Eres mi universo

“Eres mi mundo”

Daniel y Lucía vivían en el mismo edificio, en el quinto piso. Daniel acababa de empezar cuarto de primaria y ya se le consideraba lo suficientemente responsable para cuidar de Lucía, una niña de cinco años que vivía justo enfrente. Su madre era cirujana y los fines de semana la llamaban a menudo para atender emergencias.

Daniel actuaba con Lucía como un auténtico hermano mayor: la alimentaba, la defendía y hasta la regañaba cuando era necesario. Ella lo obedecía sin rechistar, siguiéndolo a todas partes con sus grandes ojos negros llenos de admiración.

Un día, Lucía enfermó de anginas. ¿Y quién se resfría en pleno junio? Daniel pasó días enteros a su lado. Sus amigos ya sabían dónde encontrarlo. Llamaron al timbre de Lucía para que saliera a jugar al fútbol.

—No puedo —respondió Daniel con seriedad—. Estoy con Lucía.

—Pues tráetela, que sea nuestra animadora —propuso Álvaro.

—No, tiene fiebre. Hoy jugáis sin mí.

—¿Y quién va a ponerse en la portería? —protestó Pablo, decepcionado.

—Pues haced turnos —sugirió Daniel, viendo sus caras largas.

—Así no es divertido. Pues nosotros tampoco vamos.

—Entrad —suspiró Daniel, dejando pasar a los chicos.

Lucía, con un pañuelo enrollado alrededor del cuello, estaba sentada en el sofá hojeando un cuento. Al verlos, sus ojos brillaron de alegría.

—Mis amigos, Pablo y Álvaro —dijo Daniel señalándolos—. Se quedan un rato con nosotras, ¿te parece?

—Leedme un cuento —pidió Lucía con esa inocencia que solo tienen los niños.

—Mejor hacemos una cabaña —Pablo miró fijamente la mesa redonda del salón.

—¿Cómo? Necesitaríamos ramas y paja —dijo Lucía, sus ojos brillando ya fuera por la fiebre o por la emoción.

—No hace falta paja. ¿Podemos usar el cubresofá? —preguntó Pablo—. Lo ponemos sobre la mesa y ya está.

Pero un solo cubresofá no bastó. Lucía le dijo a Daniel dónde guardaban una manta adicional. Pronto, los cuatro estaban agachados bajo la mesa. Aquel “refugio” improvisado era estrecho, sofocante, oscuro… y fascinante.

—Vamos a contar historias de miedo —propuso Álvaro—. Mi bisabuelo luchó en la guerra.

—¿Y qué? Eso es aburrido —se quejó Pablo.

—Tienes idea de cuántas medallas tenía? Ni se podían contar —fanfarroneó Álvaro—. Llevó pan a Madrid durante el asedio.

—Qué rollo con la guerra. Da igual —resopló Pablo.

—Pues él contaba que la gente comía no solo gatos y perros, sino hasta a sus propios familiares. Cortaban pedazos y los hervían. Y el pan lo hacían con serrín —insistió Álvaro.

—¡Qué asco! No se puede comer gente —Lucía se estremeció, aferrándose a Daniel.

—Yo sé historias peores del Hombre del Saco —dijo Pablo, entusiasmado—. El año pasado en el campamento las contábamos de noche. Dan mucho miedo.

Lucía se quedó paralizada. La palabra “saco” ya le resultaba aterradora, más aún en la oscuridad de aquella cabaña. Y cuando Pablo dijo “miedo”, empezó a temblar.

—Va vestido todo de negro. Si te descuidas, te atrapa y te lleva lejos. Y nadie vuelve a verte jamás. Aparece y desaparece como una sombra. Y le encantan los niños desobedientes que se escapan de casa…

—¡Basta! La vas a asustar —cortó Daniel en seco, notando cómo Lucía se estremecía contra él—. Luego no podrá dormir. Es pequeña todavía.

