No le agrado a tu madre. ¿Por qué? No le he hecho nada malo, preguntó.

—No le agrado a tu madre. ¿Por qué? Nunca le hice nada malo —preguntó Tania.

—Óleg, ¿adónde vas con tanta prisa? Come tranquilo —dijo Verónica Mijáilovna con firmeza.

—Mamá, llego tarde. —Óleg tomó un gran bocado del bocadillo, bebió un trago de café y salió corriendo de la cocina.

—Así te vas a gastar el estómago… —refunfuñó Verónica Mijáilovna, arrastrando sus cortas piernas tras él—. ¿Tan deprisa vas a ver a tu Tania? No sé qué le ves. Liza es una chica guapa, elegante y está enamorada de ti. Ella sí que es buena pareja para ti.

Óleg, mientras terminaba de atarse los cordones de las zapatillas, seguía masticando el bocadillo en silencio.

—Igual que un niño —murmuró su madre, sacudiendo la cabeza—. Si esa Tania tuya te quisiera de verdad, te esperaría cinco minutos sin morirse.

—Mamá, basta —Óleg se enderezó, ajustándose la camiseta—. Es mi vida. Yo elijo con quién quiero estar.

—Sí, tú decides. Y luego, cuando te arrepientas, ya será tarde. Una chica como Liza no estará soltera mucho tiempo… —Las últimas palabras las dijo ya con la puerta cerrada.

Con los labios apretados, regresó cojeando a la cocina. Acabó la mitad del bocadillo que su hijo había dejado, mirando fijamente la pared. Después, furiosa, empezó a fregar la cocina de gas. Cuando estaba enfadada o disgustada, siempre limpiaba algo a conciencia.

Cuando sonó el timbre, pensó que sería Óleg, habiéndose olvidado algo. Verónica Mijáilovna se apresuró a abrir. Pero en lugar de su hijo, encontró en el umbral a Tania. La delgada muchacha sonreía, mirándola con aquellos grandes ojos grises, llenos de ilusión, como los de un niño que espera un milagro.

—Verónica Mijáilovna, buenas tardes. ¿Está Óleg…?

—Salió hace cinco minutos. ¿No os habéis cruzado? —preguntó Verónica, forzando una sonrisa. Era difícil saber si estaba contenta de verla o disfrutaba molestándola.

—Qué pena. Dígale que pasé por aquí. Mi madre y yo nos vamos a casa de mi abuela. La han ingresado en el hospital.

—Se lo diré. ¿Por qué no lo llamas tú?

—Lo he intentado. Tenía el móvil apagado.

Verónica siempre insistía en que silenciara el teléfono en casa. Decía que los timbrazos le provocaban migrañas.

Cuando Óleg regresó cabizbajo veinte minutos después, su madre le preguntó con sorna:

—¿Qué haces de vuelta tan pronto, hijo?

—No vino. Y no está en casa. Mamá, ¿ha venido Tania?

—¿Tendría que venir? —fingió sorpresa Verónica—. Habrá surgido algo. No se va a perder esa chica tuya. Ya aparecerá.

Más tarde, Óleg se marchó a entrenar, y Verónica, tras dejar la cocina reluciente, salió a hacer la compra. Allí se encontró con Liza, una antigua compañera de clase de su hijo.

Verónica creía firmemente que la belleza era importante para una mujer. Y Liza era hermosa, no como aquella Tania flacucha y ojeroso. Pero lo mejor era que su padre trabajaba en el ayuntamiento. Con un suegro así, Óleg tendría posición social, un buen trabajo, un piso… No podía ser deportista toda la vida. Verónica no era interesada, pero no iba a dejar que su único hijo malgastase su futuro. Había que ser inteligente en la vida.

—Hola, Liza cariño —saludó Verónica con voz melosa—. Hacía mucho que no te veíamos.

—Hola. Me encantaría visitarlos, pero Óleg tiene novia. Ni me mira. —Liza entró al juego al instante, haciendo un mohín con sus labios carnosos.

