Amor hasta la tumba
Lucía salió del supermercado, ajustó mejor la bolsa de la compra y caminó hacia su casa. No había comprado mucho, pero el peso le tiraba del brazo. Antes de entrar, se detuvo. “No hay luz en las ventanas. Otra vez Marisa se ha escapado a callejear”. Suspiró y apretó los dientes. “Espera a que vuelva… Desde que se lió con ese… Javier, sus notas han caído en picado, falta a clase y los profesores se quejan. Y con la Selectividad a la vuelta de la esquina, la entrada en la universidad… Cuando aparezca, ya verá lo que le espera”. Subió los escalones con el corazón encogido de furia.
Dentro, dejó la bolsa sobre una silla de la cocina. Miró hacia la nevera. “Como siempre. Le pedí que pelara patatas o hiciera unos macarrones. Pero no, mejor desaparecer… ¿Qué hago con esta niña? ¡Ay, Dios mío!”.
Se quitó la chaqueta de un tirón, la colgó en el recibidor y volvió a la cocina. Abrió y cerró la nevera con brusquedad, golpeó los cacharros mientras preparaba la cena, mascullando entre dientes todas las reprimendas que le soltaría a su hija en cuanto pusiera un pie en casa.
Pero Marisa no tenía prisa. Eran casi las once de la noche y seguía sin aparecer. Lucía no podía estarse quieta. Daba vueltas por el salón, repitiendo como un mantra:
“Cuando vuelvas, ya verás… Te voy a dar una lección que no olvidarás en la vida. Me parto el lomo trabajando para que no te falte de nada, y tú ni siquiera eres capaz de hacer unos macarrones… Estoy harta, todo lo hago sola. ¿Crees que no quise tener mi propia vida? Casi me pasa lo mismo cuando me quedé sola con una niña en brazos. ¡Desagradecida! ¿Quiere repetir mi historia? Que lo intente, ya verá lo que es bueno…”.
La rabia y la frustración hirvían dentro de ella. Le habría gustado romper algo, lanzar cualquier cosa contra la pared para aliviar aunque fuera un poco el peso que sentía en el pecho.
Cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura, por un instante se alegró tanto de que su hija hubiera vuelto que estuvo a punto de perdonarla. Pero al verle esa cara de culpabilidad, con los ojos brillantes de felicidad, el enfado estalló de nuevo.
“¿Dónde has estado? ¿Sabes qué hora es? ¿Y los estudios? La Selectividad está ahí, y tú por ahí de juerga como si nada”, le gritó, sin importarle que los vecinos la oyeran.
“He hecho los deberes…”, empezó a defenderse Marisa.
“¡Cállate! ¿Es que no tienes respeto? Te he criado para que estudiaras, para que tuvieras un futuro, y en vez de eso repites mis errores”.
“No repito errores de nadie. No me grites…”, replicó Marisa, con la voz temblorosa.
Los ojos de Lucía centellearon, pero se contuvo antes de soltar algo que lamentaría.
Miró alrededor, buscando algo con qué castigarla. Marisa intentó escurrirse hacia su habitación, pero no lo consiguió. Lucía agarró el primer objeto a mano: un paraguas plegable que había en la mesita y lo alzó.
“¡Mamá!”, gritó Marisa, encogiéndose y cubriéndose la cabeza con las manos.
Al verla así, el brazo de Lucía cayó inerte. El paraguas golpeó el suelo con un ruido seco. De pronto, toda su rabia se esfumó, como un globo que se desinfla.
“No sabía dónde estabas, ni qué hacer… ¿Y eso en tu dedo? ¿De dónde ha salido?”, preguntó, agotada, mientras se dejaba caer en una silla del recibidor.
Marisa bajó lentamente las manos, mirando el sencillo anillo de oro con una pequeña piedra blanca.
“Es de Javier”, murmuró, lanzando una mirada cautelosa a su madre, como esperando otra explosión.