—No soy pequeña —se ofendió Lucía—. Pero no quiero oír más del Hombre del Saco. Me da miedo —su voz temblaba, a punto de romper a llorar.

De pronto, se oyó el portazo de la puerta. Todos se quedaron en silencio. Fuera, unos pasos lentos y cautelosos se acercaron hasta detenerse justo al lado. Pablo se removió, Álvaro respiró agitado. Lucía apretó el pecho de Daniel, donde su corazón latía fuerte y rápido.

De repente, el borde de la manta se levantó. Lucía cerró los ojos y gritó.

—¡Aquí estáis! —era la voz de su madre.

—¡Mamá! —Lucía salió corriendo de debajo de la mesa y se abalanzó sobre ella.

—¿Por qué está la mesa cubierta? ¿Qué hacíais ahí? —preguntó la madre, mirando a los chicos despeinados que salían arrastrándose.

—Era una cabaña. Contábamos historias de miedo —balbuceó Lucía.

—¿Y no te asustaste? —preguntó su madre.

—Sí… Y cuando oímos los pasos, pensé que era el Hombre del Saco —confesó, aún temblorosa.

—¿Qué Hombre del Saco? —su madre lanzó una mirada acusatoria a los chicos, deteniéndose en Daniel, quien bajó la cabeza, avergonzado.

—Vale, desmontad esto y a lavarse las manos. Vamos a comer —dijo, llevándose a Lucía a la cocina.

Después de comer, Daniel y los chicos salieron a jugar al fútbol. La madre acostó a Lucía, pero cada vez que cerraba los ojos, imaginaba al Hombre del Saco acechándola.

Cuando Daniel llegó a secundaria, Lucía empezó primaria. Él ya era casi un hombre y apenas la cuidaba. Ella había crecido y podía quedarse sola. Aun así, a menudo iba a su casa, ya fuera para preguntarle algo o refugiarse cuando tronaba. Le aterraban las tormentas.

Si Daniel y sus amigos iban al cine o a patinar, Lucía siempre se colaba. Si no querían llevarla, usaba sus lágrimas con maestría femenina. Y Daniel, apiadándose, convencía a los demás.

Fue él quien le enseñó a patinar, a calentar sopa en el microondas y a amar las novelas de aventuras. En bachillerato, Daniel ya salía con una compañera guapa, Natalia. Una vez, Lucía los vio besándose tras el edificio. Su corazón infantil se rompió de celos.

Tras la escuela, Daniel entró en la academia militar. Volvía poco a casa. A Lucía le alegraba que no tuviera chicas cerca, pero también le entristeció no verlo.

En uno de sus permisos, al no encontrar a sus padres en casa, fue a ver a los vecinos. Al ver a Daniel con su uniforme militar, Lucía se ruborizó. Él también notó cuánto había crecido y lo hermosa que se había vuelto. Durante la comida, no dejaba de mirarla. Bajo su mirada, sus pestañas temblaban y sus mejillas ardían.

Su madre le preguntó sobre sus estudios y su destino tras la academia. Daniel hablaba sin apartar los ojos de Lucía, como si solo a ella le contara todo. Su corazón latía con fuerza. Cuando sus padres volvieron, Daniel se marchó, dejándola confundida. No lo volvió a ver antes de su partida.

Tras graduarse, Daniel fue destinado a la frontera sur, mientras Lucía entraba en la facultad de medicina. Tres años después, volvió de permiso. Ella esperó con ansia, acechando tras la ventana, conteniendo la respiración cada vez que oía pasos.

—Él ya es un hombre. Debería casarse. Y tú tienes que estudiar. Olvídate de él. Solo te ve como una hermanita —le decía su madre.

Lucía lo entendía, pero no podía aceptarlo. Pasaban los días y Daniel noY así, entre lágrimas y risas, entre el pasado que los unió y el futuro que ahora compartían, Daniel y Lucía comprendieron que el amor verdadero no tenía prisa, solo esperaba el momento perfecto para florecer.

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