Dos noches y un día

Dos noches y un día

Lucía no dejaba de mirar el reloj. El tiempo avanzaba a paso de tortuga, lento y pesado. Aún quedaba una hora para terminar la jornada laboral.

—¿Por qué siempre estás mirando el reloj? ¿Tienes prisa? —preguntó la jefa de contabilidad, Doña Carmen.

—No, pero…

—¿Un hombre? A tu edad, solo por un hombre se desea que el tiempo vuele. A la mía, las mujeres soñamos con detenerlo. —Doña Carmen respiró hondo—. Bueno, vete. Total, hoy no rindes para nada.

—¡Gracias! —Lucía cerró rápidamente el programa en la pantalla.

—¿Lo quieres? —preguntó Doña Carmen con curiosidad melancólica.

—Sí —respondió Lucía, mirándola con firmeza.

Su mesa estaba en diagonal, y Doña Carmen la veía perfectamente. La oficina era pequeña y no había otra forma de colocar los muebles. Lucía se sentía examinada bajo su mirada atenta.

—¿Y por qué no os casáis? ¿No te lo pide? —Doña Carmen se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz—. Ya. Está casado. Y tiene hijos, ¿verdad? El clásico. Primero te mintió, y cuando te lo confesó, ya estabas enganchada. Te prometió dejarla cuando los niños crecieran. ¿Acierto?

—¿Cómo lo sabe? —Lucía la miró asombrada.

—Yo también fui joven. ¿Crees que eres la única que ha picado? Niña, si un hombre no abandona a su familia al principio, nunca lo hará. Acéptalo. Vete tú antes de que te haga más daño.

—Pero… yo lo amo.

—Cuando te canses o, Dios no lo quiera, su mujer se entere, será mucho peor. Así al menos conservarás tu dignidad. Créeme. Además, no conviene cargar con mal karma. —Doña Carmen volvió a ponerse las gafas, recuperando su seriedad habitual—. Piensa en ello. Y el lunes no llegues tarde.

—”Lo ama”… —murmuró Doña Carmen, negando con la cabeza cuando Lucía salió del despacho.

Lucía bajó corriendo las escaleras, se despidió del conserje y salió a la calle, donde el sol de mayo lo iluminaba todo. Reconoció al instante el coche de Javier y se dirigió hacia él.

—Por fin. Pensé que nunca saldrías. Aquí me quedo como un espantapájaros —refunfuñó Javier en cuanto ella se sentó a su lado.

Arrancó el motor, se alejó de la oficina y se unió al tráfico.

—¿Adónde vamos? No entendí nada de tu llamada —preguntó Lucía.

—Sorpresa —dijo Javier, lanzándole una mirada cargada de promesas.

Bastó esa breve mirada para que su corazón se acelerara y un calor dulce le recorriera el vientre.

El coche salió de la ciudad y tomó la carretera. Luego giró hacia un camino rural que serpenteaba entre árboles.

Lucía observaba la cinta de asfalto y soñaba con no llegar nunca, con viajar eternamente, solo ellos dos. Al rato aparecieron las casas de una urbanización.

—Hemos llegado —anunció Javier con alegría.

—¿Tienes una casa aquí?

—No. Es de un amigo. Su mujer está en el último mes de embarazo y no vendrán en semanas. Así que tenemos el lugar para nosotros todo el fin de semana.

—¿Y tu esposa? ¿Te ha dejado salir así como así? —Lucía lo miró con incredulidad.

Él detuvo el coche frente a una valla de madera.

—Tenemos dos noches y un día entero —susurró Javier, inclinándose para besarla.

“*Solo dos noches y un día*”, pensó ella con amargura. “*Luego, todo volverá a ser igual…*”.

Javier se separó de sus labios, salió del coche y empezó a sacar bolsas del maletero. Lucía también salió, respirando el aire limpio. Olía a hierba, a hojas y a algo entrañable, como la casa de su abuela.

“*Dos noches y un día. ¿Tanto tiempo? ¿Juntos?*” —pensó con felicidad, casi sin creérselo.

—¿Te gusta? —Javier estaba a su lado, sonriendo, disfrutando de su sorpresa—. Toma esto y vamos dentro. —Le pasó una bolsa y abrió la verja con una mochila al hombro.

—¿Has venido antes? —preguntó Lucía mientras esperaba.

—Claro. Somos amigos.

—¿Con tu esposa o…?

—Lucía, no empieces. No estropees esto. —Él abrió la puerta y la dejó pasar.

Entraron en una casita humilde.

—Ponte cómoda. Yo llevaré la comida a la cocina y encenderé la nevera. Perdona, el baño está fuera.

El silencio en la casa era espeso, casi tangible. “*¿Para qué pensar en lo que no puede cambiarse?*”, se dijo Lucía, observando el lugar. Flores secas en un jarrón, cortinas sencillas, una mesa con mantel a cuadros verdes, una estufa pequeña que dividía la estancia… Todo era modesto pero acogedor, como si ya lo conociera.

—Me quedaría aquí para siempre —susurró esa noche, recostada en el hombro de Javier—. Contigo. Sin nadie entre nosotros.

—Ajá —respondió él, medio dormido.

Lucía despertó primero y permaneció quieta, escuchando el silencio. “*Le falta un geranio en la ventana*”, pensó. “*Y un mantel blanco, de ganchillo, con flecos en los bordes*”.

El sonido ahoga—Falta un geranio en la ventana —murmuró Lucía, pero el timbre del móvil de Javier interrumpió la magia del amanecer, recordándole que pronto todo volvería a ser como antes.

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