**Tú Eres Mi Mundo**
Dimitri y Alejandra vivían en el mismo edificio, en el quinto piso, frente a frente. Dimitri, con once años y en cuarto de primaria, era lo suficientemente mayor para cuidar de Alejandra, una niña de cinco cuya madre, cirujana, solía ser llamada los fines de semana para atender emergencias.
Dimitri se comportaba con Alejandra como un hermano mayor: la alimentaba, la protegía y, cuando era necesario, la regañaba. Ella, por su parte, lo seguía como una sombra, obediente, mirándolo con sus enormes ojos negros llenos de admiración.
Un día, Alejandra enfermó de anginas. ¿Cómo podía resfriarse en pleno junio? Dimitri tuvo que quedarse con ella todo el día. Cuando sus amigos llamaron para invitarlo a jugar al fútbol, respondió con seriedad:
—No puedo. Tengo que cuidar a Alejandra.
—Pues tráela, que será nuestra animadora —sugirió Álvaro.
—No puede, tiene fiebre. Jugad sin mí hoy.
—¿Sin ti? ¿Y quién para en la portería? —protestó Pablo, decepcionado.
—Pues turnaos —dijo Dimitri, viendo sus caras largas.
—Qué aburrido. Mejor no vamos.
—Entrad, entonces —susurró Dimitri, dejándoles pasar.
Alejandra, con un pañuelo alrededor del cuello, estaba sentada en el sofá mirando un libro de cuentos. Al ver a los chicos, sus ojos brillaron.
—Mis amigos, Pablo y Álvaro —presentó Dimitri—. ¿Te importa que se queden un rato?
—¿Me leéis este cuento? —pidió ella, alargando el libro con naturalidad infantil.
—Mejor hacemos una cabaña —propuso Pablo, mirando la mesa redonda del salón.
—¿Cómo? Hacen falta ramas y paja, y no tenemos —dijo Alejandra, emocionada.
—No hace falta paja. ¿Podemos usar el cubresofá? —preguntó Pablo—. Lo ponemos sobre la mesa y será nuestra cabaña.
Pero un cubresofá no bastó. Alejandra les indicó dónde encontrar una manta en el armario. Pronto, los cuatro estaban bajo la mesa, en una cabaña improvisada, oscura, calurosa y emocionante.
—Contemos historias de miedo —dijo Álvaro—. Mi bisabuelo luchó en la guerra.
—Eso es aburrido —gruñó Pablo.
—¡Tienes que ver cuántas medallas tiene! No se pueden contar —insistió Álvaro—. Llevaba pan a Madrid durante el asedio.
—¿Y qué? La guerra no da miedo —refunfuñó Pablo.
—Pues debería —continuó Álvaro—. La gente comía hasta ratas y, dicen, hasta otros humanos. Cortaban trozos de los muertos para hacer sopa. El pan lo hacían con serrín.
—¡Qué asco! —Alejandra se estremeció, pegándose a Dimitri.
—Yo sé historias del Hombre de Negro —intervino Pablo, entusiasmado—. En el campamento del verano pasado las contábamos de noche. Dan mucho miedo.
Alejandra se quedó inmóvil. La palabra “negro” le parecía aterradora, más aún bajo la mesa, en la oscuridad. Y cuando Pablo dijo “miedo”, empezó a temblar.
—Va vestido todo de negro. Si te descuidas, te agarra y te lleva para siempre. Nadie vuelve a ver a esa persona. Aparece y desaparece como una sombra. Le encantan los niños desobedientes que se escapan de casa…
—¡Basta! —cortó Dimitri, notando cómo Alejandra se estremecía—. La vas a dejar sin dormir. Es pequeña.
—No soy pequeña —protestó ella—. Pero no quiero oír más del Hombre de Negro. ¡Da mucho miedo! —su voz temblaba, a punto de llorar.
De repente, la puerta de entrada se abrió. Los niños enmudecieron. Pasos lentos resonaron en el pasillo, deteniéndose cerca. Pablo se removió, Álvaro respiró agitado. Alejandra se aferró a Dimitri, sintiendo su corazón acelerado.
El borde de la manta se levantó. Alejandra cerró los ojos y gritó.
—¡Aquí estáis! —dijo la voz de su madre.
—¡Mamá! —Alejandra salió corriendo y se abrazó a ella.
—¿Por qué la mesa está cubierta? ¿Qué hacéis ahí? —preguntó la madre, mirando a los chicos despeinados.
—Es una cabaña. Contábamos historias de miedo —balbuceó Alejandra.
—¿Y no te asustaste?
—Sí. Cuando oí pasos, pensé que era el Hombre de Negro…
—¿Qué Hombre de Negro? —la madre miró con reproche a los chicos, deteniéndose en Dimitri, quien bajó la cabeza avergonzado.
—Recoged esto y lavaos las manos. Vamos a comer —ordenó, llevándose a Alejandra a la cocina.
Al crecer, Dimitri ya no cuidaba tanto de Alejandra, aunque ella seguía buscándolo, especialmente durante las tormentas, que le aterraban. Cuando él empezó a salir con una compañera de clase, Alejandra, celosa, lo espió besándose con ella.
Los años pasaron. Dimitri se fue a la academia militar, Alejandra estudió medicina. Un día, al verlo llegar con una mujer embarazada, asumió que era su esposa y se marchó desconsolada a Barcelona.
Años después, trabajando en un centro de rehabilitación, Alejandra encontró a Dimitri, ahora un oficial herido, entre sus pacientes. Él no la reconoció al principio, hasta que una tormenta la delató:
—¿Le tienes miedo a los truenos? —preguntó él, sonriendo.
—Sí. De pequeña, unos chicos me asustaron con historias del Hombre de Negro.
Dimitri la miró fijamente.
—¿Alejandra? —finalmente la reconoció—. ¿Trabajas aquí? He pensado mucho en ti. ¿Estás casada?
—¿Y tú? —respondió ella.
—No. Nunca encontré a alguien como tú.
Al descubrir que la mujer embarazada era solo la esposa de un compañero, Alejandra comprendió cuánto tiempo había perdido.
Días después, Dimitri entró en su consulta sin llamar.
—No me iré sin decírtelo —dijo, nervioso—. No puedo vivir sin ti. Cásate conmigo.
Alejandra, emocionada, se abrazó a él.
—Sí, llegaste tarde… pero justo a tiempo.
**Moraleja:** El amor verdadero a menudo se esconde en lo cotidiano, en los recuerdos que parecen insignificantes. Solo cuando lo perdemos, entendemos su valor. Y a veces, si tenemos suerte, la vida nos da una segunda oportunidad para abrazarlo.





