* * *
Era hora de enmendar el error.
María no quería contarle a su madre lo sucedido en el lago. Al llegar a casa, intentó deslizarse sigilosamente a su habitación, pero su madre, alertada por el roce en el recibidor, salió de la cocina.
—¿Qué ha pasado? Tienes la cara desencajada—. Su madre se llevó las manos al pecho, mirándola con temor.
—No es nada. Solo me he bañado demasiado—. María pasó de largo y cerró la puerta de su cuarto.
Al día siguiente, llegó Alejandro a preguntar por ella.
—¿Y por qué habría de sentirse mal?—. La madre frunció el ceño.
—Pues… casi se ahoga ayer en el lago—. Él lo dijo sin malicia.
—No exageres, solo tragé un poco de agua—. María le lanzó una mirada elocuente.
—Yo… vine a invitarte al cine—. Alejandro captó la indirecta y cambió de tema.
—Claro que debe ir, María. Con este buen tiempo, no te quedes en casa—. Su madre sonrió con cierta adulación.
Alejandro era hijo de un hombre influyente y adinerado. Su interés por María hizo que su madre viera en él la promesa de un futuro brillante para su hija.
Desde entonces, Alejandro la visitaba con frecuencia, invitándola a pasear, a tomar un café o a pasear en moto. No es que ella estuviera loca por él, pero le halagaba que, entre todas las mujeres del pueblo, la hubiera elegido a ella. Cualquiera daría lo que fuera por salir con un hombre como Alejandro.
Esa noche, su madre la reprendió:
—Con un hombre así pendiente de ti, y tú poniendo mala cara. De familia acomodada, sin preocupaciones. Y mira cómo te mira. Es leal, no te abandonaría. Confiaría en él lo más preciado que tengo: mi única hija. Si te pide matrimonio, no seas ingrata—.
—Es que no lo amo, mamá—. Intentó defenderse.
—No me creo que un hombre así no te guste. Yo me casé por amor apasionado, y mira dónde terminé—.
Cuando Alejandro le propuso matrimonio, María aceptó. Las palabras de su madre surtieron efecto. Entre los preparativos de la boda, a veces sentía que todo era una representación, algo efímero. Su madre, en cambio, estaba en la gloria.
María notó enseguida que ni la madre ni la hermana de Alejandro la aceptaban. Se preguntaba cómo habían permitido aquel matrimonio. Quizá para su suegra, Alejandro era el benjamín consentido, y prefirió hacerse a un lado antes que perderlo.
No vivían en la enorme casa familiar, sino en un piso heredado del abuelo, lo cual a María le aliviaba. A su suegra le tenía miedo.
Los años pasaron, y ella no logró concebir. Su suegra la culpaba, la llevó a los mejores especialistas, y el diagnóstico fue desolador. María se sumió en la angustia, sintiéndose inútil.
Alejandro nunca la reprochó abiertamente, pero ella veía su sufrimiento. Se distanció, pasando horas en la empresa familiar, dejada por su padre. Este había muerto de un infarto tres años atrás. Él visitaba a su madre sin ella, algo que a María le convenía. Solo podía imaginar lo que dirían de ella.
Intuía que Alejandro tenía otras mujeres fuera, pero “al que no lo pillan, no lo ahorcan”. Él era cuidadoso, celoso del honor familiar.
Intentó volver con su madre, pero esta tildó sus sospechas de tonterías.
—Un hombre guapo atrae miradas. Un coqueteo inocente no es infidelidad. Cuando tengan hijos, todo mejorará—. Y la mandó de vuelta con su marido.
Así vivieron cinco años, fingiendo una familia ejemplar.
Cuando María decidió hablar de divorcio, su suegra murió. Había estado enferma, pero nadie le avisó. Alejandro se ocupó de los preparativos del funeral, apenas llegaba a dormir.
* * *
María despertó pero permaneció en la cama, escuchando el agua correr en el baño. Casi se durmió de nuevo.
—¿Qué haces todavía aquí?—. Alejandro entró, dejando a su paso aroma de jabón y loción.
—No quiero ir. Tu madre nunca me quiso. Pensaba que no era digna de ti. Quizá tenía razón—. Abrió los ojos, mirándolo sin pasión.
—¿En qué?—. Dejó la bata en la cama y abrió el armario.
A ella ya no le impresionaba su cuerpo atlético.
—No soy de tu mundo, Alejandro. Nadie notará mi ausencia—. Se incorporó.
—La familia entera estará allí. Tú eres parte de ella. No discutas. Vístete o llegaremos tarde—. Se vistió sin mirarla.
—Nunca seré de tu familia. Lo sabes. ¿Se llega tarde a un entierro?—. Suspiró, pero se levantó.
Al salir del baño, el aroma del café recién hecho la envolvió.
—Bebe y date prisa—. Alejandro le acercó la taza y miró su costoso reloj.
En el coche, solo sonaba música clásica, acorde al luto. María se recostó, fingiendo dormir. Al llegar a la casona, varias berlinas ya estaban aparcadas.
“Es solo un día más”, pensó. Con su suegra muerta, tenía un enemigo menos.
—Ve tú, me arreglo un momento—. Sacó su espejo.
—No tardes, y no olvides cerrar el coche—. Él se alejó.
Sabía que sería el centro de atención por un instante, luego la ignorarían. Se retocó el maquillaje, sacó un pañuelo por decoro. No lloraría.
Al salir, vio a la anciana del final de la calle. Se sorprendió de que aún viviera. Hace quince años, su marido e hijo murieron en un accidente, y desde entonces la tildaban de loca.
—Buenos días—. La saludó cuando la anciana pasó a su lado.
—No estoy ciega, ni falta me hace el juicio. ¿A los funerales has venido?—. Asintió hacia la casa.
—Sí—. María miró también.
En una ventana, la cortina se movió. Alguien las observaba. Cerró el coche y se apresuró hacia la entrada.
—Con el que no debías te has casado. Te engañaron. Enmienda el error, y tendrás hijos—. La voz de la anciana la paralizó.
—¿Qué error? No entiendo—. Gritó hacia ella, pero la mujer siguió caminando.
Confundida, María entró en la casa. Alejandro hablaba en el recibidor con un desconocido. Nadie reparó en ella. No esperaba otra cosa. Ir había sido mala idea, como casarse.
* * *
Su amiga la invitó aquel día al lago. Hacía calor. Los chicos bebían cerveza, las chicas tomaban el sol, mirando de reojo a Alejandro, el más apuesto.
—¿Vamos a nadar?—. Su amiga corrió al agua. María y Lucía la siguieron.
—¿Te atreves a cruzar el lago?—. Lucía la desafió con mirada burlona.
Sin esperar respuesta, se lanzó. María trató de alcanzarla, pero a mitad del lago se detuvo. Algo rozó su pierna. Demasiado profundo para algas.
Circulaban leyendas sobre una muchacha ahogada que arrastraba a los incautos. Lo recordó y entró en pánico. Pataleó, tragó agua, se hundió…
Despertó en la orilla. Alejandro la miraba con preocupación. Todos se agolparon alrededor. Solo Lucía sonreía con malicia.
Él la llevó a casa en su moto…
* * *
En el cementerio, seguía ignorada. Observaba a la familia desde la distancia. Muchos rostros, desconoc”Y mientras el coche de Damián—así se llamaba él ahora—se alejaba bajo el sol de la tarde, María sintió por primera vez en años que el futuro, aunque incierto, al fin le pertenecía.”





