Ana salió de la oficina y se acercó a su coche en el aparcamiento. El capó y el parabrisas estaban cubiertos por una fina capa de nieve. Subió al vehículo y lo primero que hizo fue encender la calefacción para calentar el frío interior. Luego, con los limpiaparabrisas, apartó el polvo blanco del cristal.
Maniobró para salir del parking y se incorporó al tráfico, pero los coches avanzaban a paso de tortuga, atascados en semáforos y embotellamientos. Parecía que todos los vehículos de la ciudad se habían citado allí. Al pasar junto a un centro comercial, decidió desviarse para capear la hora punta y, de paso, echar un vistazo a los regalos de Navidad.
Pero el aparcamiento estaba hasta los topes, sin un solo hueco libre. Ana ya se arrepentía de haber entrado; más le valdría seguir en la carretera, aunque fuera despacio. No era la única a quien se le había ocurrido refugiarse del caos entre compras.
De pronto, en el retrovisor, unas luces destellaron: un todoterreno salió de su sitio y retrocedió, como cediéndole el lugar.
El centro comercial hervía de gente. Ana se desabrochó el abrigo, se bajó la bufanda del cuello y empezó a recorrer los pasillos. Las luces navideñas, los adornos brillantes y el bullicio le hacían parpadear. Metió en la cesta bolas de colores, dos renos plateados, unas toallas con Papá Noel y copas de champán con mensajes de felicidad.
En casa decidiría qué regalar a cada uno. A su madre y a su marido les compraría algo más serio, pero para los compañeros de trabajo bastaba con detalles simpáticos. Se puso al final de la cola de caja, cansada del jaleo, deseando salir al aire libre. “Mala idea venir aquí un viernes por la tarde”, pensó. Podría haber venido el sábado por la mañana, cuando la gente duerme.
Llegó su turno y, al pasar los productos, se horrorizó al ver cuántas cosas innecesarias había cogido. “Bueno, algo se hará”, se resignó.
Salió de la caja, abrochó el abrigo y se dirigió a la salida, cuidando de que nadie le golpeara la bolsa.
—¡Ana!
No reaccionó al instante. Siguió caminando.
—¡Gómez!
Al escuchar su apellido de soltera, se detuvo. La gente chocaba contra ella, así que se apartó y miró alrededor, buscando al que la llamaba.
—Hola, Ana —sonó una voz muy cerca.
Se volvió y vio a un hombre con barba. Una gorra negra le tapaba casi las cejas. Le sonreía, mostrando un hueco donde faltaba un diente. La ropa le colgaba, desaliñada. Ana ya se arrepentía de haberse parado. “Este tipo no puede ser un conocido mío”, pensó.
—¿No me reconoces? —preguntó él—. Pero yo a ti sí. Estás como un millón —se rio con una risa cascada.
Algo en su voz le resultó vagamente familiar, pero no lograba ubicarlo.
—Fuimos juntos al instituto. Misma clase —aclaró él.
—¿Javier? —Ana se llevó una mano a la boca. Quiso preguntarle qué le había llevado a aquel estado, pero le dio vergüenza.
—El mismo —asintió, mostrando de nuevo el hueco en su sonrisa—. ¿He cambiado mucho?
—Sí —admitió ella—. ¿Qué te ha pasado?
—Larga historia. ¿Tomamos algo? Hay una cafetería aquí —propuso con esperanza en la mirada.
Ana no acababa de asimilar su aspecto. ¿Cómo no lo había reconocido? Quizá por la barba y la gorra. Este era Javier, el chico del que estuvo enamorada en el instituto, por el que derramó tantas lágrimas. Y ahora le daba vergüenza que la vieran con él.
—Lo siento, tengo prisa —contestó, apartando la mirada, como buscando ayuda entre la gente. Pero nadie reparaba en la extraña pareja.
Javier la observaba, esperanzado.
—Solo un rato —cedió ella, más por curiosidad que por ganas de revivir el pasado.
Él, entusiasmado, la condujo hacia la cafetería.
—Vamos. Hace mil años que no nos vemos. Quizá otros mil hasta la próxima vez —se rio con alegría.
Ana miraba con recelo a los transeúntes, rezando por no toparse con conocidos. Javier iba un paso adelante, hablando sin parar.
En la cafetería casi todas las mesas estaban ocupadas.
—Ahí hay sitio —indicó él, señalando un rincón apartado.
“Al menos está oscuro, no nos verán”, pensó Ana, deseando pasar desapercibida.
Nada más sentarse, un camarero les dejó las cartas. Javier la abrió y empezó a examinar las fotos. Ana notó cómo tragaba saliva. Él levantó la vista y la miró expectante. Ella ni siquiera tocó la suya.
—Yo solo café —dijo.
Llegó el camarero.
—¿Han decidido? —preguntó a Ana, ignorando a su acompañante. Su mirada decía claramente: “¿Qué hace una mujer como tú con este tipo?”.
—Café con limón —respondió ella, luego miró a Javier.
Él pidió varios platos. El camarero lanzó una mirada a Ana, que cerró los ojos en señal de aprobación. El camarero desapareció.
—Aquí hacen buen café. Vengo a cenar a menudo.
—¿Trabajas aquí?
Javier asintió, avergonzado. Obviamente no era el gerente, ni siquiera un dependiente; más bien un empleado de almacén o limpieza. Ana no quiso insistir.
—¿Terminaste siendo médica, como querías? —preguntó él.
—¿Te acuerdas? —se sorprendió ella—. Sí, soy endocrina.
Javier asintió, como aprobando su elección.
—¿Regalos para tu marido e hijos? —miró la bolsa junto a ella.
—¿Eh? —siguió su mirada.
—¿Y tú? ¿Casado? —preguntó Ana, evitando responder.
—Lo estuve —contestó él con reticencia—. Con Rocío. ¿La recuerdas? Una joyita. Por su culpa terminé así.
—Tenía dieciocho años. Un idiota. Ella no me dejaba en paz. Todo fue tan rápido que, antes de darme cuenta, estaba firmando papeles en el registro. Aunque a mí me gustabas tú —murmuró.
“Y tú a mí”, pensó Ana.
El camarero trajo el pedido: café para ella, dos platos para Javier.
—Tenemos pasteles recién hechos —le ofreció a Ana.
—No, gracias —rechazó.
El camarero se fue. Javier se lanzó sobre el plato de ensalada. Ana apartó la vista. Un hombre en la mesa de al lado le sonrió comprensivo, pero su acompañante lo reprendió y él bajó la cabeza.
No tenía ganas de café. Solo de irse. Javier atacó entonces el plato principal.
—¿Qué pasó contigo? —preguntó Ana, desesperada por acabar con aquel incómodo reencuentro.
Él dejó el tenedor.
—Al principio todo iba bien. Mujer guapa, piso que sus padres nos regalaron. Terminé la carrera, fui ingeniero. ¿Pero cuánto gana un ingeniero? Rocío empezó a quejarse, a pedir más. Decía que montáramos un negocio, que su padre nos daría capital. Un amigo suyo sugirió una tienda de repuestos. Me metí en eso. Su padre puso dinero, yo también.
Y luego todo se vino abajo. No entendí nada. Quiebramos. Rocío dijo que noAna nunca volvió a ver a Javier, pero a veces, al pasar frente al centro comercial, miraba hacia el aparcamiento, como esperando que su silueta desgarbada emergiera entre la niebla, con aquella sonrisa rota que, después de todo, seguía iluminando sus recuerdos de adolescencia.





