La culpa es del abrigo

Todo por culpa del abrigo

Lucía estaba sentada frente al ordenador, pero no miraba la pantalla, sino la ventana. Los últimos días cálidos de septiembre. Y ni siquiera pensaba en eso, sino en cómo gastar la inesperada prima que le había tocado.

“Antoñito necesita zapatillas nuevas. El niño crece como un hongo, todo le dura un suspiro. Y una chaqueta también, pero para la primavera ya le quedará pequeña. Mejor ahorrar para las vacaciones y, por fin, el próximo verano ir a la playa…”. Pero entonces entró Sofía en la oficina, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Qué te parece? Mírame. ¡Me compré un abrigo nuevo! ¿Me queda bien, verdad? Carísimo, pero valía la pena. —Abrió los brazos, mostrando su adquisición—. ¿A que sí?

—¿Y las botas también son nuevas? ¿De ante? —preguntó Elena, la compañera de Lucía—. Con la primera lluvia y los charcos de nuestras calles, se te arruinarán.

“¿Y si me compro un abrigo nuevo? No, en serio. Llevo cuatro años con el mismo. Pero mamá… Mamá no lo entenderá, me soltará el sermón de siempre. Tengo casi cuarenta y todavía me da miedo lo que diga mamá. Podría permitírmelo, solo una vez en la vida. Además, no afectará al presupuesto familiar. Este dinero lo he ganado yo. Puedo hacer con él lo que quiera. Sofía solo es cuatro años menor, pero parece diez. Claro, ella no tiene un hijo de diez años ni una madre estricta que aún me ve como una niña tonta”, pensaba Lucía, observando a Sofía con su abrigo a la moda.

Mientras, las chicas discutían sobre algo.

—¡Anda ya! Tú lo que tienes es envidia. Cuando llueva, me pondré mis viejas botas. Qué aburridas sois. Voy a enseñárselo a las chicas de contabilidad —dijo Sofía, ofendida, y se dirigió hacia la puerta.

—Sofía, espera —la llamó Lucía—. ¿Dónde lo compraste?

—¿Te gustó? —Sofía volvió a su mesa—. Toma. —Sacó una tarjeta de descuento del bolsillo—. Ahí está la dirección y el descuento es bueno.

—Ah, solo era curiosidad —se apresuró a decir Lucía, sin despegar los ojos de la tarjeta.

—Venga, solo se vive una vez. Bueno, voy a seguir presumiendo —dijo Sofía, saliendo del despacho como un torbellino y dejando la tarjeta sobre la mesa.

—Lucía, ¿en qué piensas? —preguntó Elena, asomándose tras su monitor.

—Necesito un abrigo nuevo. Con la prima, quizá podría comprarme uno.

Elena se encogió de hombros.

—Caro y poco práctico. A Sofía la lleva el novio en coche al trabajo. Tú irás en el autobús a hora punta. Y tu madre… Ay, Lucía, ya verás cómo te echa la bronca con el abrigo y todo.

Las dos amigas se rieron sin planearlo.

—A ti te resulta fácil decirlo, tienes marido. Cada temporada te compras algo. Yo siempre he comprado con lo que sobraba. Primero apartaba dinero para la hipoteca, luego la comida, Antoñito gasta más de lo que gano, crece como la espuma. Y de lo que quedase, intentaba sacar algo para mí. Me conformaba con cosas de rebajas —Lucía suspiró.

—Oye, si te quedas con las dudas, mejor ve a la tienda después del trabajo —dijo Elena, sensata—. Aunque, perdona que te lo diga, te vistes como una señora mayor. Sofía es una pizpireta, y los hombres caen como moscas. Pero tú eres guapa. Y tienes un corazón de oro. Si te arreglases un poco, no te quitarían los hombres de encima. Es cierto, la primera impresión cuenta. Los hombres ven con los ojos. Y no le hagas caso a tu madre. Date el capricho —Elena sonrió y se escondió tras el monitor.

***

Lucía se casó tarde. Con una madre tan estricta, ex profesora de matemáticas, era un milagro que lo hubiera hecho. Toda la vida tuvo miedo de defraudarla, fue una alumna ejemplar.

Aunque no se podía juzgar a su madre. La crió sola. Antes de que Lucía cumpliera cinco años, se divorció de su padre. Él empezó a beber demasiado. El dinero nunca alcanzaba, vivían con lo justo. No recibían una pensión de su padre, solo lágrimas. Cinco años después, desapareció sin más. Su madre intentó buscarlo, al fin y al cabo era una persona. Pero se esfumó, como si nunca hubiera existido. Quizá ni siquiera vivía ya. Desapareció, y con él, la pensión.

Lucía terminó la universidad con matrícula de honor, trabajaba, pero su vida personal no avanzaba. A los hombres le gustaba, pero no le gustaban a su madre. Demasiado guapo, mimado por las mujeres. Con uno así, había que vigilarlo toda la vida, no fuera que se lo llevasen. O divorciado, sin casa. Vendría a vivir con ellas, se registraría ahí, y si luego se divorciaban, ¿qué pasaría con el piso?

Sus amigas ya se habían casado por segunda vez, los niños iban al colegio, y Lucía ni siquiera había tenido una relación seria. Hasta que conoció a un hombre que le gustó a su madre. No se sabía si de verdad, pero esta vez su madre decidió no interferir. El tiempo pasaba, y acabaría siendo una solterona. ¿Qué bien había en eso? Quería nietos, se acercaba a la jubilación.

Tras la boda, Lucía se fue a vivir con su marido, y enseguida se quedó embarazada. Con el niño vinieron los problemas. El pequeño Antón no dormía bien por las noches, su marido no descansaba y tardaba en volver a casa. Un día llegó y dijo que estaba harto, que se había enamorado de otra.

Lucía cogió a Antoñito y volvió con su madre. Al principio esperaba que su marido recapacitara, que los llevara de vuelta, pero ni siquiera contestaba las llamadas.

—”Ya sabía yo que acabaría así, porque no entiendes nada de la gente. Demasiado ingenua, cualquiera te engaña…” —su madre la regañaba sin parar, y ella callaba.
¿Qué podía decir? Si se defendía, acabarían discutiendo, como siempre. Y a Antoñito no le vendría bien un escándalo.

Su madre adoraba a su nieto, y con el tiempo se calmó. Pero Lucía no podía dar un paso sin su aprobación. De carácter tranquilo, evitaba los conflictos. Cuando Antón cumplió dos años, lo metieron en la guardería y Lucía volvió a trabajar.

Pero Antoñito se enfermaba a menudo. Su madre se jubiló y se quedaba con él. El sueldo y la pensión apenas alcanzaban para los tres. Aun así, ahorraban poco a poco, para llevar a Antoñito a la playa, comer fruta fresca y tomar el sol. El niño era listo y cariñoso. Por él, Lucía aguantaba todo.

***

Al llegar a las puertas de cristal de la tienda elegante, donde se veían largas filas de ropa, le entró el miedo. Se quedó parada, sin atreverse a entrar. Pero si se iba ahora, no volvería. Respiró hondo y abrió la puerta. Un suave tintineo sonó sobre su cabeza.

Antes de que pudiera mirar alrededor, una joven se acercó.

—Buenos días. Acaba de llegar la nueva colección de abrigos para otoño-primavera, y hay descuentos en la del año pasado. ¿Qué busca: abrigos, chaquetas, blazers? —Sonreía conLucía tomó aire, miró su reflejo en el espejo con el abrigo nuevo y, por primera vez en años, se sintió dueña de su vida.

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