Encuentro de Amigos

El motor del coche ronroneaba como un gato dormilón, el interior olía a cuero y a ambientador. El asfalto gris, con sus líneas blancas perfectas, se deslizaba bajo las ruedas y desaparecía. El sol apenas asomaba, prometiendo un día cálido de verano. Lucía reclinó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos.

—Descansa un poco. Faltan como veinte minutos —dijo Álvaro a su mujer.

—Preferiría dormir en casa, en mi cama calentita. Al fin y al cabo, es día de descanso. Podrías haber venido solo. Al final, son tus amigos —respondió Lucía sin abrir los ojos.

—¿Qué haría yo aquí sin ti? Todos vienen con sus mujeres. Pensé que tú e Inés también se llevaban bien. Además, nada como descansar en el campo, no en la cama. —Álvaro hizo una pausa—. Hacía mucho que no nos reuníamos todos. ¿Te acuerdas de antes?… Ah, y que Juan viene con su mujer nueva. ¿Te lo había dicho? No, ¿verdad? Imagínate, se ha casado. A ver qué clase de mujer ha conseguido atarlo así, que hasta ha renunciado a su libertad.

Lucía valoró la noticia, se incorporó y abrió los ojos.

—¿Ya lo has visto?

—Claro, pero fue un saludo rápido, sin detalles. Qué ganas de charlar como antes, de sentarnos junto a la hoguera con la guitarra. Uf, qué tiempos —suspiró Álvaro.

—Ahora os reuniréis todos los fines de semana —refunfuñó Lucía.

—Venga ya. ¿Qué tiene de malo? Somos amigos desde la universidad. Nos conocemos de toda la vida. Cuando tu madre enfermó, Juan no dudó en prestarnos dinero para la operación.

Lucía volvió a reclinarse.

—Cierto. Juan es un buen tipo. Pero Íñigo e Inés…

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Álvaro, sorprendido.

—Parece que no son una familia, sino que juegan a serlo. Como si fueran extraños, no familia. No sé cómo explicarlo.

—Nunca me fijé. A mí me parecen buena gente. Oye, Inés salió con Juan. Sí, fue un amor tremendo, todos pensaban que se casarían en primero. Luego algo se torció. Inés acabó casándose con Íñigo.

—No me lo habías contado. —Lucía giró la cabeza hacia él.

—Eso fue hace siglos. Agua pasada. —Álvaro calló.

El motor seguía ronroneando, y Lucía cerró los ojos de nuevo. Los abrió cuando el coche empezó a sacudirse, saliendo del asfalto hacia un camino de tierra. Los pinos bordeaban el sendero como un muro impenetrable, sin dejar pasar la luz del sol.

—Había olvidado lo bonito que es aquí —suspiró Lucía.

—Claro que sí. —El tono de Álvaro sonaba orgulloso, como si él tuviera algo que ver en tanta belleza.

La verja de la parcela estaba abierta: los esperaban. Álvaro aparcó junto a otros dos coches cerca de la valla. Todos habían llegado. Desde la casa, Juan salió corriendo hacia ellos, abriendo los brazos como si quisiera abrazarlos junto al coche.

—Al fin. Ya pensábamos ir a pescar sin ti. —Juan abrazó a Álvaro y le dio una palmada en la espalda—. Y tú cada día más guapo. ¿Cómo lo haces? —le hizo un cumplido a Lucía—. ¿Para qué traéis tanta comida? Aquí hay de sobra, no nos la acabamos en una semana. Bah, dame las bolsas, nunca vienen mal.

Los tres avanzaron hacia la casa, cargados con las compras. En el claro frente a la casa ya humeaba la barbacoa, junto a un saco de carbón. Bajo la sombra de un manzano, una mesa de madera con sillas de mimbre aguardaba.

En la puerta aparecieron Inés y una chica joven, cargadas de cojines y mantas.

—¡Oh! Álvaro, Lucía, ¡hola! —gritó Inés.

