Un matrimonio por venganza: el dolor oculto tras un engaño.

Alejandro se casó con Esperanza con una única intención: herir a Lucía. Quería demostrar que no sufría por su infidelidad…

Con Lucía habían estado juntos casi dos años. La amaba con locura, hubiera movido cielo y tierra por ella, adaptando su vida entera a sus sueños. Creía que caminaban hacia el matrimonio, pero sus evasivas constantes al hablar del tema lo irritaban.

—¿Para qué casarnos ahora? Aún no he terminado la carrera, y tu negocio no da ni para pipas. No tienes coche decente ni casa propia. Y sinceramente, no quiero compartir cocina con tu hermana. Si no hubieras vendido aquel piso, viviríamos sin problemas — esa era la respuesta habitual de Lucía.

A Alejandro le dolía, pero reconocía algo de verdad en sus palabras. Él y su hermana Ana vivían en el piso de sus padres, el negocio apenas despegaba, y aún estaba terminando la universidad. Tuvo que hacerse cargo de todo antes de graduarse. Vendieron el piso de mutuo acuerdo con Ana: era crucial salvar el negocio familiar.

En seis meses se acumularon deudas, y ambos seguían estudiando. La venta les permitió pagar todo, reponer el stock de la ferretería y guardar algo de dinero. Lucía, en cambio, creía en vivir el presente, sin esperar a un futuro incierto. Para ella, criada bajo el ala protectora de sus padres, era fácil hablar. Pero Alejandro se hizo adulto de golpe: su hermana, el negocio, la rutina diaria… Confiaba en que todo mejoraría: habría casa, coche y jardín.

Nada anunciaba la tormenta.

Quedaron en ir al cine, y Lucía le pidió que no pasara a buscarla, que iría sola. Alejandro la esperaba en la parada cuando, de repente, vio un BMW negro acercarse. Ella bajó, le entregó un libro y dijo:

—Lo siento, no podemos seguir. Me caso.

Y volvió al coche.

Alejandro se quedó helado. ¿Qué había cambiado en esos pocos días que estuvo fuera? Al llegar a casa, Ana lo vio en su cara.

—¿Ya lo sabes?

Asintió en silencio.

—Se casa con un adinerado. Me pidió que fuera su testigo… y me negué. ¡Es una traidora! Llevaba meses viéndose con él a tus espaldas.

Alejandro abrazó a su hermana, acariciándole el pelo.

—Tranquila. Que sea feliz. Y nosotros… lo seremos más.

Luego se encerró en su habitación todo el día. Ana intentaba convencerlo:

—Por lo menos come algo. Hice tortilla…

Al anochecer salió con mirada de hierro:

—Hay que prepararse.

—¿Para qué? ¿Qué se te ha ocurrido?

—Me casaré con la primera que diga que sí —respondió con frialdad.

—¡Estás loco! No es solo tu vida —intentó detenerlo en vano.

—Si no vienes, iré solo.

En el parque, muchas chicas lo miraron como a un loco. Una se llevó el dedo a la sien, otra salió corriendo. Pero una tercera, mirándolo fijamente, dijo que sí.

—¿Cómo te llamas, preciosa?

—Esperanza.

—¡A celebrar el compromiso! —Y arrastró a Esperanza y a Ana a una cafetería.

En la mesa reinaba un silencio incómodo. Ana no sabía qué decir. Alejandro solo pensaba en venganza: quería celebrar su boda el mismo día que Lucía.

—Supongo que habrá una razón poderosa para pedirle matrimonio a una desconocida —rompió el silencio Esperanza—. Si fue un impulso, no me ofendo y me voy.

—No. Ya diste tu palabra. Mañana presentamos los papeles y voy a conocer a tus padres.

Alejandro le guiñó un ojo:

—Empecemos por tutearnos.

Durante el mes previo a la boda, se vieron todos los días, hablaron y se conocieron.

—¿Me dirás por qué lo hiciste? —preguntó Esperanza una vez.

