El misterio de la foto antigua

**El misterio de la vieja fotografía**

Antonio y Lucía estudiaban en el mismo grupo de la universidad. Ella era una chica normal, sin nada especial. Pero quizá llegó el momento de enamorarse o algo cambió en Lucía, porque un día Antonio la miró con otros ojos, como si no la reconociera, y el mundo se le dio la vuelta, transformándose por completo ante la mirada del chico enamorado.

Después de clase, esperaba a Lucía a la salida de la facultad. Pero ella pasó corriendo a su lado sin verlo y se acercó a un joven, con quien se fue. Antonio se quedó allí, observando a la pareja hasta que desaparecieron, intentando sofocar la decepción y la rabia que le ardían dentro.

¿Qué esperaba? ¿Que ella estaría esperando a que él se fijara en ella? Era normal que una chica como Lucía tuviera novio.

Un día, Lucía llegó a clase con los ojos rojos de tanto llorar. Estuvo callada, ensimismada todo el día. Antonio volvió a esperarla a la salida. Esta vez nadie la recogía, así que se armó de valor y se acercó.

—¿A casa? —preguntó él.

—No, a casa de mi abuela. Ahora vivo con ella. Está enferma.

Lucía le contó que su abuela tenía la presión alta y problemas en las articulaciones. En primavera empeoraba. Ni siquiera salía a la calle.

Antonio caminó a su lado, apenas prestando atención, sintiéndose en el séptimo cielo. Su corazón latía con fuerza, y en su mente resonaba el mejor nombre del mundo: Lucía, Lucía, Lucía.

Vivía a tres paradas de la universidad.

—No te invito a pasar. La abuela no se encuentra bien —se disculpó Lucía al llegar a su portal.

Al día siguiente, Antonio le preguntó cómo seguía su abuela.

—Normal. Pero ayer por la noche vino mi madre… con su nuevo marido. La abuela se alteró tanto que le subió la presión y tuvimos que llamar a urgencias. Ojalá no hubiera venido.

Antonio lo entendió todo: la relación con su padrastro no era buena. Tal vez por eso Lucía se había mudado con su abuela. Pero no insistió.

Poco antes de los exámenes de verano, la abuela de Lucía murió. Antonio estuvo a su lado, consolándola. Después del funeral, Lucía se quedó viviendo en el piso de su abuela.

—¿No te da miedo el fantasma de tu abuela? —bromeó Antonio una noche, acompañándola a casa.

—No. Aunque no era un ángel, conmigo siempre fue buena.

Un día, Antonio reunió el coraje para preguntarle por el chico que la esperaba a la salida de la facultad. Lucía frunció el ceño y, con expresión tensa, le explicó que se había casado con su madre.

—Imagínate, ahora es mi padrastro —dijo, bajando la cabeza para ocultar su expresión.

Tras el primer examen, Lucía invitó a Antonio a su casa. Le gustó el piso, con sus muebles antiguos y sus oscuros papeles pintados descoloridos. Sobre la mesa había un álbum de fotos viejo.

—¿Puedo? —preguntó señalándolo.

—Mira. Estaba eligiendo una foto de la abuela para la lápida… —Lucía se sentó junto a Antonio en el sofá y comenzó a repasar las imágenes, comentándolas brevemente.

—Esta soy yo de pequeña. Y estos, mis padres jóvenes. Todavía no había nacido.

—¿Tus padres se divorciaron? —preguntó Antonio, recordando el reciente matrimonio de su madre.

—Sí. Mi padre no aguantó el carácter de mi madre. Yo era pequeña cuando se separaron. Ahora tiene otra familia y no hablamos.

—¿Y esta? —Antonio señaló a una mujer mayor con mirada dura y labios apretados. Su carácter hosco se percibía de inmediato.

—La abuela sin disfraces. En los últimos años era así. —Lucía pasó la página.

—Y aquí está de joven. ¿Ves qué guapa era? —dijo, señalando otra foto.

Antonio vio los ojos negros de una joven hermosa, sonriendo con un vestido floreado. Le costaba creer que fuera la misma persona. Pero no dijo nada.

Lucía siguió pasando hojas.

—Espera, vuelve —pidió Antonio. —¿Esta también es tu abuela? —señaló otra foto, donde aparecía la misma joven del brazo de un hombre. —¿Quién es él?

—No lo sé. Un amigo o familiar, supongo. Nunca la vi mirar este álbum, así que no pude preguntarle. —Lucía lo miró extrañada—. Antonio, ¿qué te pasa?

—Tengo que irme —dijo de repente, cerrando el álbum con un golpe que levantó polvo—. Te llamo mañana —añadió ya en la puerta. Dudó un instante, como si quisiera decir algo más, pero cambió de idea y se marchó.

Antonio no fue a su casa, sino a la de su abuelo, que vivía al otro extremo de la ciudad. Durante el trayecto, miraba por la ventana del tren, perdido en sus pensamientos.

—¡Antonio! ¡Cuánto tiempo! Pasa —el abuelo se alegró de verlo—. ¿Qué tal los estudios? ¿Sin asignaturas pendientes? ¿Y en el amor? —lo bombardeó con preguntas mientras Antonio se quitaba las zapatillas.

—Todo bien, abuelo. Hoy saqué un diez en el primer examen.

—Bien hecho. Voy a poner el agua para el té, celebramos tu nota. —El abuelo se fue a la cocina, y Antonio se acercó a la estantería.

—¿Qué buscas? —preguntó el abuelo, acercándose sin hacer ruido. Antonio se sobresaltó.

—El álbum de fotos que tenías aquí…

—¿Para qué lo quieres? Lo guardé abajo. Muévete —el abuelo abrió el cajón inferior y sacó el álbum—. Toma. ¿A quién buscas? —preguntó, observándolo con atención.

Antonio se sentó en el sofá y comenzó a hojear las páginas. El abuelo lo miraba intrigado. De pronto, Antonio encontró entre las hojas la mitad de una fotografía.

—Este eres tú, ¿no? ¿Por qué está cortada? ¿Quién estaba en la otra mitad?

El abuelo se estremeció como si lo hubieran golpeado.

—No me acuerdo. No había nadie. Solo está la mitad.

Antonio notó inquietud en su mirada.

—Es que hoy estuve en casa de una chica y me enseñó el álbum de su abuela. Hay una foto igual, pero entera. Tú abrazando a una mujer joven, su abuela.

El abuelo se levantó de un salto y comenzó a caminar nervioso por la habitación. En la cocina, el hervidor silbó, y él se fue a apagarlo, pero no regresó. Antonio fue a buscarlo.

Lo encontró en la cocina, con la cabeza entre las manos.

—Abuelo, ¿te sientes mal? —Antonio se sentó frente a él y dejó la media foto sobre la mesa.

—¿Cómo se llama tu novia? —preguntó al fin.

—Lucía.

—¿Y su abuela? —insistió el abuelo.

Antonio recordó haber visto una foto en casa de Lucía con las fechas y el nombre completo escrito al dorso.

—María Isabel Gutiérrez. ¿La conocías bien? ¿Antes de casarte con mi abuela?

—Dime su nombre —repitió impaciente.

—María Isabel Gutiérrez.

El abuelo cerró los ojos.

—No hay tantas coincidencias. Por mucho que huyas del pasado, tarde o temprano te alcanza. Lo que está oculto, siempre sale.

Antonio notó cómo su abuelo parecía encogerse, como si leAntonio tomó las manos de su abuelo y le dijo con firmeza: “No importa lo que pasó, Lucía es diferente, y yo la amo”.

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