El motor del coche ronroneaba de forma relajante, y el interior olía a cuero y a ambientador. El asfalto gris con sus líneas blancas perfectas desaparecía bajo las ruedas mientras el sol apenas comenzaba a ascender, prometiendo un cálido día de verano. Lucía recostó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.
—Duerme un poco. Faltan unos veinte minutos —dijo Javier a su esposa.
—Preferiría dormir en casa, en mi cama calentita. Al fin y al cabo es fin de semana. Podrías haber venido solo. Al final, son tus amigos —respondió Lucía sin abrir los ojos.
—¿Y qué haría yo aquí sin ti? Todos vienen con sus mujeres. Creía que tú y Laura también os llevabais bien. Además, no hay mejor descanso que el campo, no la cama. —Javier hizo una pausa—. Hacía mucho que no nos juntábamos. ¿Te acuerdas de antes?… Ah, sí, Jorge vendrá con su nueva mujer. ¿Te lo dije? No, ¿verdad? Imagínate, se ha casado. A ver quién ha podido conquistar su corazón tanto como para que renuncie a su libertad.
Lucía valoró la noticia, se incorporó y abrió los ojos.
—¿Ya lo has visto?
—Claro, pero rápido, sin detalles. Qué ganas de charlar como antes, de sentarnos alrededor de una hoguera con la guitarra. Ay, qué tiempos —suspiró Javier.
—Ahora volveréis a juntaros todos los fines de semana —refunfuñó Lucía.
—Venga, hombre. ¿Qué tiene de malo? Somos amigos desde la universidad. Nos conocemos desde hace mil años. Cuando a tu madre le pasó lo del corazón, Jorge no dudó en prestarnos el dinero para la operación.
Lucía volvió a recostarse.
—Eso es cierto. Jorge es un buen tipo. Pero qué decir de Pablo y Laura…
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Javier sorprendido.
—Parece que no son una familia, sino que están jugando a serlo. Como si fuesen extraños, no cercanos. No sé cómo explicarlo.
—Nunca lo noté. A mí me parecen buena gente. ¿Sabes que Laura y Jorge salieron juntos? Sí, un amor tremendo, todos pensaban que se casarían en primero. Pero luego algo se rompió. Laura terminó casándose con Pablo.
—No me lo habías contado. —Lucía giró la cabeza hacia su marido.
—Fue hace mucho. Han pasado ríos de tinta desde entonces. —Javier guardó silencio.
El motor seguía ronroneando, y Lucía cerró los ojos de nuevo. Los abrió cuando el coche comenzó a sacudirse al salir del asfalto hacia un camino de tierra. Los pinos lo bordeaban como una muralla, bloqueando los rayos del sol.
—Había olvidado lo bonito que es aquí —exclamó Lucía.
—Ya lo creo. —El tono de Javier denotaba orgullo, como si él tuviese algo que ver con aquella belleza.
La verja de la parcela estaba abierta: les esperaban. Javier aparcó junto a otros dos coches cerca de la valla. Todos habían llegado ya. Desde la casa, Jorge salió a su encuentro con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar hasta el coche.
—Por fin. Ya pensábamos ir a pescar sin vosotros. —Jorge abrazó a Javier y le dio unas palmadas en la espalda—. Y tú, cada día más guapo. ¿Cómo lo haces? —le dijo a Lucía—. ¿Para qué traéis tanta comida? Aquí sobra de todo, no nos lo acabaremos en una semana. Bueno, dame las bolsas, nunca están de más.
Los tres se dirigieron a la casa cargados. En el porche ya estaba la barbacoa, con una bolsa de carbón al lado. Bajo la sombra de un manzano había una mesa de madera con sillas de mimbre.
En la puerta aparecieron Laura y una chica joven, cargadas con almohadas y mantas.
—¡Hola, Javier, Lucía! —gritó Laura alegremente.
