Cuando hay secretos por ocultar

Cuando hay algo que ocultar

Javier aparcó junto al destartalado bloque de cinco plantas, situando el vehículo de modo que la matrícula no llamase la atención. Miró con desdén los balcones desconchados y sin cristales, las ventanas ciegas. Los modernos acristalamientos parecían parches recién cosidos sobre una ruina. En definitiva, el edificio tenía el mismo aspecto que un vagabundo: vestido con lo que encontró en la basura.

Perdido entre árboles raquíticos y otros bloques igualmente decadentes, aquel lugar había sobrevivido a cambios de gobierno y épocas enteras, languideciendo como sus habitantes.

A Javier le quemaba la vista de tan solo mirarlo. Había crecido en un sitio igual, y soñó toda su juventud con escapar. No solo lo soñó: trabajó sin descanso para lograrlo. Sacó buenas notas, eligió la carrera adecuada, luego estudió económicas. ¿Cómo iba a triunfar en los negocios sin entender los números?

Cuando lo consiguió todo, trasladó a sus padres a un barrio mejor. Les compró una casita moderna, con setos recortados y flores en la fachada. Detrás, su madre cultivaba un pequeño huerto. Algo la distraía.

Las mujeres no se fijaban en él solo por el dinero. Era atractivo, generoso, detallista. Casi se casa un par de veces con bellezas esculpidas por cirujanos. Pero al imaginarlas junto a su madre, sencilla y callada, sintió vergüenza ajena.

Lucía lo conquistó con su belleza natural y una sonrisa tímida. Se enamoró enseguida. Al mes la presentó a sus padres. Su madre asintió en silencio, aprobando.

¿Quién no caería ante esa dulzura? Acostumbrada a lo esencial, Lucía era modesta y discreta. Su padre había muerto, y luego su madre, devorada por un cáncer rápido. Javier la colmó de cariño. Incluso un año después de la boda, seguía ruborizándose como un adolescente.

Hasta que su socio y amigo le dijo que había visto a Lucía en aquel barrio olvidado, frente al bloque ruinoso. ¿Qué hacía ella allí? No tenía ningún asunto en ese lugar.

—¿Y tú qué pintabas por ahí? —preguntó Javier.

—Esquivaba un atasco. Me perdí entre callejones y acabé ahí.

¿Lucía le estaba siendo infiel? No podía ser. Pero un escalofrío le recorrió la espalda, los puños se cerraron solos.

—Quizá me equivoqué —rectificó su amigo al ver su expresión—. Es guapa, pero hay muchas como ella. Perdona.

En casa, Lucía actuó con normalidad: sonriente, cariñosa. Si hubiese tenido un amante, pensó él, evitaría el contacto. Pero ella se acurrucó contra él, dócil, entregada.

Algo no encajaba. O era una actriz brillante, o su amigo mentía. ¿O acaso era otra cosa?

La incógnita lo devoró. Decidió espiarla. En la hora del almuerzo —cuando su amigo la vio—, Javier esperó frente al edificio, la música encendida para no pensar.

Estuvo a punto de irse cuando, de repente, apareció Lucía. Corrió hacia un portal, abrió con llave la puerta llena de grafitis y anuncios rotos, miró alrededor y entró.

«Tiene llave. Interesante». Su corazón latió como el de un perro siguiendo un rastro. Casi la sigue, pero se contuvo: sin llave, jamás la alcanzaría. Esperó, tamborileando en el volante al ritmo de Alejandro Sanz.

Cuarenta minutos después, un taxi amarillo se detuvo. Lucía salió y se marchó.

Javier no la siguió. Fue a la oficina, pero no pudo concentrarse. Regresó temprano y bebió coñac, algo que jamás hacía de día. «Lucía, ¿por qué? Pensé que eras distinta».

—¿Por qué estás a oscuras? —la voz de Lucía lo sobresaltó—. ¿Bebiendo? ¿Qué pasa?

Él notó cómo sus ojos se dilataban. ¿Miedo?

—Todo bien. ¿Y tú? ¿Nada que contarme? —gruñó.

—No entiendo.

«Menuda actuación».

—¿Dónde estabas al mediodía? —miró la botella, tentado.

—¿Viniste a mi trabajo? No me avisaron.

Lucía palideció, los hombros cayeron.

«¿Atrapada? Vamos, cuéntame. ¿Qué hacías allí?».

—No me mientas —dijo él en voz alta.

—Quería decírtelo… —se dejó caer en el sofá.

Javier observó su espaldo encorvado. «¿Jugando a la víctima? No funcionará».

—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó frío—. ¿Cuánto llevas engañándome?

—Yo… Quise contártelo desde el principio, pero no pude. Luego…

—Sigue.

—No bebas más. Mañana dolerá.

—Ya me duele la cabeza. Preocúpate por la tuya —espetó Javier, doblando la apuesta con otro trago.

El miedo volvió a sus ojos.

«No, así no. Quiero verte la cara».

Se acercó, giró el sofá de un empujón. Lucía gritó, casi cae. Él regresó a la barra, el corazón a mil. «No más alcohol. Perderé el control».

—Tenía miedo —susurró ella, aferrándose al sofá—. Si supieras la verdad, quizá me echarías.

—¿Así que me engañabas desde el principio? —rio él, ebrio—. En el pueblo callado… ya sabes.

—Por favor, no sigas bebiendo.

—Habla.

—Voy a ver a mi padre. Allí vive él. No un amante.

—Ah, ¿tu padre? —Javier se balanceó en la silla—. ¿No habías dicho que estaba muerto?

—Lo dije. Me daba vergüenza. Creí que lo estaba. Mamá lo echó de casa por beber. Un año después, ella enfermó y murió. —Lucía apretó las manos entre las rodillas—. Después de la boda, una antigua vecina me llamó. Lo encontró en la calle, malherido. Trabaja en un hospital.

—¿Y no podías decírmelo? Yo te ayudo. Podemos traerlo aquí, contratar a alguien.

Lucía lo miró, desconcertada.

—¿No estás enfadado?

—No. Es tu padre.

—¡Eres el mejor! —abrazó su cuello.

«Si supieras lo “bueno” que soy. Fui yo quien lo atropelló. Algún día te lo diré. Pero no hoy».

—Solo no me obligues a verlo —frunció el ceño.

A veces, desde la ventana, veía a una mujer corpulenta pasear a un hombre en silla de ruedas por el jardín. Nunca se acercó. ¿Vergüenza? El antiguo vagabundo no lo reconocería, pero aun así…

Un mes después, Lucía anunció que esperaban un hijo. Al principio, él sospechó. Hasta que vio su felicidad.

—¡Un hijo! —gritó, girando con ella en brazos.

Cuando el embarazo avanzó, su padre murió. Javier respiró aliviado. Creía que Lucía también.

Sin el hombre, no había culpa.

El destino entrelaza vidas antes de que sus dueños se conozcan. Los secretos duermen en armarios, pero siempre despiertan. ¿Y entonces?

Quizá quien perdona, será perdonado. A su tiempo.

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