Eres mi universo

El sueño de un amor

Javier y Lucía vivían en el mismo edificio, en el quinto piso, puerta con puerta. Javier acababa de empezar cuarto de primaria y ya era lo bastante mayor para cuidar de Lucía, una niña de cinco años cuya madre, cirujana, solía ser llamada los fines de semana por urgencias.

Javier se comportaba con Lucía como un hermano mayor: la alimentaba, la defendía, la regañaba cuando era necesario. Ella, por su parte, lo seguía como una sombra, obedeciendo sin rechistar, mirándolo con esos ojos negros y profundos que parecían tragárselo todo.

Un día, Lucía enfermó de anginas. ¿Quién se resfría en junio? Javier pasó días enteros a su lado. Sus amigos ya sabían dónde encontrarlo. Llamaron al timbre para invitarlo a jugar al fútbol.

—No puedo. Estoy con Lucía —dijo Javier con seriedad.

—Pues tráela, que será nuestra animadora —propuso Rafa.

—Tiene fiebre. No puede. Jugad hoy sin mí.

—¿Sin ti? ¿Y quién para en la portería? —se quejó Pablo, desconsolado.

—Pues turnaos —sugirió Javier, viendo las caras largas de sus amigos.

—Qué aburrido. Si no juegas tú, nosotros tampoco.

—Pues venid dentro —suspiró Javier, dejándoles pasar.

Lucía, con un pañuelo anudado al cuello, estaba en el sofá hojeando un libro. Al ver a los chicos, iluminó el rostro.

—Mis amigos, Pablo y Rafa —presentó Javier—. Van a quedarse un rato con nosotras. ¿Te parece?

—Leedme el cuento —pidió Lucía, extendiendo el libro con candidez infantil.

—Mejor hagamos una cabaña —Pablo clavó la mirada en la mesa redonda del comedor.

—¿Cómo? Harían falta ramas y paja, y no tenemos —sus ojos brillaron, quizá por la fiebre, quizá por la emoción.

—No hace falta paja. ¿Podemos coger la manta del sofá? —preguntó Pablo—. La ponemos sobre la mesa y ya está.

Pero una manta no bastó. Lucía le dijo a Javier dónde encontrar otra en el armario. Pronto, los cuatro estaban bajo la mesa, en una cabaña improvisada, estrecha, oscura y emocionantemente asfixiante.

—Contemos historias de miedo —propuso Rafa—. Mi bisabuelo luchó en la guerra.

—Qué rollo —refunfuñó Pablo.

—Tienes idea de cuántas medallas tenía? Ni se pueden contar —presumió Rafa—. Llevaba pan a Barcelona durante la posguerra.

—Qué pesado con la guerra. Aburrimiento total —murmuró Pablo, desilusionado.

—No sabes nada. Mi bisabuelo contaba que la gente, desesperada, comía hasta las ratas. Hacían pan con serrín. Hasta se hablaba de… cosas peores —insistió Rafa.

—Puaj. La gente no se come —Lucía se estremeció, pegándose a Javier.

—Yo sé historias del Hombre de Negro —dijo Pablo, entusiasmado—. El año pasado en el campamento las contábamos de noche. Una auténtica pesadilla.

Lucía se quedó inmóvil. La palabra “negro” ya le daba miedo, más aún en la oscuridad bajo la mesa. Y al oír “pesadilla”, empezó a temblar.

—Va vestido de negro. Si te descuidas, te agarra y te lleva. Y nadie vuelve a verte jamás. Aparece y desaparece como una sombra. Le encantan los niños pequeños, sobre todo los que desobedecen…

—Ya basta. La has asustado —cortó Javier, notando cómo Lucía se estremecía contra él—. Luego no podrá dormir. Es muy pequeña.

—No soy pequeña —se ofendió Lucía—. Pero no quiero oír más del Hombre de Negro. Qué miedo —su voz tembló, al borde del llanto.

