La culpa fue del abrigo
Tania estaba sentada frente al ordenador, pero en vez de mirar la pantalla, miraba por la ventana. Los últimos días cálidos de septiembre. Pero ni siquiera en eso pensaba, sino en qué hacer con la inesperada prima que había recibido.
“Antoñito necesita zapatillas nuevas. El niño crece como una seta, y la ropa le dura dos días. Y un abrigo también, pero para la primavera le quedará pequeño. Mejor ahorrar para las vacaciones y, por fin, el verano que viene ir a la playa…” Pero en ese momento entró Silvia en la oficina y cortó sus pensamientos.
“¿Qué te parece? ¿Te gusta? Acabo de comprarme este abrigo nuevo. ¿Me queda bien, verdad? Una locura de caro, pero lo vale.” Abrió los brazos para lucirlo mejor. “¿A que sí?”
“¿Y esas botas nuevas? ¿De ante?” preguntó Elena, la compañera de oficina de Tania. “Con la primera lluvia y los charcos de esta ciudad, se te van a estropear.”
“¿Y si me compro yo un abrigo nuevo? En serio. Llevo cuatro años con el mismo. Pero mi madre… Mi madre no lo entenderá, me va a soltar un sermón. Casi cuarenta años y sigo temiendo lo que diga mi madre. Podría permitírmelo, solo una vez en la vida. Además, no afectará al presupuesto familiar. Me he ganado este dinero. Puedo gastarlo como quiera. Silvia solo es cuatro años menor, pero parece diez. Claro, ella no tiene un hijo de diez años ni una madre estricta que aún me trata como a una niña tonta,” pensaba Tania, observando a Silvia con su abrigo de moda.
Mientras tanto, las chicas seguían discutiendo.
“Venga ya, estás celosa. Cuando llueva, me pondré las botas viejas. Qué aburridas sois. Voy a enseñárselo a las chicas de contabilidad,” dijo Silvia, ofendida, y se dirigió hacia la puerta.
“Silvia, espera,” la llamó Tania. “¿Dónde lo compraste?”
“¿Te ha gustado?” Silvia volvió junto al escritorio de Tania. “Toma.” Sacó una tarjeta de descuento del bolsillo. “Aquí está la dirección y un buen descuento.”
“Ay, solo preguntaba por curiosidad,” se excusó Tania, sin apartar los ojos de la tarjeta.
“Venga, que solo se vive una vez. Bueno, voy a seguir presumiendo,” dijo Silvia, saliendo del despacho como un torbellino y dejando la tarjeta sobre la mesa.
“Tania, ¿en qué estás pensando?” preguntó Elena, asomándose por encima de su pantalla.
“Necesito un abrigo nuevo. Con la prima que he recibido, quizás sea el momento.”
Elena se encogió de hombros.
“Caro e incómodo. A Silvia la lleva su novio en coche. Tú irás en el autobús a horas punta. Y tu madre… Ay, Tania, te va a freír a regañinas junto con el abrigo.”
Las dos amigas se rieron al unísono.
“Tú puedes hablar, tienes marido. Te compras ropa nueva casi cada temporada. Yo siempre he comprado con lo que sobra. Primero ahorro para el piso, luego la comida, con Antoñito no hay dinero que alcance, crece que da gusto. Y de lo que queda, intento sacar algo para mí. Y me alegro si consigo algo en rebajas,” suspiró Tania.
“Oye, si te quedas pensando, no lo comprarás nunca. Ve esta tarde después del trabajo,” dijo la sensata Elena. “La verdad, vistes como una señora mayor. Perdón. Silvia es una pava, pero los hombres caen como moscas. Tú eres guapa. Y tienes un corazón de oro. Si te vistieras mejor, no tendrías paz. Es cierto, la primera impresión cuenta. Los hombres son visuales. Y no escuches a tu madre. Date un capricho,” sonrió Elena antes de esconderse tras su monitor.
***
Tania se casó tarde. Con una madre tan estricta, antigua profesora de matemáticas, era un milagro que lo hubiera hecho. Toda la vida tuvo miedo de defraudarla, fue una alumna ejemplar.
Aunque a su madre también se la entendía. Crió a Tania sola. Cuando no tenía ni cinco años, sus padres se divorciaron. Su padre empezó a beber. El dinero nunca alcanzaba, vivían con lo justo. No recibían nada de él, solo lágrimas. A los cinco años, desapareció. Su madre intentó buscarlo, al fin y al cabo era su padre. Pero se esfumó como si nunca hubiera existido. Quizás ni siquiera vivía ya. Desapareció, y con él la pensión.
Tania se licenció con matrícula, trabajaba, pero el amor no llegaba. A los hombres le gustaba, pero a ellos no les gustaba su madre. Demasiado guapo, mimado por las mujeres. Con uno así, vivías con el corazón en un puño. O divorciado, sin casa. Vendría a vivir con ellas, se registraría, y si luego se separaban, ¿qué pasaría con el piso?
Sus amigas ya se habían casado dos veces, sus hijos iban al colegio, y Tania ni siquiera había tenido una relación seria. Hasta que conoció a un hombre que le gustó a su madre. Bueno, quizás no tanto, pero su madre decidió no entrometerse esta vez. El tiempo pasaba, y no quería que se quedara soltera. ¿Qué gracia tenía? Quería nietos, se acercaba la jubilación.
Después de la boda, Tania se mudó con su marido y enseguida quedó embarazada. Con el niño llegaron los problemas. El pequeño Antón no dormía por las noches, su marido no descansaba y evitaba llegar a casa. Hasta que un día apareció y le dijo que estaba harto, que se había enamorado de otra.
Tania cogió a Antoñito y volvió con su madre. Al principio esperó que su marido recapacitara, que los llevara de vuelta, pero ni siquiera contestaba al teléfono.
“Sabía que acabaría así. No entiendes nada de la gente. Demasiado confiada, cualquiera te engaña…” Su madre la regañaba sin parar, y Tania callaba.
¿Qué podía decir? Si se defendía, acabarían discutiendo, como siempre. Y a Antoñito no le convenían los gritos. Su madre adoraba a su nieto, y con el tiempo se calmó. Pero Tania no podía dar un paso sin su aprobación. De carácter tranquilo, evitaba los conflictos. Cuando Antón cumplió dos años, lo metieron en la guardería y Tania volvió a trabajar.
Pero Antoñito se puso enfermo a menudo. Su madre se jubiló y se quedaba con él. Con su sueldo y la pensión, justo llegaban. Pero aun así ahorraban poco a poco para llevarlo a la playa, comer fruta fresca, tomar el sol. Era un niño listo y cariñoso. Y por él, Tania aguantaba lo que fuera.
***
Al llegar a las puertas de cristal de la tienda elegante, donde se veían filas de ropa, le entró el miedo. Daba vueltas sin atreverse a entrar. Pero si se iba ahora, no volvería. Respiró hondo y empujó la puerta. Un tintineo de campanillas sonó sobre su cabeza.
No tuvo tiempo de mirar cuando una joven se acercó.
“Buenos días. Tenemos la nueva colección de abrigos de otoño, y descuentos en la del año pasado. ¿Qué busca: abrigos, chaquetas, cazadoras?” La vendedora sonreía, como si no notara los nervios de Tania ni su ropa modesta.
“Un abrigo. Necesito un abrigo,” dijo Tania, forzando una sonrisa para disimular su timidez.
“¿Talla cuarenta y seis? Venga.” LaFinalmente, Tania sonrió al recordar que todo había comenzado con un simple abrigo, y ahora tenía más de lo que jamás había soñado.





