Oye, te voy a contar esta historia adaptada a nuestra cultura, como si fuera algo que pasó aquí mismo.
Álvaro se casó con Esperanza con una sola intención: hacerle daño a Marta. Quería demostrar que no sufría después de que ella lo traicionara…
Con Marta habían estado juntos casi dos años. La amaba locamente, estaba dispuesto a mover cielo y tierra, y a ajustar toda su vida a sus sueños. Creía que iban camino al altar, pero sus evasivas constantes cuando hablaban del tema lo sacaban de quicio.
—¿Para qué casarnos ahora? Aún no he terminado la carrera, y en tu empresa no hay ni para pipas. No tienes un coche decente ni una casa propia. Y la verdad, no quiero compartir cocina con tu hermana. Si no hubieras vendido aquel piso, viviríamos sin problemas —esa era la respuesta que Marta le soltaba una y otra vez.
A Álvaro le dolía, pero reconocía que había algo de razón en sus palabras. Él y su hermana Lucía vivían en el piso de sus padres, el negocio estaba empezando a despegar, y él seguía en la universidad. Tuvo que hacerse cargo antes de graduarse. El piso lo vendieron de mutuo acuerdo con Lucía: era la única forma de salvar el negocio familiar.
En seis meses se acumularon las deudas, y los dos seguían estudiando. Con la venta, pagaron todo, repusieron el stock de la tienda e incluso ahorraron algo.
Marta, en cambio, vivía el día a día sin pensar en el futuro. Desde su burbuja, con sus padres cubriéndole todo, era fácil hablar. Pero Álvaro había madurado de golpe: responsabilidades con Lucía, el negocio, la casa… Creía que todo mejoraría. Pronto tendrían casa, coche y hasta un jardín.
Nada hacía presagiar el desastre.
Quedaron en ir al cine, y Marta le pidió que no pasara a buscarla, que iría sola. Álvaro la esperaba en la parada cuando, de repente, la vio llegar en un Audi último modelo. Bajó, le entregó un libro y soltó:
—Lo siento, no podemos seguir juntos. Me caso —y se dio la vuelta hacia el coche.
Álvaro se quedó helado. ¿Qué había pasado en esos días que había estado fuera? Cuando llegó a casa, Lucía lo miró y lo entendió al instante.
—¿Ya lo sabes?
Él solo asintió.
—Se casa con un ricachón. Quería que fuera su dama de honor, pero le dije que no. ¡Es una traidora! Llevaba meses viéndose con él a tus espaldas…
Álvaro abrazó a su hermana, acariciándole el pelo.
—Tranquila. Que sea feliz. Nosotros —seremos más felices.
Se encerró en su habitación todo el día. Lucía intentaba convencerlo de salir.
—Venga, al menos come algo. He hecho tortilla…
Al anochecer, salió con los ojos encendidos.
—Hay que prepararse.
—¿Para qué? ¿Qué se te ha ocurrido?
—Me casaré con la primera que diga que sí —dijo Álvaro con frialdad.
—¡No puedes! No es solo tu vida —intentó frenarlo Lucía, pero fue inútil.
—Si no vienes, voy solo.
En el parque, varias chicas lo miraron raro. Una se tocó la sien, otra salió corriendo. Pero una tercera, mirándolo fijamente, dijo que sí…
—¿Cómo te llamas, preciosa?
—Esperanza.
—¡Hay que celebrar el compromiso! —y arrastró a Esperanza y a Lucía a una cafetería.
En la mesa, el silencio era incómodo. Lucía no sabía qué decir. Álvaro, en cambio, solo pensaba en venganza. Ya tenía claro que su boda sería el mismo día: el veinticinco.
—Supongo que hay una razón poderosa para pedirle matrimonio a una desconocida —rompió el silencio Esperanza—. Si fue un impulso, no me ofenderé y me iré.
—No. Ya has dado tu palabra. Mañana vamos al registro y a conocer a tus padres.
Álvaro le guiñó un ojo.
—Empecemos por tutearnos.
