la voz quebrada.
La médica frunció el ceño. “¿Por qué no?”
“No lo quiero ver, por favor…”
La doctora suspiró. “Terminaré la ronda y hablaremos. Tómese este tiempo para pensarlo.”
Se dirigió entonces a la otra cama, donde otra mujer, algo mayor, esperaba. “¿Y usted? ¿Todo en orden? ¿Segundo parto, verdad? ¿Le traemos al bebé?”
“Sí, claro,” respondió la mujer con una sonrisa cansada pero serena.
La médica asintió, pero antes de irse, lanzó una última mirada a Martínez, que de nuevo se había vuelto hacia la pared.
Cuando la puerta se cerró, la mujer de la segunda cama se incorporó. “Oye… ¿Cómo te llamas?” El silencio fue su respuesta. “Parimos casi a la vez, ¿recuerdas? Yo justo después de ti. Oye… ¿por qué no quieres verlo?”
Nada.
“Mi hijo mayor ya tiene cinco años…” Hizo una pausa y luego preguntó, directa: “¿Fue el padre? ¿Te dejó? ¿Era tarde para abortar? ¿Crees que no podrás sola? Mira, dicen que Dios da hijos y da para los hijos. Ya verás.” Las palabras flotaban en el aire, pegajosas.
“Tu niño irá a un orfanato. Nunca olerá tu piel, ni sabrá qué se siente que su madre lo arrulle. Extrañará tu voz. Creyendo que cualquiera de esas mujeres podría ser tú, buscará en sus ojos un amor que no está ahí. Y luego, al crecer, seguirá preguntándose dónde estás. ¿Crees que lo olvidarás? Algún día te arrepentirás. Y si alguien lo adopta, llamará ‘mamá’ a otra.”
“¡Déjame en paz! ¡No sabes nada de mí!” La voz de Martínez sonó ahogada, como si luchara contra un nudo en la garganta.
“Tienes razón, no sé,” admitió la otra. “Pero nadie renuncia así a un hijo, menos después de sufrir para traerlo al mundo. Y si ese hombre te dejó, mejor. Si no te quiso a ti, jamás querrá a su hijo. A veces, hasta con marido se está sola.”
Su propia historia salió a borbotones: su matrimonio joven, los exámenes universitarios rendidos con el vientre hinchado, la nascencia prematura. “Pensé que le daría sueños cumplidos. Los hombres quieren hijos varones, ¿no? Pero él nunca fue padre de verdad… ni yo supe ser madre.”
No hubo cuna nueva, ni ropita estrenada. La suegra trajo lo usado, lo ajado. Hasta el cochecito era prestado. “No somos pobres, pero mi hijo vistió rosa de sobrinas ajenas.”
Cuando por fin empezó a trabajar, su marido compró un coche caro. “¿Dinero? Nunca hubo. Para él. Yo iba al trabajo con ropa que ya no me cerraba. Vergüenza. Hasta que mi madre me compró algo decente.”
Y luego la amante. “‘Mírate’, me dijo. Como si mi cuerpo, gastado por darle un hijo, fuera culpa mía.” Se fue. Él la remplazó en días.
El divorcio trajo amenazas: que no pidiera la pensión, que él daría más. Mintió.
Conoció a otro hombre. Uno que llevó a su hijo al médico, que quiso un bebé con ella. “Cuando me quedé embarazada, el primero vino a reclamar a mi hijo. ‘Dos semanas conmigo, dos contigo’, decía. Hasta que lo tomó… y al mes lo devolvió. ‘Cuesta demasiado’, dijo.”
Se rio, amarga. “Así fue. Casada, pero como madre soltera. Mejor sola que mal acompañada.”
Se calló. Martínez se había vuelto, escuchando.
“Mi madre me dijo que lo dejara aquí,” confesó al fin.
“Tonterías. Cuando lo vea, lo abrazará y no querrá soltarlo. Créeme.”
Entró una enfermera con un bultito en brazos. “Aquí tiene a su niña. ¿Sabe cómo ponerla al pecho?”
La mujer tomó al bebé, emocionada. Un sollozo de amor.
“¿Y… a mí me traerán a mi hijo?” preguntó Martínez—no, *Lucía*—con voz temblorosa.
La enfermera asintió, sorprendida pero contenta.
Lucía miró a la otra mujer. “Me llamo Lucía. Tú eres… ¿Laura? ¿Me ayudarás? Tengo miedo.”
Minutos después, otro bebé llegó. Boca hambrienta, pezón tierno. Se miraron, sonrieron.
Al alta, las esperaban familias distintas pero el mismo destino: parques, consejos, cumpleaños juntos. Hasta que el novio de Lucía volvió, arrepentido. Se casaron.
“El matrimonio es una lotería,” murmuró Laura después, meciendo a su hija. “Nunca sabes qué hombre—qué padre—te tocará. Pero los hijos… esos siempre valen la pena.”
Y en el silencio de la noche, mientras los bebés dormían, ambas pensaron lo mismo: qué fácil habría sido perder esto.
Que nunca falte un padre que ame… pero, sobre todo, una madre que nunca deje de intentarlo.