De pronto, la puerta de entrada se abrió. Los niños se quedaron en silencio. Unos pasos lentos se acercaron, deteniéndose justo frente a ellos. Pablo se removió, Rafa respiró agitado. Lucía se aferró al pecho de Javier, escuchando el fuerte latido de su corazón.

De repente, la manta se levantó. Lucía cerró los ojos y chilló.

—¡Aquí estáis! —era la voz de su madre.

—¡Mamá! —abrió los ojos, salió de debajo de la mesa y corrió hacia ella.

—¿Por qué está la mesa cubierta? ¿Qué hacéis ahí? —preguntó la madre, mirando a los chicos despeinados.

—Es una cabaña. Contábamos historias de miedo —balbuceó Lucía.

—¿Y no te asustaste?

—Sí. Cuando oí pasos, pensé que era el Hombre de Negro y me entró más miedo.

—¿Qué hombre de negro? —la madre lanzó una mirada reprobatoria a los chicos, deteniéndose en Javier, quien bajó la cabeza, avergonzado.

—Venga, recoged esto y lavad las manos. Vamos a comer —dijo la madre, llevándose a Lucía a la cocina.

Después de comer, Javier y sus amigos salieron a jugar al fútbol. La madre acostó a Lucía, pero cada vez que cerraba los ojos, imaginaba al Hombre de Negro acechándola.

**Tiempo después**

Cuando Javier llegó a secundaria, Lucía apenas empezaba primaria. Él ya no la cuidaba tanto. Ella tampoco lo necesitaba, pero aún corría a su lado cuando tronaba. Le aterraban las tormentas.

Si los chicos iban al cine o a patinar, Lucía insistía en acompañarlos. Si no querían, usaba lágrimas estratégicas. Javier, compadecido, convencía a sus amigos de llevarla.

Él le enseñó a patinar, a calentar sopa en el microondas, a amar los libros de aventuras. En bachillerato, Javier ya no salía con los chicos, sino con una compañera guapa llamada Clara. Una vez, Lucía los vio besándose tras el edificio. Su corazón de niña se partió de celos.

Al terminar el instituto, Javier entró en la academia militar. Volvía poco a casa. A Lucía le aliviaba —no habría chicas cerca—, pero también la entristecía: lo echaba de menos.

Una vez, durante un permiso, Javier fue a su casa y no estaban sus padres. Llamó a los vecinos. Al verlo alto y uniformado, Lucía se ruborizó. Él también notó lo mucho que había crecido esa niña que seguía a todos lados. Durante la comida, no dejaba de mirarla. Bajo su mirada, sus pestañas temblaban y el rubor en sus mejillas ardía.

La madre preguntó por sus estudios, su futuro destino. Javier hablaba, pero sus palabras parecían solo para Lucía. Su corazón latía fuerte. Luego llegaron sus padres, y él se fue, dejándola confundida. No lo volvió a ver antes de su partida.

Tras la academia, Javier fue destinado al sur. Lucía estudió medicina. Tres años después, él volvió de permiso. Ella esperó junto a la ventana, conteniendo la respiración cada vez que oía pasos.

—Él es mayor. Pronto se casará. Tú debes estudiar. Olvídalo. Solo te ve como una hermanita —decía su madre.

Lucía lo sabía, pero no podía aceptarlo. Pasaron días, y Javier no apareció. El orgullo le impedía ir a buscarlo como antes.

Hasta que un día, desde la ventana, vio un taxi pararse abajo. Javier salió, pero en vez de entrar, abrió la puerta trasera. Una mujer embarazada bajó, apoyándose en su brazo. A Lucía le dio un vuelco el corazón: ¡estaba casado, iba a ser padre!

Se encerró enPasaron años, pero el destino los reunió de nuevo en un hospital, donde sus miradas cruzadas bajo una tormenta de verano desataron el amor que siempre estuvo ahí, esperando su momento.

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