El ambiente se llenó de bullicio y risas. Todos hablaban a la vez.

—Bueno, chicas. Vosotras os encargáis de aquí, que nosotros nos vamos a pescar —anunció Juan.

—Vaya… —refunfuñó Inés.

—No tardaremos. Es solo para charlar, cosas de hombres. Y vosotras no os aburráis. Ya hemos hecho nuestra parte: la carne está marinada, la barbacoa lista, las provisiones traídas. Ahora os toca a vosotras.

—Bueno, chicas, ¿brindamos por conocernos? —Inés sacó una botella de vino tinto cuando los hombres se marcharon.

—Ay, yo preferiría blanco. El tinto me da dolor de cabeza —dijo la más joven y recién llegada al grupo, Vega.

—Precisamente traje algo para ti. Ahora mismo lo busco —dijo Inés.

—¿La conocías? —preguntó Lucía a Vega, señalando hacia la casa donde había entrado Inés.

—Sí. Ha venido a vernos un par de veces.

—¿Ah, sí? —Lucía alzó una ceja—. ¿Y cuánto hace que volvisteis a la ciudad?

Por lo que habían hablado en el coche, entendió que acababan de volver de su viaje de bodas.

—Hace dos semanas —contestó Vega.

—¡Ta-chán! —En la puerta apareció Inés con una botella de vino blanco.

Las mujeres brindaron y empezaron a discutir el menú. Inés llevaba la voz cantante. A Lucía le pareció que lo hacía a propósito, como diciendo: “Aquí mando yo, tú eres nueva, no sabes nada”.

A Lucía no le gustaba. Inés trataba a Vega con demasiado aire de superioridad. Pero no intervino. Así era más fácil descubrir qué clase de chica era Vega.

Cuando la mesa estuvo puesta, los platos dispuestos y las ensaladas cortadas, las mujeres se relajaron a la espera de los hombres. ¿Y de qué hablan tres mujeres? Pues de hombres, claro.

—Tú, Vega, mantente alerta. No te confíes. Tu marido es un donjuán de cuidado. ¿Sabes cuántas mujeres ha traído a nuestro grupo? Pierdes la cuenta. Los hombres siempre engañan —dijo Inés con un suspiro.

—¿Por qué la asustas? —saltó Lucía en defensa de Vega.

—¿Tu marido te engaña? —preguntó Vega, directa.

—Anda, qué fresca. Ya lo verás por ti misma —replicó Inés, lanzando una mirada a Lucía.

Vega le devolvió una mirada extraña, pero no dijo nada.

—Yo, si me enterara de que Álvaro me engaña, seguramente lo perdonaría. No sé —dijo Lucía, para desviar el tema peligroso.

—Álvaro no te dejaría nunca. Con mujeres como tú no se van —respondió Inés con un tono amistoso.

—Si todos engañan, ¿para qué divorciarse? Estar sola es peor, y luego tendría que buscarme a otro, que, según tu teoría, también me engañaría. ¿Cambiar cisco por paja? A Álvaro lo conozco bien, nos entendemos. Quién sabe cómo sería otro.

—No todos engañan —intervino Vega de nuevo.

—¿Y tú qué sabes? —preguntó Inés con superioridad—. Llevas casada dos días. Espera, que se apague la pasión, llegue el cansancio, la rutina, que se revelen todos sus defectos… Verás cómo te dan ganas de vomitar solo de verlo. Cantarás distinto.

—Solo engañan los que necesitan demostrar algo, afirmarse a costa de otra… —se mantuvo firme Vega.

—Mira que eres cría y ya das lecciones —se indignó In—No os peleéis, chicas —sonó la voz de Íñigo detrás de ellas, haciendo que las tres se sobresaltaran y se volvieran hacia los hombres que se acercaban entre risas, con las manos vacías pero los corazones llenos de recuerdos que, como el humo de la barbacoa, se mezclaban en el aire antes de desaparecer en el crepúsculo.

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