**Segunda Oportunidad**
—Jéssica, ¿te vas a casa? —preguntó su amiga Lucía, tamborileando impaciente sobre la mesa con sus uñas recién pintadas.
—No, me quedaré un rato. Mi marido vendrá a recogerme —mintió Jéssica sin pudor.
—Bueno, como quieras. Hasta mañana. —Lucía salió del despacho balanceando las caderas.
Uno a uno, los compañeros abandonaban la oficina. Fuera, los pasos apresurados y el taconeo resonaban en el pasillo. Jéssica cogió el móvil y suspiró. *«Seguro que ya ha caído alguna cerveza, tirado en el sofá como un sultán.»* Tras tres largas señales, escuchó el murmullo de la televisión antes de que la voz de Javier se abriera paso:
—Dime.
—Javi, está lloviendo y llevo botines de ante. ¿Vienes a buscarme?
—Cariño, lo siento, ya he tomado algo. Pide un taxi —respondió él.
—Como siempre. No esperaba menos de ti. Por cierto, cuando me pediste matrimonio, juraste que me llevarías en brazos.
—Mi vida, pero es que hoy juega el Barça… —Los gritos de los aficionados ahogaron sus palabras, y Jéssica colgó.
Aquellos días en que Javier la esperaba a la salida del trabajo habían quedado atrás. No tenía coche, pero siempre encontraba la manera de recogerla. Jéssica apagó el ordenador, se abrigó y salió.
El sonido de sus tacones rompió el silencio del pasillo ya vacío. En el vestíbulo, el subdirector, Álvaro Jiménez, hablaba por teléfono junto al mostrador del vigilante. Alto, fibrado y envuelto en un elegante abrigo negro, parecía más bien estrella de cine que empleado de oficina. Las compañeras murmuraban que seguía soltero.
Jéssica, siempre ocurrente, sospechaba que algo le pasaba. *«Tan guapo y sin compromiso…»*
—Sale con una modelo. Su nombre lo he visto en revistas —había chismeado Lucía, que siempre andaba al tanto de los cotilleos.
Javier, en su juventud, no tenía nada que envidiarle. Treinta dominadas cada tarde en el parque. Pero luego… Luego llegó la cerveza, la barriga y el sofá. Y cada noche, al volver, Jéssica lo encontraba igual: tumbado frente al televisor, con una lata en la mano.
Estaba a punto de salir cuando una voz profunda la detuvo, haciéndole erizar la piel.
—Jéssica Martín, qué tarde se ha hecho hoy.
—Creí que mi marido vendría, pero al final no pudo —respondió con una sonrisa al volverse.
Álvaro guardó el móvil en el bolsillo y se acercó.
—Yo la llevo. —Empujó la puerta, dejándola pasar.
—No, por favor, llamaré un taxi —protestó ella al salir a la calle.
En el escalón, se detuvo. Miró los charcos y sus botines. La primavera: la nieve derretida y ahora la lluvia.
—Considere que su taxi ya está aquí. —Álvaro la tomó del brazo y la guió hacia su todoterreno.
¿Cómo negarse? Lástima que nadie la viera; habrían ardido de envidia. No faltaban cazadoras de ese galán.
Álvaro desactivó la alarma y abrió la puerta. Jéssica subió con un saltito, soltando un *«¡ay!»* coqueto mientras se acomodaba la falda. Álvaro cerró suavemente y se sentó al volante.
—La he observado. Exigente pero justa. Creo que podría dirigir el departamento de marketing.
—¿Y qué pasa con Clara Pérez? —preguntó Jéssica, sorprendida.
—Es hora de que se jubile. Es trabajadora, pero las nuevas tecnologías la superan.
Jéssica se removió en el asiento. Clara le había enseñado mucho. Pero la oferta era tentadora.
—Su nieto se casa pronto; quería ahorrar para él… —dijo con un dejo de tristeza.
—Eso no es problema. Si acepta, tendrá una buena indemnización. ¿Qué dice?
Jéssica sintió su mirada. Dudó un instante, pero cuando volvió la cabeza, él ya miraba al frente.
De pronto, notó que pasaban por delante de su casa.
—Gire a la derecha —rompió el silencio—. Pare ahí, en ese portal.
El coche se detuvo, pero ella no se movió. No encontraba las palabras.
—¿Quiere almorzar conmigo algún día? —la voz de Álvaro era seductora.
Su corazón latió fuerte ante la propuesta.
—Quizá —respondió, sonriendo, y salió del coche con agilidad.
—Hasta mañana. —Su sonrisa fue deslumbrante.
A Jéssica le dio un vuelco el corazón. Mientras el todoterreno se alejaba por el badén del patio —como en todas las urbanizaciones—, supo que algo había cambiado.
Al día siguiente, ante la mirada de todos, salieron a comer juntos. Luego vinieron las cenas… Y después…
Basta decir lo obvio. ¿Qué mujer no caería ante un hombre así? Si alguna lo resistió, será porque su marido no se había convertido aún en un mueble más del salón.
Jéssica flotaba, sintiéndose deseada y rejuvenecida. Hasta que cada noche, al ver a Javier en el sofá, la irritación crecía.
Hoy tampoco fue distinto. La televisión encendida, la botella a medio beber. Le entraron ganas de patearla, de verter su frustración junto con la cerveza. Pero luego tendría que limpiar. Suspiró y se cambió, ignorando la mirada de Javier.
—Has cambiado. Estás más… —Él buscó la palabra.
*«Por fin se da cuenta»*, pensó ella con sarcasmo.
—¿Más qué? Normal —respondió.
—Te veo como cuando nos conocimos. ¿Te has enamorado?
—¿Y si lo estoy? Tú solo ves el fútbol y la cerveza.
—Pero si me he fijado. Cambiaste el peinado —dijo él con cuidado.
—Llevo este peinado tres años. —Ella suspiró—. Hace siglos que no vamos al cine. Podríamos cenar fuera. Yo también trabajo, pero en vez de tirarme en el sofá, cocino.
—Nadie cocina como tú —él sonrió—. ¿Qué mosca te ha picado?
Jéssica lo miró. Ni su voz, ni sus torpes piropos, ni su aspecto le producían ya nada más que hastío. *«Tal vez deba dejarlo… Pero ¿a dónde iríamos?»*
—No eres la misma —le susurró Lucía al día siguiente—. Brillas. ¿Estás enamorada? Dicen que tienes algo con Álvaro. ¿Le has plantado a tu marido?
—Ojalá. —Ella se encogió de hombros—. Dices lo mismo que él.
—Qué suerte. Marido y amante. Verónica es quince años más joven, pero Álvaro solo te mira a ti.
Jéssica calló, pero un pellizco de celos le atravesó el pecho. Verónica no solo era joven y guapa, sino soltera. Los hombres preferían así.
—Oye, ¿tienes el contacto de esa mujer que hace amarres? —preguntó en voz baja.
—¿A quién quieres hechizar? ¿A Álvaro? ¿O eliminar a la competencia?
—A mi marido. ¿Me lo das o no?
—Ahí te lo mando. ¿Tan mal está?
—Peor imposible.
—¿Javier te es infiel? —Lucía se horrorizó.
—Ojalá.
—Álvaro es pasajero;Esa misma noche, mientras guardaba el tarro de hierbas en el armario, se dio cuenta de que el verdadero hechizo no era cambiar a Javier, sino recordar por qué se habían enamorado en primer lugar.




