Hace mucho tiempo, en un día que parecía no terminar nunca, Lucía no podía dejar de mirar el reloj. Las horas avanzaban como caracoles, lentas y pesadas. Todavía faltaba una hora para salir de la oficina.
—¿Qué tanto miras el reloj? ¿Tienes prisa? —preguntó la jefa de contabilidad, doña Carmen Isabel, con voz seca.
—No, pero…
—¿Un hombre? A tu edad, solo por un hombre una mujer puede desear que el tiempo vuele. A la mía, lo que queremos es detenerlo. —Hizo una pausa y suspiró—. Bueno, vete. Total, hoy no rindes para nada.
—¡Gracias! —Lucía cerró apresuradamente el programa en la pantalla.
—¿Lo quieres? —preguntó doña Carmen Isabel con curiosidad melancólica.
—Lo quiero. —Lucía la miró directamente.
Su escritorio estaba diagonal al de Lucía, y la veía perfectamente. Las dimensiones de la oficina no permitían otra disposición, y Lucía se sentía como bajo examen, bajo esa mirada atenta.
—¿Y por qué no os casáis? ¿No te lo pide? —Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz—. Ya. Está casado. Y tiene hijos, ¿verdad? El clásico. Primero oculta la verdad, luego, cuando ya estás enganchada, te dice que se divorciará cuando los niños crezcan. ¿A que sí?
—¿Cómo lo sabe? —Lucía la miró sorprendida.
—Yo también fui joven. ¿Crees que eres la única que ha caído en esa trampa? Niña, si un hombre no abandona a su familia de inmediato, nunca lo hará. Acéptalo como es. Vete tú.
—Pero… yo lo amo.
—Cuando te canses o, Dios no lo quiera, su esposa se entere, será peor y más doloroso. Al menos así conservarás tu dignidad. Créeme. Y no dañes tu karma. —Se ajustó las gafas, recuperando su aire severo—. Piensa en ello. El lunes no llegues tarde.
“Lo ama…” —murmuró doña Carmen Isabel cuando la puerta se cerró tras Lucía.
Ella bajó corriendo las escaleras, se despidió del conserje y salió al sol radiante de mayo. Allí estaba el coche de Sergio, aparcado cerca.
—Por fin. Pensé que nunca saldrías. Aquí estoy, expuesto como un olivo en mitad de la plaza —refunfuñó Sergio cuando Lucía se sentó a su lado.
Encendió el motor y se unió al tráfico.
—¿Adónde vamos? No entendí nada de tu llamada —preguntó Lucía.
—Sorpresa. —Le lanzó una mirada llena de promesas. Bastó para que su corazón se agitara y un calor dulce le recorriera el vientre.
Salieron de la ciudad, la carretera serpenteando entre árboles. Lucía miraba el camino y soñaba con no llegar nunca, con viajar sin fin, solo los dos. Al rato, aparecieron las casitas de un pueblo cercano.
—Llegamos —dijo Sergio, animado.
—¿Tienes una casa aquí?
—No. Es de un amigo. Su mujer está a punto de dar a luz, así que no vendrán en un tiempo. Tenemos todo el fin de semana para nosotros.
—¿Y tu mujer? ¿Te deja ir así, tan libre? —Lucía lo miró con recelo.
Él detuvo el coche frente a una vereda.
—Tenemos dos noches y un día entero. —Se inclinó para besarla.
“Dos noches y un día —pensó ella con amargura—. Y después, todo será igual…”
Sergio se separó, bajó y sacó bolsas del maletero. Lucía respiró hondo. Olía a hierba, a tierra mojada, a algo que le recordaba la casa de su abuela.
“¡Dos noches y un día! ¡Tanto tiempo! ¡Juntos!” —pensó, emocionada.
—¿Te gusta? —Sergio sonreía, disfrutando su sorpresa—. Toma esto y entremos. —Le pasó una bolsa y abrió la cancela.
—¿Has venido antes?
—Claro. Somos amigos.
—¿Con tu esposa o…?
—Lucía, no empieces. No arruines esto. —Abrió la puerta de la casa.
Dentro, el silencio era denso, casi palpable. “¿Para qué pensar en lo que no puedo cambiar? Disfruta el momento”, se dijo, observando la estancia. Flores secas en un jarrón, cortinas sencillas, una mesa cubierta con hule. Todo modesto, pero acogedor, como si ya lo conociera.
—Me quedaría aquí para siempre —susurró esa noche, apoyada en su hombro—. Contigo. Sin nadie más.
—Ajá —contestó él, medio dormido.
A la mañana siguiente, Lucía despertó primero. El silencio se rompió con el tono apagado de un móvil. Sergio gruñó, contestó con voz ronca:
—Sí… No… ¿Qué ruido? Solo entré a tomar agua… Luego hablamos.
Colgó, pero el teléfono sonó de nuevo.
—Contesta —dijo Lucía.
Él la atrajo hacia sí, ignorando la llamada. Pero el móvil insistió.
—¡Contesta! —Se liberó de su abrazo.
Sergio suspiró, respondió. Lucía salió al porche, envuelta en su camisa. El sol aún no asomaba, los pájaros cantaban. Quiso grabar ese instante en su memoria.
—Ahí estás. —Sergio la abrazó por detrás. El calor de su cuerpo la reconfortó. Pero dentro, el teléfono volvió a sonar. Él se fue. La magia se esfumó.
Las palabras de doña Carmen Isabel resonaron: “El papel de amante cansa. No puedes conformarte con migajas. Vete tú… Guarda tu dignidad… O será peor.”
Volvió, se vistió y tomó su bolso.
—¿Adónde vas? Ya apagué el teléfono —dijo Sergio.
—Me voy a casa.
—Te llevo.
—No. Voy sola.
Cruzó el umbral y cerró la puerta. Caminó por el sendero, alejándose. Los tacones le lastimaban los pies. ¿Cuánto habían tardado en llegar? Quizá podría encontrar un coche en la carretera. Miró atrás. Nada.
De pronto, el cielo se nubló. Las primeras gotas cayeron. No llevaba paraguas. “¿Por qué vine? ¿Y si me enfermo?” Pensó con rabia.
El aguacero arreció. Su ropa se empapó. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia.
Un motor rugió detrás. Un coche se detuvo.
—¿Va a la ciudad? Suba —dijo un hombre.
Lucía, helada, entró sin pensarlo.
—¿Alguien la lastimó? —preguntó él.
Ella no respondió.
—Solo alguien muy dolido sube así con un desconocido.
—Pare. Ya no quiero ir —dijo, llevando la mano a la puerta.
Los árboles cerraban el paso. El miedo la envolvió.
—¡Pare!
—¿Adónde irá? Estamos lejos. Hay bosque por todas partes. ¿Quiere problemas? —dijo, deteniéndose.
El calor del auto la sofocaba. Abrió la puerta. La lluvia le quemó la piel.
—No encontrará otro coche. Se enfermará. ¿Vamos o se queda? Tengo prisa.
—¿Su esposa lo espera? —replicó con sorna—. ¿O su amante?
Se arrepintió al instante. Él no tenía la culpa.
—Mi hija me espera. Cierre la puerta.
Lucía lo miró. No parecía peligrosoEl coche arrancó de nuevo, y mientras las gotas de lluvia resbalaban por la ventana, Lucía sintió que, por primera vez en mucho tiempo, estaba eligiendo su propio camino.





