La etapa de los cambios

La Adolescencia

Lucía caminaba hacia su casa, agotada y vacía por dentro. En una mano llevaba el bolso, en otra, una bolsa con la compra del día. Las piernas le pesaban como plomo. Solo quería sentarse en el suelo y no moverse. Pero en casa la esperaba Álvaro, su hijo, el único sentido de su vida. Sin él, habría dejado atrás hace tiempo su existencia sin rumbo.

Unos nacen con estrella y otros estrellados, decía el refrán. Lucía claramente pertenecía a los segundos. Con dieciséis años, en el cumpleaños de una compañera de clase, conoció a un chico dos años mayor. Le parecía maduro, seguro de sí mismo, alguien que rompía las reglas sin miedo. Se enamoró perdidamente, cegada por esa pasión adolescente.

Lucía no era una belleza, pero era dulce y atractiva, como lo son muchas chicas a esa edad. Ojos castaños y sinceros, pelo liso y oscuro, labios bien definidos, una figura esbelta con curvas en los lugares adecuados.

En enero, su madre fue ingresada en el hospital por una neumonía. El piso quedó a su entera disposición, y fue entonces cuando todo ocurrió. Cayó en promesas de amor eterno, en palabras melosas que los jóvenes repiten sin pensar.

Cuando Lucía descubrió que estaba embarazada, corrió hacia su novio.

«¿Y yo qué culpa tengo? ¿Padre yo? Ni lo sueñes. Búscate a otro tonto…», le espetó antes de desaparecer para siempre de su vida.

¿Qué hacer? ¿Con quién hablar? Los días pasaban y Lucía no se atrevía a confesárselo a su madre.

Llegó la primavera, y con ella, la ropa ligera. Lucía se paró frente al espejo intentando abrocharse unos vaqueros que ya no le cerraban. La blusa también le quedaba ajustada en el pecho.

«Has engordado», dijo su madre desde la puerta. Lucía se sobresaltó. Su madre la giró hacia ella, llevándose las manos a la boca.

«¿De quién es? ¿Cuánto tiempo llevas así? ¡¿Por qué no me lo dijiste?!», comenzó a lamentarse.

Gritos, reproches, lágrimas. Su madre la persiguió por el piso con una toalla en la mano, furiosa. Luego, se abrazaron en el sofá, deshechas. Ya era tarde para un aborto.

Lucía aprobó los exámenes finales, pero no entró en la universidad. A finales de septiembre dio a luz a un niño precioso, en cuyos rasgos se adivinaba la herencia de aquel chico irresponsable.

Cuando Álvaro creció, su madre consiguió que Lucía entrara a trabajar en una oficina de servicios municipales. El trabajo era agotador. Los vecinos siempre protestaban, exigían, amenazaban. Por las noches, limpiaba despachos para ganar un extra. Álvaro necesitaba ropa, la guardería costaba dinero.

El niño crecía tranquilo, sin dar problemas. Lucía se privaba de todo, pero él nunca careció de amor, atención o juguetes.

Cuando Álvaro empezó el colegio, su madre enfermó gravemente y murió ocho meses después. Lucía encontró otro trabajo de noche, limpiando una oficina cercana. Volvía a casa muerta de cansancio.

Y entonces llegó la adolescencia de Álvaro. Se volvió hosco y distante. Ignoraba sus preguntas, contestaba con mal humor. Lucía temía que cayera en malas compañías, pero apenas tenía energía para preparar la cena y preguntarle cómo le había ido el día.

Últimamente, notaba moratones en sus brazos, arañazos en la cara. Siempre tenía excusas: «Me caí en gimnasia», «Me tropecé».

Hasta que un día lo vio con una chica. No era la chica en sí lo que le preocupaba, sino cómo iba vestida: una sudadera negra tres tallas más grande, pantalones anchos, pelo teñido de morado y un aro en la nariz. Quizá era buena persona, quizá solo era moda. Pero algo no le cuadraba.

Intentó hablar con Álvaro, pero él, como siempre, se encerró en su habitación. Lucía decidió esperar. Prohibirle las cosas solo empeoraría la situación. Pero el corazón le dolía. Pasaba horas solo en casa. ¿Repetiría sus errores? ¿Iría a peor?

Regresaba del trabajo, arrastrando los pies, buscando entre los árboles la luz de su ventana. Las ventanas estaban oscuras. Álvaro no estaba en casa.

Subió las escaleras como si llevara el peso del mundo. Los mangos de la bolsa le marcaban las manos. De pronto, pasó corriendo a su lado Íker, un amigo de Álvaro.

«¡Íker!», lo llamó. «¿Adónde vas tan rápido?»

El chico frenó en seco, dubitativo, antes de volver hacia ella.

«Señora Lucía… Álvaro no está en casa. Eso significa que está con ellos…».

«¿Con quién? ¡Habla claro!», le suplicó.

Íker tragó saliva. «Escuché una conversación… La novia de Álvaro lo retó a saltar entre los tejados. Que si lo hacía, era prueba de amor. Sus amigos iban a grabarlo para subirlo a las redes. Fui a avisarlo, pero… creo que ya se fue con ellos».

Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La bolsa se le escapó de las manos, derramando la compra por las escaleras. Un cartón de leche se reventó, y el líquido blanco resbaló escalón abajo.

Un vecino salió al escándalo y se acercó a ayudarla.

«¿Qué ha pasado? ¿Le han robado?».

Lucía apenas podía respirar. «Íker dice que Álvaro… que va a saltar entre los tejados…».

El vecino, sin pensarlo, recogió lo que pudo y se lo entregó. «Vuelva a casa. Yo iré».

Lucía obedeció, pero la ansiedad no la dejaba estar quieta. Lavó el suelo de la escalera, aunque una vecina chismosa le preguntó si ahora se dedicaba a limpiar portales.

Se asomó a la ventana, buscando entre los edificios. ¿Debía llamar a la policía? ¿Y si no le hacían caso?

En la nevera, una estampita de la Virgen, que su madre le había traído de la iglesia, la observaba con tristeza.

«Ayúdame… por favor, protégelo», susurró, apretando las manos.

El timbre la sobresaltó. En la puerta estaba Álvaro, con la capucha baja y el vecino a su lado.

«Aquí lo tiene, sano y salvo», dijo el hombre, empujando suavemente al chico hacia ella. «Llegué a tiempo. ¿En qué estabas pensando? El amor no justifica una locura así. Si te sobran energías, ayuda a tu madre, que se mata a trabajar por ti».

Lucía lo abrazó con fuerza, como si temiera que se esfumara.

«Mañana a las cinco. Ropa deportiva», le dijo el vecino a Álvaro.

Lucía lo miró, confundida.

«Tengo tiempo y ganas de enseñarle algo útil. Autodefensa, para que no se deje embaucar por tonterías».

«Gracias… ¿Quiere pasar a tomar algo?».

«Otro día».

Cuando se quedaron solos, Lucía buscó los ojos de su hijo.

«Perdóname… No he sabido darte lo que necesitabas».

«Mamá, no…».

«Sí. Te faltó alguien que te guiara. Alguien como… ese hombre».

«Se llama Javier», murmuró Álvaro.

Lucía sonrió. «Pues ve con él. Aprende. Crece».

Desde entonces, Álvaro acudía a entrenar con Javier. Incluso empezó a esperarla a la salida del trabajo, cargando las bolsas, hablando de susCon el tiempo, Javier pasó de ser un mentor a convertirse en alguien especial para ambos, llenando esos huecos que la vida les había dejado.

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La etapa de los cambios