El ambiente se llenó de ruido y risas. Todos hablaban a la vez.
—Bueno, chicas. Vosotras organizad esto, que nosotros nos vamos a pescar —anunció Jorge.
—Vaya… —protestó Laura sin convicción.
—No tardaremos. Es solo para charlar entre hombres. Y vosotras no os aburráis. Hicimos nuestra parte: marinamos la carne, preparamos la parrilla, trajimos las cosas. Ahora os toca a vosotras.
—Bueno, ¿brindamos por conocernos? —Laura dejó una botella de vino tinto sobre la mesa cuando los hombres se marcharon.
—Ay, a mí me apetecería blanco. El tinto me da dolor de cabeza —dijo la más joven y recién llegada al grupo, Nuria.
—Precisamente para ti traje una. Ahora la busco —contestó Laura.
—¿La conocíais antes? —preguntó Lucía a Nuria, señalando hacia la casa donde había entrado Laura.
—Sí. Ha venido un par de veces a vernos.
—¿En serio? —Lucía se sorprendió—. ¿Y cuándo volvisteis a la ciudad?
Por la conversación en el coche había entendido que acababan de llegar de su luna de miel.
—Hace dos semanas —respondió Nuria.
—¡Tachán! —Laura apareció en la puerta con una botella de vino blanco.
Las mujeres bebieron un trago y empezaron a organizar la comida. Laura tomó el mando. A Lucía le pareció que lo hacía especialmente por Nuria, como diciendo: «Aquí mando yo, llevo más tiempo que tú. Eres nueva, no entiendes de esto. Quédate en tu lugar».
A Lucía no le gustaba. Laura se comportaba con demasiada superioridad hacia Nuria, pero no intervino. Así era más fácil descubrir qué clase de persona era esta chica.
Cuando la mesa estuvo puesta, con los platos y las ensaladas listas, las mujeres se relajaron mientras esperaban a los hombres. ¿Y de qué pueden hablar tres mujeres? Pues de hombres, claro.
—Nuria, ten cuidado. No te confíes. Tu marido es un donjuán de cuidado. ¿Sabes cuántas mujeres ha traído a nuestro grupo? Perdí la cuenta. Todos los hombres engañan —dijo Laura con un suspiro.
—¿Por qué la asustas así? —saltó Lucía en defensa de Nuria.
—¿Tu marido te engaña? —preguntó Nuria directamente.
—Vaya, qué atrevida. Ya lo verás por ti misma —replicó Laura, lanzando una mirada a Lucía.
Nuria la miró de forma extraña, pero no respondió.
—Si me enterase de que Javier me engaña, creo que lo perdonaría. No sé —dijo Lucía, para desviar la conversación.
—Javier no va a irse de ti lado. Con mujeres como tú, los hombres no se van —comentó Laura con tono amistoso.
—Si todos engañan, ¿para qué divorciarse? Estar sola es peor, y luego tendría que buscar a otro… que, según tu teoría, también me engañaría. ¿Para qué cambiar cromo por cromo? Conozco a Javier desde hace años, estamos a gusto juntos. Quién sabe cómo sería otro —argumentó Lucía.
—No todos engañan —intervino Nuria de nuevo.
—¿Y tú qué sabes? —preguntó Laura con superioridad—. Llevas casada cinco minutos. Espera a que se te pase la pasión, llegue el cansancio, la rutina, salgan sus defectos… Verás cómo te dan ganas de vomitar con solo verlo. Cantarás distinto.
—Engañan los que quieren demostrar algo, afirmarse a costa de una mujer… —insistió Nuria.
—Mira qué mosquita muerta, recién salida del cascarón y ya da lecciones —se quejó Laura, buscando el apoyo de Lucía.
—NoAl final, el tiempo demostró que el amor verdadero supera todas las trampas del pasado, y mientras el sol se ponía sobre el campo, cada uno encontró su propio camino hacia la paz.





