**Decide: ¿Estás con ella o estás con nosotros?**
Lucía pasó por la tienda cerca de casa después del trabajo. Ya estaba en la caja cuando vio a su tía Carmen, una antigua compañera de su madre. Siempre que se encontraba con ella, Lucía se detenía a charlar un rato.
Pagó, se apartó y esperó a la tía Carmen junto a la salida.
—Hola, ¿qué tal? —saludó Lucía cuando la mujer se acercó—. Hacía tiempo que no la veía.
—Hola, cariño. He estado enferma, sin salir de casa. Escucha, necesito contarte algo.
Lucía sintió un escalofrío. Pablo, su hijo mayor, tenía dieciséis años, una edad complicada. Y la pequeña Marta, de trece, comenzaba a florecer. ¿Habría hecho alguna travesura? El peso de la bolsa de la compra le hormigueaba en los dedos, las asas clavándosele en la palma. Quizá podría excusarse y evitar la conversación, pero antes de que pudiera reaccionar, la tía Carmen bajó la voz y se acercó a su oído:
—No creas que me gusta meterme, pero lo he visto con mis propios ojos. Tú me importas, te he visto crecer. Alberto, tu marido, va a menudo a la casa de al lado, donde vive una mujer joven. Sus ventanas dan justo frente a las mías. Cada vez que él llega, ella cierra las cortinas al instante.
Un frío repentino la invadió, seguido de un ardor en el pecho. Nunca habría esperado algo así de Alberto, el menos propenso a sorpresas.
—Te lo digo porque me preocupa. Mi conciencia no me deja en paz. Tienen dos hijos. ¿Y si esto se complica? Habla con él antes de que sea tarde.
—Sí, me voy, tía Carmen. —Lucía dio un paso atrás y caminó rápido hacia casa, intentando escapar de las palabras y la mirada compasiva de la mujer, olvidando que ambas vivían en la misma calle.
Jadeando por el ritmo acelerado, tuvo problemas para insertar la llave en la cerradura. Entró, se dejó caer en el sofá y dejó la bolsa a sus pies, que se abrió, esparciendo algunos productos. No lo notó, aún aturdida. Marta apareció al oír el ruido y empezó a recoger.
—Llévalo a la cocina, enseguida voy —dijo Lucía, despachándola.
«¿Cómo pudo? Si la tía Carmen lo vio, otros también. ¿Y los niños? Yo, en cambio, no me di cuenta de nada…».
—Mamá, ¿te duele algo? Te ves pálida… —dijo Marta.
—Vete a tu cuarto. Déjame un momento sola —respondió brusca.
Marta vaciló pero obedeció.
«Menos mal que Alberto no está. Así me calmo. Si no, le diría todo de golpe. Las emociones son malas consejeras».
Se levantó, fue a la cocina y bebió agua a pequeños sorbos, repitiéndose que no debía alterarse. Luego intentó preparar la cena, pero sus manos temblaban tanto que todo se le caía.
Las croquetas se doraban en la sartén cuando escuchó la llave en la puerta. Se volvió hacia los fogones. Alberto entró tras unos segundos.
—Huele delicioso —dijo él, animado.
—Cámbiate y lávate las manos, vamos a cenar —respondió ella, con la voz tensa como un alambre.
—¿Pasa algo? —Él se acercó y le miró a los ojos.
—Me encontré a la tía Carmen. Dijo que… estaba enferma, que no salía. Ni siquiera fui a visitarla.
—¿Y por eso estás así? —preguntó él.
—No. Dijo que te ha visto entrar en esa casa de enfrente —susurró Lucía, girándose hacia él.
—¿Qué más te ha soltado esa vieja cotilla? —replicó Alberto, irritado.
Pero Lucía notó cómo su mirada se desviaba. Era cierto. Y ella aún había esperado…
—Ella lo vio, otros también. ¿En qué estabas pensando? ¿Y si los niños se enteran? —hispó Lucía, mirando hacia la puerta—. No puedo aceptar esto. No voy a perdonarte. Decide: ¿estás con ella o estás con nosotros?
—Lucía… —Él puso las manos en sus hombros.
Ella se apartó bruscamente.
—¡No me toques!
—Mamá, papá, ¿por qué gritáis? —Pablo apareció en la puerta de la cocina. No lo había oído llegar.
—Lávate las manos y llama a Marta. Vamos a cenar —forzó una sonrisa Lucía.
Días después, aún no habían hablado. La tensión crecía, acumulándose como una tormenta. Lucía ansiaba que Alberto pidiera perdón, que prometiera no volver allí. Pero una tarde, con los niños fuera, él rompió el silencio:
—No soporto esto. Hablemos.
—Hablemos —respondió ella, apática.
—No busco excusas, solo explicarme. Sus padres murieron en un accidente, y luego su abuela. Se mudó a su piso. Yo solo la ayudé. No sé qué me pasó… quizá lástima. Pero ahora está embarazada.
Lucía se tambaleó, agarrándose al respaldo de una silla.
—No he vuelto desde nuestra discusión. Pero me lo dijo al verme: está esperando un hijo. ¿Qué hago? No puedo dejarla así.
—¿Y a mí sí? ¿Y a los niños? —Lucía apenas podía respirar.
—Ya son mayores. Entenderán.
—¿Quieres cargarlos con tu culpa? Vete, ahora, antes de que vuelvan —gritó entre lágrimas.
Agarró el mando de la tele y lo estrelló contra la pared, rompiéndolo en pedazos. Él la sujetó.
—Tranquila. Me voy. Pero no me prohibas ver a los niños —rogó.
—Vete —susurró, cubriéndose la cara con las manos.
Cuando llegó Pablo, ella recogía los trozos.
—No llores, mamá. Volverá.
—¿Tú… lo sabías? —lo miró con ojos enrojecidos.
—No. Lo oí. Ya no es nuestro padre —dijo él.
—¡No digas eso! —se indignó—. Siempre lo será.
—Nos traicionó. En fin, es asunto vuestro.
Pasaron semanas, luego meses. Un día, Alberto llamó a la puerta tarde en la noche.
—No quise despertarlos —dijo, demacrado, ojos rojos—. ¿Puedo pasar?
—¿Qué pasó? —lo dejó entrar.
—Ella murió. El bebé nació prematuro, pero está vivo. Solo traigo dolor…
—Ven a la cocina. ¿Quieres té? —interrumpió ella.
—Algo más fuerte —suspiró él.
—No. Tienes un hijo ahora —recordó Lucía.
—¿Y para qué lo quiero? No lo llevaré del hospital.
—¿Un orfanato? ¡Con padre vivo! —lo reprendió.
—No puedo cuidarlo. Me iré.
—¿Adónde?
—A reconstruir, a empezar de cero.
—¿Huyendo? ¿Y tu hijo? —clamó ella.
Él bajó la cabeza, los nudillos blancos.
Su corazón se partió. No lo había perdonado, pero tampoco podía echarlo así. Lo dejó dormir en el sofá. Por la mañana, desayunaron juntos, como antes.
—¿Te quedarías? —preguntó ella.
—No. Será mejor así. Escribiré. ¿Contestarás?
—Sí.
Pablo evitó el abrazo de despedida. Marta lloró.
Con el tiempo, las cartas llegaban escasas. Pablo terminó el instituto y anunció que se alistaría.
—¡NoAños después, cuando la pequeña familia se reconstruyó con paciencia y el perdón floreció como las flores en primavera, Lucía comprendió que el amor verdadero no se mide en ausencias, sino en la capacidad de sanar juntos las heridas.





