Entre nosotros, un abismo…

**Diario de Rosa:**

*Entre nosotros, un abismo…*

Tras el divorcio con Javier, Rosa estuvo meses sumida en una niebla. Sabía que él tenía sus aventuras, pero enfrentar la verdad fue un mazazo. Su hogar, sus sueños, su vida entera… deshechos. Él simplemente se marchó, sin mirar atrás.

El verano agonizaba, pero Rosa no veía el sol, ni el bullicio de Madrid, ni los arcoíris después de la lluvia. Hasta que una noche sofocante, entre sábanas empapadas de sudor, algo hizo *click*: «Él sigue con su vida, y yo… yo me estoy pudriendo aquí. Todo me recuerda a él, a lo que ya no existe».

Necesitaba escapar. No al bullicio de la costa, no al extranjero… sino al silencio. A la aldea de su abuela, en Cuenca, aquella casa de piedra donde pasaba los veranos de su infancia. *Nuestro lugar de fuerza*. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

Su abuela murió tres años atrás, tras una larga enfermedad. Javier la convenció de irse a Italia: «Diez días no cambian nada». La noticia de su muerte les llegó en Nápoles. «Ya no hay nada que hacer —dijo él con ese tono práctico que tanto odiaba ahora—. Cambiar los billetes es un lío. Iréis a la tumba cuando volvamos». Y ella, como siempre, cedió.

Su madre quería vender la casa, pero nunca se decidía. Rosa no pisaba el pueblo desde la universidad. Ni siquiera había ido al cementerio. Ahora, con las palmas ardiendo de impaciencia, agarró el móvil para llamar a su madre… pero eran las tres de la madrugada. *Mañana*, pensó, mientras imaginaba cómo sería abrir aquella puerta de madera carcomida. Y por primera vez en meses, se durmió en paz.

—Por fin despiertas —le dijo su madre a la mañana siguiente, mientras rebuscaba las llaves en el cajón del recibidor—. Ya era hora de que dejaras de llorar por ese hombre. El mundo no gira alrededor de Javier.

—Mamá, basta. Las palabras no arreglan nada. ¿Dónde están las llaves?

—En la mesita, como siempre. La casa está bien. ¿Te conté que vi a la tía Carmen en mayo? Preguntó si la vendíamos. Su yerno nuevo está encaprichado con el pueblo… *Ay*, ¿qué te pasa? Pareces otra. ¿Seguro que no quieres que vaya contigo?

—No. Necesito estar sola.

En la agencia de diseño donde trabajaba, su jefa —otra divorciada— frunció el ceño pero accedió al permiso. «El vacío no se llena con trabajo», le dijo Rosa. Esa tarde, recogió las llaves y hizo una maleta ligera. *Por si todo sale mal y vuelvo corriendo*.

Pero esa noche durmió como un tronco. Al amanecer, tomó un café rápido, revisó los enchufes y cerró la puerta de su piso en Chamberí. Madrid aún dormitaba. El coche olía a tierra mojada y a los CDs de los 2000 que tarareó por la autovía.

El pueblo seguía igual: calles empedradas, gallos despertando a los turistas, el rumor del río tras las últimas casas. La casa de su abuela resistía, con las ventanas cegadas por las cortinas de encaje. Rosa se puso manos a la obra: trajo agua del pozo, barrió el suelo —aunque no había polvo— y encendió la chimenea tras tres intentos. Cuando las llamas crepitaron, sintió que ganaba una batalla.

Los vecinos merodeaban, curiosos, pero nadie entró sin invitación. Al mediodía, el calor era insoportable. Rosa fue al río, se descalzó y corrió hacia el agua, que brillaba como aceite bajo el sol.

—Vaya, ¿qué pez gigante anda suelto por aquí? —Una voz masculina la sobresaltó.

Se giró. Era *Daniel*. Su primer amor, ahora más curtido, pero inconfundible. Llevaba una caña de pescar y unas truchas ensartadas en una rama. El corazón de Rosa se encogió.

*Este es el verdadero motivo por el que no volví*. Por él. Por aquel verano en el que quiso quedarse a vivir en el pueblo. Su madre se negó: «De ese amor no saldrá nada bueno». Rosa lo invitó a Madrid, él prometió ir… pero nunca llegó. Luego supo que se había casado con una chica del pueblo. Y ella, dolida, conoció a Javier en la universidad. Un matrimonio más por despecho que por amor.

—¿Vienes sola? ¿Sin tu marido? —preguntó Daniel, escrutándola.

—Sola. ¿Cómo sabes lo de mi marido?

—Os vi juntos. Una vez.

Rosa lo recordó: aquel día, camino a una boda, creyó verlo entre la gente. Pensó que era su imaginación.

—Vine para explicarte lo de Marisa —siguió él—. No es excusa, pero… hubo una noche. Luego dijo que estaba embarazada. ¿Qué podía hacer? Nos casamos. El niño tiene ocho años; la niña, cinco. —Hizo una pausa—. Con Marisa nunca funcionó. Ella es de aquí, como yo. Pensé que sería más fácil. Pero entre tú y yo… siempre hubo un abismo.

Rosa se cubrió con el vestido, que se pegó a su piel húmeda. Caminaron de vuelta, separándose antes de entrar al pueblo.

—Hiciste bien en venir —dijo él—. Aquí hay silencio, aire limpio, setas… ¿Mañana al bosque?

Esa noche, el chirriar de las maderas la mantuvo en vela. Al alba, fue al bosque sola, siguiendo los surcos de los tractores. Hasta que el crujido de ramas la aterrorizó. *¿Jabalíes?* Corrió, se perdió… y entonces él apareció entre los árboles.

—No vengas sola —la regañó, mientras llenaba su cesta con sus propias setas—. Marisa ya está harta de limpiarlas.

En el pueblo, los murmullos crecieron. La tía Carmen llegó con advertencias:

—Marisa armó un escándalo anoche. Lo vio contigo. Es una celosa… Cuidado, niña.

Rosa ignoró los consejos. Pero dos días después, despertó entre llamas. El techo se derrumbaba cuando unos brazos la arrastraron fuera.

—Daniel apartó el coche —le dijo alguien—. Casi arde.

Entre la gente, vio a Marisa. Sonreía, con los ojos reflectantes como brasas.

—¿Y Daniel? —preguntó Rosa, tosiendo.

—Está bien. Él te sacó.

A la mañana siguiente, Rosa se marchó.

—Es lo mejor —susurró la tía Carmen—. Marisa es capaz de todo. Y aquí, sin pruebas…

En la carretera, Daniel la esperaba. Subió al coche en silencio.

—No puedo irme contigo —dijo al fin—. Los niños… Ella los usaría como arma. Pero ahora sé que puedo seguir. Con verte basta.

Rosa condujo llorando. *Él tiene razón*, pensó después. Ella era de ciudad; él, de campo. Un abismo.

Tres años después, un encargo de trabajo la llevó a una casa en construcción. Y allí estaba él, enjuto pero con los mismos ojos.

—¿Es tuya? —preguntó Rosa.

—Sí. —Sonrió—. Después de lo del incendio, me separé. Trabajé como una mula. Los chicos me ayudaron a levantarla.

—¿Y Marisa?

—Prefiere el dinero a mí. —Señaló una habitación vacía—. Es para un niño. No sé si será niño o niña.

Rosa contuvo el aliento.

—¿Te casaste?

—No. Espero hacerlo. —La miró fijo—. Rosa«Sí», respondió ella, mientras el sol de la mañana entraba por la ventana sin cristales y dibujaba su futuro en el polvo flotante.

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