“Eres una escolar. ¿Es que él no lo sabe?”, dijo Lucía, hipnotizada por el brillo del anillo.
“Lo sabe. ¿Y qué? En dos meses habré terminado los exámenes y…”
“¿Serás adulta? Venga ya. Mientras vivas bajo mi techo, seguirás mis reglas. ¿Crees que por crecer puedes hacer lo que te dé la gana? ¿Salir de noche como si nada? ¿Y si quedas embarazada?”. La ira volvía a subirle, pero esta vez contenida.
“Mamá, él me quiere. Y yo a él”, dijo Marisa con desesperación.
“Si de verdad te quisiera, no te pondría en peligro. ¿De dónde ha salido semejante…?” Lucía negó con la cabeza, balanceándose, y un suspiro escapó de su pecho.
Aquella noche no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía imágenes horribles: su hija arruinando su futuro, repitiendo su propia vida llena de sacrificios. Al final, agobiada, llamó a su única amiga.
“¿Qué pasa?”, contestó Pilar con voz ronca, seguida de un bostezo. “¿Sabes qué hora es?”.
“Perdona. No tengo con quién hablar. Marisa… se ha liado con un chico mayor, va fatal en clase, los profesores se quejan…”.
“Te lo dije, que no la sobreprotegieras. Pero ¿ahora qué ha hecho?”, preguntó Pilar entre otro bostezo.
“Me da vergüenza… Javier le ha regalado un anillo. Dice que es amor, pero solo tiene diecisiete años. Va a arruinarle la vida… ¿Te has dormido? Bueno, ya te llamaré mañana”. Colgó, y al fin, después de compartir su angustia, se durmió.
Por la mañana, las cosas parecían menos graves. Lucía decidió actuar antes de que fuera tarde. Mientras se preparaba para el trabajo, ideó un plan. Entró al cuarto de Marisa, que dormía acurrucada, y el corazón se le encogió. Con cuidado, cerró la puerta y salió de casa.
Al irse, tomó una decisión repentina: guardó sus llaves, buscó las de Marisa en su chaqueta y las metió en el bolsillo. Después, encontró las llaves de repuesto de su exmarido y cerró la puerta con ellas. “Así se quedará en casa. Mañana aviso al colegio. Al menos no se escapará”.
A las nueve, Marisa llamó, furiosa.
“¡Me has encerrado!”.
“Quédate y reflexiona. Hablaremos cuando vuelva”.
No hubo más llamadas. El día se hizo eterno, pero las palabras no llegaban, solo el resentimiento.
Al volver, vio una multitud frente al edificio de enfrente. Una vecina se acercó, cojeando.
“Lucía… tranquila. Han llamado a la policía y a los bomberos…”.
“¿Qué pasa?”, preguntó Lucía, aunque su corazón ya sabía la respuesta.
El sol se ocultaba, pero aun así distinguió dos figuras en el borde de la azotea.
“¡Marisa!”, gritó, corriendo hacia el edificio.
Entre lágrimas, vio a su hija y a Javier cogidos de la mano. Otra voz habló a su lado:
“Hoy vino una grúa cerca de vuestro edificio. Supongo que la sacó por la ventana…”.
“¡Marisa!”, intentó gritar, pero solo salió un gemido.
Alguien mencionó a Javier, su pasado turbulento, su trabajo repartiendo pizzas. Lucía no podía apartar la mirada, temiendo que saltaran.
De pronto, se oyeron sirenas.
“No se acerquen, o saltamos”, dijo Javier con voz temblorosa.
Lucía apenas vio cómo unos hombres entraban en el edificio. De pronto,Y cuando los bomberos lograron agarrarlos, Javier forcejeó, se soltó y cayó al vacío, dejando a Marisa gritando su nombre entre lágrimas que jamás podrían borrar el dolor de un amor que, en vez de salvarlos, los había destruido.