—Cada uno guarda sus fantasmas —evadió él.

—Lo importante es que no te impidan vivir.

—¿Y tú por qué aceptaste?

—Me imaginé como una princesa de cuento entregada al primer pretendiente. Al final siempre dicen: «Y vivieron felices». Quise comprobarlo.

Pero no era tan simple. Un amor pasado le dejó el corazón roto y unos ahorros perdidos. Sin embargo, aprendió a leer a la gente. A los pretendientes que se le acercaban, los espantaba con la mirada.

No buscaba al hombre perfecto, pero sí a alguien inteligente, independiente y decidido. En Alejandro vio determinación y seriedad. Si hubiera estado con amigos y no con su hermana, lo habría ignorado.

—Entonces, ¿quién eres tú, princesa? —Alejandro la miraba pensativo—. ¿La triste Rapunzel, la bella Blancanieves o la astuta Cenicienta?

—Con un beso lo sabrás —sonrió ella.

Pero no hubo besos ni más intimidad.

Alejandro se encargó de todos los preparativos. A Esperanza solo le quedaba elegir entre sus opciones. Hasta el vestido y el velo los compró él.

—Serás la más bella —repetía.

En el registro civil, antes de la ceremonia, se toparon con Lucía y su prometido. Alejandro forzó una sonrisa:

—Enhorabuena —besó a su ex en la mejilla—. Que seas feliz con tu cartera andante.

—No montes un numerito —respondió ella, nerviosa.

Evaluó a la novia de Alejandro: elegante, hermosa, con porte de reina. Lucía palidecía en comparación. Los celos le destrozaban el alma.

Alejandro se volvió a Esperanza:

—Todo está bien —dijo tenso.

—Aún no es tarde para echarnos atrás —susurró ella.

—No. Juguemos hasta el final.

Solo frente al altar, al ver los ojos tristes de su esposa, Alejandro entendió lo que había hecho.

—Te haré feliz —prometió, queriendo creerlo.

Comenzó la vida en común. Ana y Esperanza se llevaron bien desde el principio, complementándose. La explosiva Ana aprendió a controlarse, y Esperanza organizó la casa con maestría.

Como experta en finanzas, puso orden en el negocio. En seis meses abrieron una segunda ferretería y luego equipos de reformas: no solo vendían materiales, sino que también hacían obras. Las ganancias se multiplicaron.

Era su particular «hada madrina»: presentaba ideas de modo que él creía que eran suyas. Todo iba bien… pero a Alejandro le pesaba la rutina. No sentía ese vértigo que tuvo con Lucía.

—Esto es un pantano —pensaba—. No me gusta.

Gracias a Esperanza ascendieron: empezaron a construir viviendas. La primera casa fue la suya.

Cuanto mejor iba todo, más recordaba a Lucía: «No supo esperar. Ahora mira el coche que tengo, la casa…». Se enorgullecía.

Esperanza notaba su tormento. Quería ser amada, pero el corazón no se obliga. «No todos los cuentos terminan bien», pensaba, pero el nombre le obligaba a esperar.

Ana también vigilaba a su hermano:

—Vas a perder más de lo que ganas —le advirtió al verlo en el perfil de Lucía.

—¡No te metas! —cortó él.

—Eres un idiota. Esperanza te quiere, y tú jugando.

«Como si me faltara que una cría me regañe», pensó Alejandro, obsesionado con Lucía. Y le escribió.

Ella se quejaba: su marido la echó sin un duro, no terminó la carrera, vivía de alquiler en Madrid.

Alejandro dudó días: «¿Voy o no?». Pero el destino le dio la excusa perfecta: Esperanza viajó a cuidar a su abuela enferma.

Alejandro salió de aquel café con el corazón encogido, comprendiendo demasiado tarde que la felicidad no se construye sobre el orgullo herido, sino en los pequeños gestos de quien te elige cada día sin pedir nada a cambio.

Rate article
MagistrUm
Un matrimonio por venganza: el dolor oculto tras un engaño.