—Bah, tonterías. Tú insiste, invítalo al cine, a dar un paseo…

—Lo he intentado, pero siempre está ocupado.

—Ya sé con qué —replicó Verónica, agitando la mano—. Por cierto, Tania se ha ido hoy. Dijo que estaría fuera una semana. Así que no pierdas la oportunidad. Pasa esta tarde, tomaremos un té.

Liza acudió esa misma noche. Verónica se fue a la cocina “a poner la tetera”, guiñándole el ojo hacia la habitación de Óleg. Liza llamó y entró. Él estaba tumbado en el sofá, mirando al techo.

—Hola. Hoy me encontré con tu madre en la tienda. Me invitó a pasar. ¿Por qué estás tan serio? ¿Vamos al cine? Hace buena tarde.

—Liza, vengo del entrenamiento, estoy agotado. Otro día, ¿vale? —Óleg se sentó a regañadientes.

—Bueno, te tomo la palabra. Iremos otro día —aceptó ella alegremente.

Se sentó y empezó a preguntarle por los entrenamientos, las competiciones, todo lo que le importaba a Óleg, aparte de Tania. Luego tomaron té en la cocina, y Verónica sugirió que Óleg acompañase a Liza, porque una chica tan guapa no debía caminar sola por la noche…

***

Tania adoraba a su abuela. Por ella había estudiado Medicina. La abuela siempre estaba enferma, pero odiaba a los médicos y los hospitales.

—Cuando sea mayor, te curaré yo —le decía Tania de pequeña. Ahora ya iba por cuarto curso de la facultad.

El médico dijo que no era nada grave, solo presión alta, y que en una semana la darían de alta. Tania, aliviada, se preparó para volver a casa.

—¿Adónde vas? Son vacaciones. Tu Óleg no se va a escapar —refunfuñó su madre.

—Mamá, la abuela está mejor. Quédate tú con ella, y cuando Óleg se vaya a las competiciones, vendré yo a relevarte.

—Bueno, vete —suspiró la madre, moviendo la cabeza—.

«Óleg es un buen chico. Pero no está bien obsesionarse tanto. —La madre recordó lo enamorada que había estado del padre de Tania. Pensó que su amor duraría para siempre. Pero cuando Tania cumplió ocho años, él se fue con otra—. Quizá a mi hija le vaya mejor. Ojalá.»

Tania regresó y, sin pasar por su casa, fue directa a ver a Óleg.

Verónica Mijáilovna abrió la puerta. Tania se encontró con su mirada fría como un muro.

«Otra vez esta pesada. No hay manera de quitársela de encima. Justo cuando Óleg y Liza empezaban a llevarse bien…» Pero Verónica esbozó una sonrisa falsa y le informó que Óleg no estaba, sin saber cuándo volvería.

—Le diré que pasaste —dijo, cerrando la puerta. «Qué insistente.»

Tania volvió a llamar a Óleg. ¿No contesta? No le había dicho que volvería antes, quería darle una sorpresa. Bajó al descansillo y se quedó junto a la ventana, desde donde se veía todo el patio. Esperó bastante rato. Un anciano la miró con desaprobación al pasar.

Estaba a punto de irse cuando vio a Óleg acercándose. Pero no era el único que lo esperaba. De la nada apareció una chica. Tania reconoció a la antigua compañera de clase de Óleg. Esta se abalanzó sobre él, abrazándolo y besándole en la mejilla. No fue un beso amistoso, sino uno prolongado.

Óleg no la apartó, aunque tampoco la abrazó. Tania, desconcertada, se apartó de la ventana y comenzó a bajar lentAl cabo de los años, comprendieron que el amor verdadero no se rinde ante los obstáculos, sino que espera pacientemente su momento para florecer de nuevo.

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MagistrUm
No le agrado a tu madre. ¿Por qué? No le he hecho nada malo, preguntó.