**La Broma**
Frente a un pequeño escenario, los invitados bailaban bajo el liderazgo del festejado: el jefe de Javier, un hombre de sesenta y cinco años. «Dios mío, qué hombre…», coreaban desordenadamente las mujeres, siguiendo a la vocalista del modesto grupo musical.
Laura y su marido, agotados por la fiesta, el vino y la comida abundante, permanecieron sentados ante la mesa revuelta. En el otro extremo, dos colegas discutían sobre algo, mientras un tercero dormitaba, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados.
Laura se acercó a Javier y le susurró al oído:
—¿Nos vamos a casa? Todos están borrachos, nadie notará que nos marchamos. Este ruido me está matando la cabeza. —Para darle énfasis, se llevó las yemas de los dedos a las sienes.
Javier echó un vistazo rápido por la sala.
—Tienes razón, aquí ya no hay nada más que hacer. Vámonos.
Salieron del restaurante sin que nadie los viera.
—¡Uf, qué alivio! —Laura respiró hondo el aire fresco de la noche.
—¿Taxi? —preguntó Javier.
—No, caminemos un poco. —Laura tomó del brazo a su marido, y avanzaron lentamente por las calles oscuras.
—¿No te cansarán los tacones? —inquirió él.
—Entonces me cargarás en brazos, como hace veinte años. ¿Te acuerdas? Me puse unos zapatos nuevos y me hicieron ampollas. Volvíamos del cine a pie porque aún no teníamos coche y el transporte público ya no funcionaba. Me llevaste en brazos hasta casa. —Laura suspiró.
Javier le apretó el brazo contra su costado, confirmando que lo recordaba.
—Ay, qué jóvenes y enamorados estábamos. Veinte años han pasado en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer cuando nos casamos, cuando esperaba a Lucía… Éramos tan felices… —Volvió a suspirar.
—Pronto me ascenderán, lo que significa más oportunidades y un mejor sueldo. Dentro de poco, Lucía nos dará un nieto. Y en otoño celebraremos mi aniversario. Estamos sanos. ¿No es razón suficiente para ser felices? —preguntó Javier.
Laura no tuvo tiempo de responder porque ya habían llegado a casa.
Ella entró primero a la ducha y se quitó el maquillaje. Salió del baño con el pelo aún mojado, envuelta en una amplia bata de toalla. Javier, mentalmente, la comparó con Natalia, recordando la piel suave de su amante, su cuerpo joven y firme, sus ojos seductores, esa melena exuberante… «Lo que los años hacen a las mujeres. ¿Acaso Natalia será como Laura dentro de veinte años? No, a ella no le pasará lo mismo, siempre será joven para mí, porque yo siempre seré veinte años mayor. Si estuviera aquí ahora…»
Los recuerdos de su joven y fogosa amante le encendieron tanto el deseo que entró al baño y se metió bajo un chorro de agua helada para calmarlo.
A la mañana siguiente, sacó del armario una camisa impecable, con un leve aroma a suavizante, y descolgó la corbata. Laura siempre elegía la corbata junto con la camisa y la colgaba en la percha. De la cocina llegaba el tentador aroma del café recién hecho.
—Hoy quiero ir a la casa de campo. Seguro que las manzanas ya están caídas, voy a recogerlas, hacer compota y hornear un pastel —dijo Laura, sirviéndole una taza de café.
—¿Para qué? El sábado podríamos ir juntos en el coche —comentó Javier, mordiendo un bocadillo.
—Quedan tres días para el sábado. Las manzanas se pudrirán. Y de paso revisaré que todo esté en orden.
—Bueno, como quieras. —Javier terminó el café y dejó la taza vacía sobre la mesa.
—Me quedaré a dormir allí. No volveré de noche, además no alcanzaré el autobús. Te dejaré la cena en el frigorífico —dijo Laura a la espalda de Javier, que salía de la cocina.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—¿De verdad piensas quedarte a dormir en la casa de campo?
—Sí, ¿por qué te sorprende? ¿O tienes algún plan conmigo? —Laura esbozó una triste sonrisa.
—No. Solo… ten cuidado. —Javier salió al recibidor. Poco después, la puerta se cerró de golpe.
Javier se subió al coche y giró la llave de contacto. Antes de salir del garaje, marcó el número de Natalia.
—Hola. ¿No te desperté? Cariño, tengo una buena noticia. Laura se va hoy a la casa de campo y se queda a dormir. Así que tenemos toda la noche para nosotros —arrulló al teléfono.
—Lo entiendo, cariño —canturreó Natalia al otro lado, seguido de un sonoro beso.
—Eres mi chica lista. Te espero esta noche. Ya te echo de menos. —Metió el móvil en el bolsillo de la chaqueta y salió del garaje con la radio a todo volumen.
Todo salía a pedir de boca. El ánimo de Javier mejoró. «Es hora de hablar con Laura, contarle la verdad y poner los puntos sobre las íes. Natalia no para de preguntar cuándo estaremos juntos».
Después del trabajo, Javier pasó por una tienda y compró una botella de vino caro y algo de fruta. Al llegar a casa, levantó la vista hacia las ventanas de su piso para asegurarse de que no había luz: Laura ya se había ido. Subió corriendo al tercer piso, saltándose escalones. El corazón le latía con fuerza en el pecho, la respiración entrecortada. «Los años tampoco me han perdonado. Debería ir al gimnasio», pensó mientras abría la puerta.
Se desvistió rápido en el recibidor y, con la bolsa en mano, se dirigió a la cocina, donde se quedó petrificado en el umbral. Ante la ventana, de espaldas, estaba Laura. Su silueta se recortaba nítida contra el cristal.
—¿Tú… no te fuiste? —balbuceó Javier, esforzándose por que su voz no delatara decepción. «Tengo que avisar a Natalia que todo se cancela. Estará a punto de llegar». —¿Por qué sin luz?
—¡Sorpresa! —dijo Natalia, girándose hacia él con alegría.
Javier se quedó boquiabierto. No podía creerlo, ¿cómo era posible? Casi se le cayó la bolsa. Encendió la luz y miró alrededor. Era Natalia, sin duda. Se había recogido el pelo en un moño, como solía hacer Laura, y por eso la había confundido en la penumbra. Respiró hondo y dejó la bolsa sobre la mesa.
—Bueno, ¿sorpresa conseguida? ¡Deberías verte la cara! —Natalia soltó una carcajada.
—Sí, casi me da un infarto. Pensé que Laura no se había ido. ¿Cómo… cómo estás aquí? ¿De dónde tienes llaves? —preguntó Javier, recuperándose.
—¿No estás contento? —Natalia se acercó, lo abrazó, y Javier lo olvidó todo…
A la mañana siguiente, abrió los ojos y miró el reloj: aún tenía tiempo para quedarse un rato más en la cama. Miró al otro lado: Natalia ya no estaba. Antes de que pudiera molestarse, el tintineo de una taza en la cocina y el aroma del café llegaron hasta él… Javier sonrió feliz, se levantó de un salto y, sin vestirse, fue directo a la ducha.
Salió del baño desnudo, secándose el pelo con la toalla.
—Buenos días, cariñoJavier se quedó mirando a Laura, quien sostenía una maleta en la mano, y supo que esta vez el juego había terminado para siempre.





