Baila conmigo

**Baila conmigo**

A Gorka le encantaba Lucía. Una rubia esbelta y guapa, con ojos marrones que brillaban como el chocolate. Desde que entró a trabajar en su oficina en Madrid, no podía dejar de mirarla.

El equipo femenino se dividió en dos bandos. Unas decían que el pelo rubio era teñido: “¡Ojos marrones con pelo claro no existen!”. Otras juraban que llevaba lentillas de colores. Pasaron los meses y el tono de su melena seguía igual. A veces, Lucía se ponía gafas en el trabajo. ¿Para qué gafas si usaba lentillas?

El seductor de la oficina, Álvaro, también se fijó en ella, pero, a diferencia del tímido Gorka, no perdió tiempo en conquistarla. La invitaba a cafés en la pausa del almuerzo, le llevaba un cortado a su mesa y, cuando le ofreció llevarla a casa en su Seat León, a Gorka le dio un vuelco el corazón de pura envidia.

¿Cómo iba a competir con Álvaro? Era un tipo atractivo, con don de gente, que soltaba piropos que hacían derretirse a cualquier chica. Sabía mil chistes y los contaba con gracia. Eso sí: tras la conquista, perdía interés y pasaba a la siguiente. Esta vez, su víctima era Lucía, dejando a Patricia, la de contabilidad, llorando en el baño y maquinando su venganza.

Gorka, en cambio, era alto, corpulento, con mejillas sonrosadas y gafas cuadradas de pasta. Su ropa holgada no ayudaba. Hasta su apellido —Molero— parecía sacado de un personaje de novela. Pero tenía un talento: los ordenadores. Arreglaba cualquier problema técnico, o casi. Por eso todos lo adoraban.

“Gorka, ¡ayúdame!”.
“Mi portátil se ha colgado…”.
“Oye, necesito editar un vídeo para el cliente…”.

Gorka se sentaba, sus dedos volaban sobre el teclado y, en un abrir y cerrar de ojos, todo quedaba solucionado.

“¡Eres un crack, Molero! Me habría pasado la tarde con esto, y tú en media hora… Te debo una caña”, decía algún compañero, aunque luego se olvidaba.

Gorka no bebía, así que prefería las gracias de sus compañeras: un beso en la mejilla, un “gracias” con sonrisa incluida. Eso sí, le bastaba para ponerse rojo como un tomate.

En realidad, se llamaba Jorge, pero alguien le puso el mote de Gorka y se le quedó. Protestaba, pero era inútil.

“Venga, no te enfades, que queda bien”, le decía Álvaro, dándole una palmada en la espalda.

Y Jorge no sabía si era un cumplido o una burla.

No era ningún heredero adinerado como su homónimo literario. Su madre lo había criado sola. Cuando creció y le preguntó por su padre, ella no mintió: lo había tenido para sí misma, ya entrada en los cuarenta. Era bajita, delgada y, según sus propias palabras, “poco agraciada”.

Una vez, una compañera de trabajo la invitó a una reunión. Allí conoció a un chico joven. Todas estaban casadas, menos ella. Al final, él la acompañó a casa. Ella, sin pensarlo dos veces, lo invitó a un café. Y lo demás… Nunca contó de quién estaba embarazada. El chico era mucho más joven. ¿Para qué amargarle la vida? Cuando nació el niño, lo llamó Jorge, como su abuelo.

Gorka creció tranquilo y listo. En el instituto se enganchó a los ordenadores, pero no para jugar, sino para aprender. Pronto descubrió que podía ganar dinero con ellos. Solo necesitaba un equipo mejor. Así que su madre pidió un préstamo y le compró un buen procesador y un monitor grande. ¿Qué no haría por su hijo único?

Tras la Selectividad, entró en la Universidad Politécnica de Madrid. Empezó a ganar buen dinero, y su madre, orgullosa, se jubiló y se dedicó a cuidarlo. CocinaY así, entre pasos de baile y sonrisas cómplices, Gorka descubrió que el amor no se busca, sino que llega cuando menos te lo esperas, como una melodía que empieza a sonar y te hace bailar sin pensar.

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