Durante el mes previo a la boda, se vieron todos los días. Hablaban, se conocían.
—¿Me dirás por qué lo hiciste? —preguntó Esperanza una vez.
—Cada uno tiene sus trapitos sucios —esquivó Álvaro.
—Lo importante es que no te impidan vivir.
—¿Y tú por qué aceptaste?
—Me imaginé como una princesa entregada al primero que pasaba. En los cuentos siempre acaba bien: “Y vivieron felices”. Quise comprobarlo.
Pero no era tan simple. Un amor pasado le dejó el corazón roto y hasta le vació la hucha. Pero aprendió a leer a la gente. A los que se le acercaban con intereses, los espantaba con solo mirarlos.
No buscaba al hombre perfecto, pero sí alguien inteligente, independiente y con carácter. En Álvaro vio determinación y seriedad. Si hubiera estado con amigos y no con Lucía, ni lo habría mirado.
—Entonces, ¿quién eres, princesa? —pensativo, la observó—. ¿La triste, la bella o la rana?
—Con un beso lo sabrás —sonrió ella.
Pero no hubo besos. Ni más.
Álvaro se encargó de todo para la boda. Esperanza solo elegía entre lo que él le presentaba. Hasta el vestido y el velo los compró él.
—Serás la más guapa —repetía.
En el registro civil, justo antes de la ceremonia, se toparon con Marta y su prometido. Álvaro forzó una sonrisa.
—Enhorabuena —le dio un beso en la mejilla—. Que seas feliz con tu cartera con patas.
—No montes un número —respondió Marta, nerviosa.
Echó un vistazo a la novia de Álvaro. Imponente, hermosa, con clase. Se movía como una reina. Marta no le llegaba ni a la suela del zapato. Los celos le quemaban el alma. No sentía felicidad. Solo la certeza de haberse equivocado.
Álvaro se volvió hacia Esperanza:
—Todo bien —dijo con voz tensa.
—Aún podemos echarnos atrás —susurró ella.
—No. Jugamos hasta el final.
Y solo allí, al ver los ojos tristes de su esposa, Álvaro entendió lo que había hecho.
—Te haré feliz —dijo, creyéndoselo.
Comenzó su vida en común. Lucía y Esperanza se llevaron bien desde el principio, se complementaban. La impulsiva Lucía aprendió a controlarse, y Esperanza organizaba la casa con maestría.
Como economista experta, puso orden en las finanzas. En seis meses abrieron una segunda tienda y después montaron equipos de reformas. No solo vendían materiales, sino que también hacían reparaciones. Las ganancias se multiplicaron.
Era la auténtica Sabiduría: sabía presentar ideas de modo que Álvaro creía que eran suyas. Todo iba sobre ruedas, pero a él le pesaba la rutina. Echaba de menos el vértigo que sentía con Marta. “Esto es un pantano”, pensaba.
Con el esfuerzo de Esperanza, entraron en el negocio de casas llave en mano. La primera se la hicieron a ellos mismos.
Cuanto mejor les iba, más recordaba Álvaro a Marta: “No supo esperar. Ahora mira el coche que tengo, y la casa… ¡un palacio!” Se enorgullecía. Y cada vez pensaba más: “¿Y si…?”
Esperanza notaba su tormento. Quería ser amada, pero al corazón no se le manda. “No todos los cuentos terminan bien”, pensaba, pero no perdía la esperanza. Lucía también vigilaba a su hermano.
—Vas a perder más de lo que ganas —le dijo al pillarlo mirando el perfil de Marta.
—¡No te metas! —cortó él.
—Eres un—Esperanza es la mejor cosa que te ha pasado, y si la pierdes por una tontería, no te lo perdonaré —le advirtió Lucía, pero en ese momento Álvaro solo pensaba en Marta, hasta que un día, al verla de nuevo, comprendió que lo que realmente quería era la vida tranquila y llena de amor que ya tenía con Esperanza, así que dejó atrás el pasado y al fin pudo decirle de verdad: “Te amo” mientras la abrazaba bajo el sol de la tarde.





