El coche corría por la ciudad en plena noche. Dentro iban dos personas, un hombre y una mujer. Desde fuera, cualquiera habría pensado que eran marido y mujer, apresurándose para volver a casa donde les esperaban sus hijos.
—¿Puedes ir más rápido? —preguntó ella, con los nervios a flor de piel.
—Es peligroso. Aunque las calles parezcan vacías, no lo están. Oye, ¿cuándo piensas decirle la verdad? ¿Hasta cuándo seguiremos escondiéndonos? Dile ya, sería mejor para todos —contestó él, con voz firme.
—¿Mejor? ¿Para quién? ¿Para nosotros, quizá? Pero ¿y para Lucía? Ella adora a su padre. Y él a ella. ¿Qué pasará con los dos cuando se enteren? Sería cruel —intentó justificarse ella.
—¿Y mentirle todos estos meses no es cruel? ¿Crees que no lo sospecha? Estoy harto de compartirte con él. Si quieres, se lo digo yo mismo, de hombre a hombre.
—No, por favor. Déjame a mí. Dame tiempo —Ella agarró la mano de él, que descansaba sobre el volante, y la apretó con fuerza—. Te quiero muchísimo. Pero no me presiones. Prometo que hablaré con mi marido pronto.
El hombre giró la cabeza, encontró la mirada de su amada y se inclinó hacia ella para besarla.
De repente, al salir de una curva, un todoterreno negro apareció de frente, arrebatándoles el destino. El grito de la mujer se ahogó entre el estruendo de metal destrozado…
***
El tono de llamada del móvil atravesó su sueño ligero. Durante un instante, Adrián flotó entre la vigilia y el sueño, pero al segundo siguiente abrió los ojos.
Laura había llamado a las ocho de la tarde para decir que llegaría tarde. Una amiga tenía problemas y no podía dejarla sola en ese estado. Prometió contarle todo después. Él no tuvo tiempo de preguntar qué amiga, ni qué estado. Claro, podía llamar a las amigas cuyos números guardaba en su teléfono. Pero le pareció humillante, para él y para su mujer.
Adrián empezó a sospechar algo raro hacía un par de meses. Demasiadas tardes en las que Laura llegaba tarde, incluso algún fin de semana en el que salía corriendo con alguna excusa. Demasiadas “amigas” con problemas inesperados que requerían su atención.
Estiró el brazo para coger el móvil de la mesilla. Un número desconocido. El corazón le dio un vuelco.
—Dígame —contestó con voz ronca por el sueño.
—Capitán Morales. ¿Es usted el marido de Laura Méndez Sánchez?
—Sí.
—Su esposa ha tenido un accidente de tráfico… Está en el Hospital Gregorio Marañón, en estado grave…
—¿Está viva? —preguntó Adrián, con la voz temblorosa.
—Sí, pero…
—Papá, ¿es mamá? —En la puerta del dormitorio estaba Lucía, de diez años, mirándole con los ojos llenos de miedo.
Adrián tragó saliva, intentando contener el nudo en la garganta.
—No. Es que… mamá está en el hospital. Ha tenido un accidente.
—¿Se ha muerto?
—No, qué dices. Está viva —se apresuró a contestar.
—Pero tú preguntaste… —Lucía se abalanzó sobre él, le rodeó el cuello con tanta fuerza que apenas podía respirar—. Vamos a verla, por favor. Tengo miedo.
Adrián la separó con cuidado, la sentó a su lado en la cama.
—Ahora no, cariño. El hospital no permite visitas a estas horas. Iremos por la mañana. Ahora a dormir, ¿vale? Si llegamos allí medio dormidos, ¿qué va a decir mamá? —Forzó una sonrisa.
Lucía asintió y volvió a su habitación. Él también se acostó. Por la ventana ya asomaba el amanecer. Recordó haber visto la hora en la pantalla del móvil antes de responder: las dos y media de la madrugada.
Tenía que calmarse. Se llevó la mano al pecho. El corazón latía con fuerza bajo sus dedos.
Por la mañana fueron al hospital. Adrián entró en la sala de médicos, dejando a Lucía en el pasillo.
—¿Usted es el marido? —preguntó un doctor de edad similar a la suya.
—Sí. ¿Cómo está mi mujer?
—Le hemos operado. Traumatismo craneoencefálico, múltiples fracturas… Está en coma.
—¿Cómo ha pasado? Ella no conduce.
El médico se encogió de hombros.
—Solo sé que un todoterreno chocó contra el coche en el que iba su esposa. Ambos conductores fallecieron en el acto. Su mujer tuvo suerte. No le voy a engañar, su estado es crítico. Pero es joven, hay posibilidades.
—¿Puedo verla? Está mi hija en el pasillo…
—Esa decisión es suya. Verá… su esposa no está bien. Pero a veces la presencia de los seres queridos ayuda. Venga conmigo —el médico señaló la puerta.
—¿Quién iba con ella en el coche? —preguntó Adrián mientras caminaban hacia la UCI.
—Eso deberá preguntárselo a la policía. No la moleste demasiado, por favor —abrió la puerta de la habitación.
Adrián no reconoció a Laura. La cabeza vendada, el rostro cubierto de moretones y heridas. Ajena, distante. Sobre la sábana asomaba una mano con el anillo de boda. Su mano.
—¡Mamá! —gritó Lucía, acercándose a la cama y acariciándole la mano—. ¿Está dormida? —preguntó, mirando a su padre.
—Sí. La han operado. Solo podemos verla un momento.
Volvieron a casa en silencio. Adrián llamó a la madre de Laura, le contó todo y le pidió que viniera a cuidar de Lucía. Él tenía que ir a trabajar.
María Luisa entró en el piso con un pañuelo apretado entre las manos.
—¿Quieres que me lleve a Lucía a casa un tiempo? Ahora no puedes ocuparte de ella —sugirió, tras tranquilizarse un poco—. ¿Vienes conmigo, cariño?
La niña asintió.
—Se lo dije… ¿Pero acaso me escuchó? —sollozó María Luisa, y enseguida se calló al ver la mirada de Adrián.
—¿De qué le advirtió, María Luisa?
Ella negó con la cabeza, se secó las lágrimas con el pañuelo.
—Dígamelo. Al final lo sabré igual.
—Perdóname, Adrián. Le decía que esto no le traería nada bueno. Discutíamos. —Hizo un gesto de impotencia con la mano—. Solo repetía: “Le quiero, no puedo vivir sin él…”. Se volvió loca. Ay, perdón por decirlo así… Ojalá lo hubiera hecho ella misma…
Adrián sintió de nuevo el dolor en el pecho. Respiró hondo, conteniendo la rabia. Lo había intuido, había notado los cambios en Laura, pero no quiso aceptarlo.
—¿Quién es él? —preguntó con voz ronca.
—Rubén Hidalgo. Estaba enamorado de ella desde el instituto. Luego se fue al extranjero. Cuando regresó, empezó todo…
Hidalgo. Adrián lo había visto una vez. A veces, cuando podía, pasaba a buscar a Laura al trabajo. La esperaba en el aparcamiento. Ella salía corriendo hacia su coche, radiante.
Hacía un par de meses, él también fue a buscarla. En el aparcamiento la vio con un hombre. Se miraban como si nada más existiera. Era evidente que los unía algo más queAdrián miró por el espejo retrovisor, vio a Lucía durmiendo en el asiento trasero y sintió que, pese a todo, el camino por delante estaría lleno de segundas oportunidades.





