El motor del coche ronroneaba como un gato satisfecho, y el interior olía a cuero y a ambientador. El asfalto gris con sus líneas blancas pasaba veloz bajo las ruedas. El sol apenas despuntaba, prometiendo un día caluroso de verano. Lucía reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.
—Duerme un poco. Faltan veinte minutos —dijo Javier a su mujer.
—Preferiría dormir en casa, en mi cama calentita. Al fin y al cabo, es festivo. Podrías haber venido solo. Al final, son tus amigos —contestó Lucía sin abrir los ojos.
—¿Y qué iba a hacer yo sin ti? Todos vienen con sus mujeres. Pensé que tú y Laura también os llevabais bien. Además, qué mejor que un día en el campo, ¿no? —Javier hizo una pausa—. Hace mucho que no nos juntamos. ¿Te acuerdas de antes? Ah, por cierto, Sergio viene con su nueva esposa. ¿Te lo había dicho? No, ¿verdad? Imagínate, el pobre se ha casado. A ver qué clase de mujer ha logrado encadenar a ese lobo soltero.
Lucía valoró la noticia, se incorporó y abrió los ojos.
—¿Ya lo habéis visto?
—Sí, pero solo un momento, sin tiempo para charla. Qué ganas de ponernos al día, como antes, de guitarra y cerveza alrededor de la hoguera. Ay, qué tiempos… —Javier suspiró.
—Ya, y ahora volveréis a reuniros todos los fines de semana —refunfuñó Lucía.
—Venga, ¿qué tiene de malo? Nos conocemos desde la universidad. Hemos pasado mil años juntos. Cuando a tu madre le dio el infarto, Sergio nos prestó el dinero para la operación sin dudarlo.
Lucía volvió a reclinarse.
—Eso es cierto. Sergio es buena gente. Pero Pablo y Laura…
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Javier, sorprendido.
—Parece que no son matrimonio, solo lo fingen. Como si no encajaran, ¿sabes? No sé cómo explicarlo.
—Nunca me fijé. A mí me parecen normales. Oye, Laura y Sergio salieron juntos. Vaya historia de amor, todos pensaban que se casarían al salir de la carrera. Pero algo se torció. Al final, Laura se casó con Pablo.
—No me lo habías contado —Lucía giró la cabeza hacia su marido.
—Fue hace siglos. Ya es agua pasada. —Javier calló.
El motor seguía ronroneando, y Lucía cerró los ojos de nuevo. Los abrió cuando el coche empezó a traquetear, pasando del asfalto a un camino de tierra. Los pinos lo flanqueaban como una muralla, filtrando apenas la luz del sol.
—Había olvidado lo bonito que es este lugar —suspiró Lucía.
—Claro —respondió Javier con orgullo, como si él mismo hubiera plantado aquellos árboles.
La verja de la finca estaba abierta: los esperaban. Javier aparcó junto a otros dos coches. Todos habían llegado. Desde la casa, Sergio salió a su encuentro con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar hasta el coche.
—¡Por fin! Ya pensábamos ir a pescar sin ti. —Sergio abrazó a Javier y le dio una palmada en la espalda—. Y tú, cada día más guapo. ¿Cómo lo haces? —le lanzó un cumplido a Lucía—. ¿Para qué tanta comida? Aquí hay de sobra, no nos lo acabaremos en una semana. Bueno, dame las bolsas, nunca vienen mal.
Los tres caminaron hacia la casa cargados con las compras. En el jardín, la barbacoa ya estaba preparada, con un saco de carbón al lado. Bajo la sombra de un manzano, una mesa de madera con sillas de mimbre.
En la puerta aparecieron Laura y una chica joven, cargadas con almohadones y mantas.
—¡Hola, Javier, Lucía! —gritó Laura.
El ambiente se llenó de voces y risas, todos hablando a la vez.
—Bueno, chicas, vosotras os encargáis de aquí, que nosotros nos vamos a pescar —anunció Sergio.
—Vaya… —refunfuñó Laura.
—No tardamos. Solo un rato de charla entre hombres. Y vosotras no os aburráis. Nosotros ya hemos hecho nuestra parte: marinamos la carne, preparamos la barbacoa, trajimos las provisiones. Ahora os toca a vosotras.
—¿Qué tal si brindamos por conocernos? —Laura sacó una botella de vino tinto cuando los hombres se marcharon.
—Ay, yo preferiría blanco. El tinto me da dolor de cabeza —dijo Asun, la más joven y nueva en el grupo.
—Justo traje una para ti. Ahora la busco —dijo Laura.
—¿La conocías? —preguntó Lucía a Asun, señalando hacia la casa donde había entrado Laura.
—Sí. Ha ido a vernos un par de veces.
—¿Ah, sí? —Lucía se sorprendió—. ¿Y cuándo volvisteis a la ciudad?
Por la conversación en el coche, sabía que acababan de regresar de su luna de miel.
—Hace dos semanas —contestó Asun.
—¡Ta-chán! —Laura apareció en la puerta con una botella de vino blanco.
Las mujeres brindaron y empezaron a organizar la comida. Laura tomó el mando, y a Lucía le pareció que lo hacía solo para marcar territorio frente a Asun. Como diciendo: “Yo fui la primera, tú eres nueva, no sabes nada”.
A Lucía le molestó su actitud condescendiente, pero no intervino. Así podría descubrir qué clase de persona era Asun.
Cuando la mesa estuvo puesta, los platos dispuestos y las ensaladas preparadas, las mujeres se relajaron, esperando a los hombres. ¿De qué hablan tres mujeres juntas? Pues de hombres, claro.
—Asun, no bajes la guardia. Tu marido es un donjuán de cuidado. ¿Sabes cuántas mujeres ha traído al grupo? Perdí la cuenta. Todos los hombres son infieles —dijo Laura con un suspiro.
—¿Por qué la asustas? —saltó Lucía en defensa de Asun.
—¿Te ha sido infiel tu marido? —preguntó Asun directamente.
—Vaya, qué fresca. Ya verás, te darás cuenta sola —replicó Laura, lanzando una mirada a Lucía.
Asun le devolvió una mirada extraña, pero no respondió.
—Yo, si descubriera que Javier me es infiel, quizá lo perdonaría. No sé —dijo Lucía para desviar la conversación.
—Javier no se iría de tu lado. De mujeres como tú no se escapa nadie —comentó Laura con una sonrisa fingida.
—Si todos son infieles, ¿para qué divorciarse? Estar sola es peor, y al final, según tu teoría, el próximo también me engañaría. ¿Cambiar cisco por paja? A Javier lo conozco bien, nos entendemos. Quién sabe cómo sería otro hombre —argumentó Lucía.
—No todos son infieles —intervino Asun.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Laura con superioridad—. Llevas casada cinco minutos. Espera a que pase la pasión, que llegue el aburrimiento, que los defectos de tu marido salgan a la luz… Verás cómo cambias de opinión.
—Solo engañan los que necesitan demostrar algo, que se creen importantes por conquistar mujeres… —Asun no cedía.
—Mira quién habla, con solo veinte años y ya dando lecciones —se quejó Laura, buscando el apoyo de Lucía.
—No os peleéis, chicas —la voz de Pablo las sobresaltó.
Las tres se giraron hacia los hombres, que acababan de llegar.
—¿Dónde está el pescado? —preguntó Laura, levantándose.
—Los hombres rieron mientras Sergio guiñaba un ojo y respondía: “El pescador no siempre lleva pescado, pero el vino nunca falla”, señalando las botellas que traían bajo el brazo.





