El cachorro

El Cachorrito

Lucía y su madre vivían solas. Claro que Lucía tenía padre, pero él no las necesitaba. Por ahora, la niña no hacía preguntas sobre él. En el cole, los niños presumían de quién tenía los padres más molones, pero en la guarde lo que importaba eran los juguetes, no si faltaba un progenitor.

Carmen decidió que era mejor que Lucía no supiera que se había enamorado perdidamente de quien sería su padre, y cuando le anunció su embarazo, él le soltó que estaba casado. Tenía problemas con su mujer, pero no podía dejarla porque su suegro era su jefe. Si se divorciaba, se quedaría en pelotas, y a Carmen no le hacía falta un hombre así. Le aconsejó que se deshiciera del crío mientras pudiera, porque de manutención ni un duro vería. Y si se empeñaba en seguir adelante, peor para ella…

Carmen no insistió, desapareció de su vida y crió a Lucía sola. La niña era un encanto, y con eso le bastaba.

Trabajaba como profe de primaria, y Lucía, con cinco años, iba a la guarde. No necesitaban a nadie más.

Después de Reyes, llegó al cole un nuevo profe de educación física. Alto, fibrado, con una sonrisa que iluminaba el pasillo. Todas las profes solteras, que eran mayoría, empezaron a lanzarle miradas y a buscarlo. Sólo Carmen no le hacía ni caso ni se reía de sus chistes. Tal vez por eso él fijó sus ojos en ella.

Un día, al salir del cole, un todoterreno se detuvo frente a ella. El profe de gimnasia bajó y le abrió la puerta del copiloto.

—Sube —le sonrió, señalando el asiento.

—Pero si vivo a dos pasos —contestó Carmen, desconcertada.

—Vamos, en coche se llega antes que andando, aunque sea cerquita —respondió él con lógica.

Carmen dudó un momento, pero al final subió. Él cerró la puerta, arrancó y preguntó la dirección.

—No sé la calle exacta. Sólo el número de la guarde —murmuró ella, bajando la vista.

—¿Qué guarde? —Él la miró confundido.

—La guarde de mi hija —aclaró Carmen con prontitud.

—¿Tienes una hija? ¿Mayor? —Por algún motivo, pasó al «tú» sin pensarlo.

—Lucía. Tiene cinco años —respondió Carmen, agarrando el picaporte—. Mejor voy andando. Abrió la puerta.

—Espera. Vamos —dijo él, girando la llave.

Carmen cerró de golpe. Al fin y al cabo, no pasaba nada por dejarse llevar a buscar a Lucía. Total, no podía salir nada entre ellos. ¿Para qué querría un hombre una mujer «con equipaje» si había tantas sin hijos?

—Bueno, si no tienes prisa… —suspiró.

—Ninguna. Nadie me espera. No tengo ni mujer ni niños —soltó él, ahorrándole preguntas incómodas.

—¿Y eso? ¿Malo carácter? ¿No te aguantan? ¿O alguna te hizo tanto daño que ahora le huyes al compromiso? —preguntó Carmen, arqueando una ceja.

—Vaya, qué pinchos. No me lo esperaba. Con esa carita de no haber roto un plato… De todo hubo: amor, desengaños. Pero boda, ni una, y no siempre por mi culpa. La vida es así. Y lo del carácter… No existen personas perfectas, querida Carmen. Tú tampoco eres lo que pareces.

—¿Te arrepientes de haberme ofrecido el coche? Ah, gira por aquí —pidió de repente.

El coche se detuvo frente a la guarde.

—Te espero —dijo el profe cuando Carmen bajó.

Ella se quedó un momento junto al coche.

—No hace falta. Vivimos muy cerca. No quiero que mi hija haga preguntas. ¿Me entiendes, Javier? —Carmen le miró con severidad, como a un alumno despistado—. No nos esperes. Cerró la puerta y entró en la guarde.

Javier Martín permaneció un rato en el coche, reflexionando. Luego arrancó y se fue. Diez minutos después, cuando Carmen salió de la guarde con Lucía de la mano, suspiró, aliviada y un pelín decepcionada. Todo claro. Una mujer con hija no le interesaba. Bueno, mejor así. «Nosotras tampoco lo necesitamos», pensó.

Pero al día siguiente, Javier volvió a esperarla a la salida del cole.

—Sé que pensaste que huí al saber lo de tu hija. Pues no. Sube. ¿A la guarde? —preguntó como si nada.

Carmen sonrió y asintió. Cuando acercó a Lucía al coche, la niña miró a Javier con la misma expresión seria que su madre el día anterior, y luego alzó la vista hacia ella.

—Es mi compañero, Javier. Trabaja en el cole. Venga, sube —dijo Carmen, fingiendo alegría para disimular su incomodidad.

Lucía no saltó de emoción ni corrió hacia el coche. Subió al asiento trasero con aire serio y se quedó mirando por la ventana.

—¿Adónde vamos? —preguntó Javier, volviéndose hacia ella.

—A algún sitio cerca. Sin silla nos pueden multar —intervino Carmen.

—Pues al centro comercial. Hace mucho frío para pasear. ¿Te parece, Lucía? —preguntó Javier con entusiasmo.

Ella no contestó, absorta en el paisaje. Javier esbozó una sonrisa y arrancó.

En el cole, todos callaban cuando Carmen entraba en la sala de profes. Y cuando aparecía Javier, salían pitando, intercambiando miradas cómplices.

Él no presionaba, era paciente. Un par de veces se fue después de cenar en casa de Carmen, pero a la tercera se quedó hasta la mañana. Ella durmió mal, despertándose para mirar el reloj: no quería que Lucía la pillara en la cama con Javier.

—Anda, ya es mayorcita, listilla. Que se vaya a**Adapted continuation in Spanish; Castilian**

Al final, Carmen comprendió que la verdadera felicidad no dependía de encontrar a alguien, sino de ver brillar los ojos de Lucía cada vez que jugaban con *Sonrisa*, el cachorrito que les había enseñado que el amor más puro no necesita explicaciones.

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